Tiene 97 años, trabajó desde los 12 y convirtió su pasión por las máquinas en una vida dedicada al campo
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- Tenía 97 años y acababa de cerrar una trayectoria de 85 años de trabajo rural en Morse, una localidad del partido de Junín, en la provincia de Buenos Aires
- En octubre, durante la 29ª Fiesta Nacional del Cosechero, realizada en Morse, Toto desfiló y recibió un homenaje por sus 85 años de trayectoria
- Trabajó con su hijo, cosechó hasta los 97 años y todavía pasa tiempo en el galpón familiar Con el paso de los años, el oficio también se convirtió en una actividad compartida con su familia
- A los 97 años, continúa pasando tiempo en el galpón donde comparte momentos con sus hijos Horacio y Alejandro. “Acá en el galpón, con los chicos ahí, con Horacio, con Alejandro, estoy continuamente con ellos ahí”, contó
“¿Por qué me iba a sentir emocionado?”, respondió Oscar “Toto” Policastro cuando se le preguntó qué había sentido al terminar su última cosecha. Tenía 97 años y acababa de cerrar una trayectoria de 85 años de trabajo rural en Morse, una localidad del partido de Junín, en la provincia de Buenos Aires. Era 2026. Había empezado a los 12, cuando los cosecheros dormían en los campos donde trabajaban y las máquinas eran muy distintas de las actuales. “Hice mi trabajo como lo venía haciendo, terminé el último lote. Prácticamente fue como cualquier otro día de cosecha”, contó en diálogo con TN. Para entonces, Toto había pasado casi toda su vida entre cosechadoras, herramientas y reparaciones. Había conocido las transformaciones de la maquinaria agrícola, reconstruido su primer equipo y compartido el oficio con uno de sus hijos. Sin embargo, cuando llegó el momento de terminar su última campaña, lo recordó como una jornada más de trabajo. En octubre, durante la 29ª Fiesta Nacional del Cosechero, realizada en Morse, Toto desfiló y recibió un homenaje por sus 85 años de trayectoria. El reconocimiento puso en primer plano una historia que él cuenta sin grandes solemnidades, con recuerdos de máquinas, reparaciones, compañeros de trabajo y personas a las que conoce desde hace décadas. Su manera de hablar del pasado también tiene una particularidad. Aunque reconoce que las tareas rurales eran mucho más duras cuando comenzó, nunca consideró que trabajar en el campo fuera un sacrificio personal. “No, ¿qué va a ser un sacrificio? No, nunca lo tomé como un sacrificio, lo tomé como algo para vivir y progresar”, afirmó. A lo largo de ocho décadas y media, el trabajo fue cambiando. Llegaron máquinas más modernas, se modificaron las jornadas y aparecieron nuevas posibilidades para los productores y cosecheros. Toto fue parte de esas transformaciones, primero como un chico que empezaba a conocer el oficio y después como trabajador independiente, mecánico y propietario de sus propios equipos. Pero hay algo que se mantuvo a lo largo de los años: su interés por las máquinas y por encontrar la manera de hacerlas funcionar. Empezó a los 12 años, dormía debajo de las cosechadoras y tuvo que reconstruir su primera máquina Cuando Toto comenzó a trabajar, la cosecha era muy diferente de la actual. Las máquinas tenían otras características, las jornadas dependían de las posibilidades de los equipos y los trabajadores permanecían en los establecimientos rurales durante las campañas. “Cuando yo comencé, en esa época se hacía la cosecha de verano, la cosecha de trigo nomás”, recordó. La modernización de la maquinaria agrícola transformó esa actividad. Las cosechadoras automotrices y los avances tecnológicos permitieron ampliar los horarios de trabajo y modificar tareas que antes requerían otras condiciones y un mayor esfuerzo físico. “Sí, cambió todo muchísimo porque era mucho más, como diría... Mucho más sacrificado en la primera época; ya después se fue modernizando”, explicó. En aquellos primeros tiempos, Toto tenía apenas 12 años. Le gustaban las máquinas y acompañaba las campañas agrícolas, durante las cuales los trabajadores pasaban las noches en los mismos campos donde realizaban las tareas. “No me importaba dormir en cualquier parte en la noche, porque en esa época, nos quedábamos en los campos donde trabajábamos. Dormíamos debajo de la máquina; era verano”, contó. “Yo cuando empecé a trabajar de chico, no iba por obligación. Me llevaba mi padre porque necesitaba uno para trabajar y a mí me gustaba”, aseguró. La mecánica también era una alternativa cuando las condiciones climáticas impedían trabajar en el campo. Toto recordó una temporada en la que el trigo sufrió una helada. “Cuando se heló el trigo, recién empezaba, para nosotros, que uno vivía de eso, si no se hacía trabajo en el campo, se reparaban las máquinas, siempre algún trabajo de mecánica había”, contó. Con el tiempo, su interés por las máquinas también se convirtió en una forma de ganarse la vida. La mecánica ocupó un lugar importante en su recorrido, especialmente cuando consiguió comprar su primera cosechadora. La operación, sin embargo, le presentó un problema considerable. Había adquirido el equipo totalmente financiado, pero estaba en tan malas condiciones que tuvo que reconstruirlo prácticamente por completo. Mientras trabajaba para recuperar su propia cosechadora, Toto tenía un taller donde reparaba herramientas y maquinaria de otras personas. Esos encargos le permitían obtener ingresos para mantenerse y continuar con el trabajo sobre el equipo que había comprado. Esa familiaridad con los fierros lo acompañó durante toda su trayectoria. Después de tantos años, Toto conserva una manera sencilla de describir los problemas que aparecen en el trabajo cotidiano. “Las máquinas siempre han tenido sus cosas”, sostuvo. Y agregó una frase que resume buena parte de su experiencia con la mecánica: “Siempre hay algo que corregir”. Trabajó con su hijo, cosechó hasta los 97 años y todavía pasa tiempo en el galpón familiar Con el paso de los años, el oficio también se convirtió en una actividad compartida con su familia. Horacio, uno de sus hijos, aprendió las tareas rurales junto a Toto. Más adelante consiguió comprar su propia cosechadora y comenzó a trabajar por su cuenta, aunque ambos continuaron compartiendo jornadas. “Horacio, él se hizo conmigo y después se pudo trabajar por su cuenta. Se compró su cosechadora y trabajamos juntos”, relató. Durante esas décadas, Toto también construyó relaciones con los clientes para los que realizaba las cosechas. “Terminé el último lote, de clientes de muchos años, de gente que además de ser clientes, son amigos”, expresó. A los 97 años, continúa pasando tiempo en el galpón donde comparte momentos con sus hijos Horacio y Alejandro. “Acá en el galpón, con los chicos ahí, con Horacio, con Alejandro, estoy continuamente con ellos ahí”, contó. Ya no realiza las mismas tareas de aquellos años en los que pasaba largas jornadas cosechando o reparando equipos. Pero todavía encuentra cosas para hacer en ese lugar. “Más que nada ordenando cosas, porque son bastante desordenados”, bromeó.
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