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Mirar los senderos de las hormigas

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Mirar los senderos de las hormigas
Lo esencial
  • Mirar los senderos de las hormigas Dijo: “Hay que mirar los senderos de las hormigas”
  • Nos animó, además, a apagar el celular, a detenernos en las pequeñas cosas. “Vivan”, exclamó
  • Luego del taller, busqué algunos de los poemas de Raninqueo (reunidos en Haikus de guerra, libro publicado en 2013 por Reloj de Arena). “Tras la bruma/ los niños que fuimos/ nos están gritando: adiós”, leí
  • A mil años luz tanto del antiguo Bashō como del contemporáneo Raninqueo, fracasé al primer intento

Mirar los senderos de las hormigas Dijo: “Hay que mirar los senderos de las hormigas”. Nos animó, además, a apagar el celular, a detenernos en las pequeñas cosas. “Vivan”, exclamó. Y no hablaba solo de poesía. Lía Mersch, docente y poeta, mencionó varias de estas cosas en un taller sobre escritura de haiku al que llegué por pura curiosidad. Nos explicó el escurridizo sentido del Wabi-sabi, recordó a Bashō (“Ante el relámpago/sublime es aquel/que nada sabe”). Y nos habló de Martín Raninqueo, un excombatiente de la Guerra de Malvinas que encontró en el estricto formato de los poemas japoneses (al menos, en la traducción que de ese estilo intentamos hacer en nuestro idioma) un modo de aludir a una experiencia que pocos pueden poner en palabras. Luego del taller, busqué algunos de los poemas de Raninqueo (reunidos en Haikus de guerra, libro publicado en 2013 por Reloj de Arena). “Tras la bruma/ los niños que fuimos/ nos están gritando: adiós”, leí. Y también: “Dulce es el viento/ si no arrastra gritos/ y esparce la nieve”. Y luego: “Copos sobre copos/ Caen gotas rojas/ (unas sobre otras)”. El dolor se impregna de la sutileza del haiku, se hace síntesis, resuena con las huellas de un mundo –la bruma, el viento, las rocas- que nada sabe de los desastres humanos Los excombatientes argentinos y británicos que protagonizan Campo minado, la descomunal obra de teatro de Lola Arias, encuentran en el trabajo con el cuerpo y en la palabra mediada por la escena modos de decir lo que parece indecible. Siempre supuse que en el momento –durante la obra- en que realmente liberan toda la angustia y la rabia es cuando arman un grupo de rock y, con furia, sangre y vitalidad, hacen sonar las guitarras eléctricas, el bajo, la batería, la voz que suena desde las tripas (“Do you know the war?”). Un instante tremendo, inolvidable. En Raninqueo todas esas emociones parecen haber sido cuidadosamente decantadas; el dolor se impregna de la sutileza del haiku, se hace síntesis, resuena con las huellas de un mundo –la bruma, el viento, las rocas- que nada sabe de los desastres humanos. Por mi parte, intenté ser una buena tallerista. Procuré seguir las indicaciones de Mersch. Sobre todo, aquello de mirar hacia afuera, poner por un instante el “Yo” en suspenso, hacer foco en la contundente sustancia de lo real. A mil años luz tanto del antiguo Bashō como del contemporáneo Raninqueo, fracasé al primer intento. Porque no miré “los senderos de las hormigas”, sino que pensé en ellas, me ensimismé, viajé en el tiempo, me hundí en lo abstracto de la memoria. Recordé a mi abuelo, el hombre menos cercano al Japón que se pueda imaginar. Cada tanto se le escapaba la rudeza del minero que había sido en su juventud; su nombre puede rastrearse en algunos libros que reconstruyen sucesos de la Guerra Civil Española en el norte de ese país. Toda su vida fue un combatiente. En la tierra de origen, fusil, carbón y fiereza. En la Argentina, la denonada construcción del ascenso social. Jamás habría sobrevivido, imagino, si se hubiera permitido la más mínima blandura. Tengo la certeza de que siempre quiso ser recordado, no tanto por los logros en este país, sino por la épica guerrera de sus años mozos. Lo defraudé en muchos aspectos; me temo que también en éste. Porque la mejor postal que tengo de él no incluye ninguna gesta, ni bélica ni económica. Un día, en unas vacaciones en la costa, lo encontré acomodado en una silla, próximo a un árbol, los brazos apoyados sobre las piernas, el torso inclinado. Observaba, abstraído y fascinado, el trabajo de las hormigas. El recuerdo no me hizo pensar en la estructura del haiku; volví a Si te dicen que caí, de Joan Marsé, y aquello de “hombres de hierro, forjados en tantas batallas, soñando como niños”. Mi abuelo fue un hombre de hierro, peleó infinidad de batallas. Dudo que haya soñado como niño. Pero podía quedarse horas contemplando la maravilla laboriosa de las hormigas de un modo similar, quién sabe, al de algún remoto poeta oriental detenido en las flores de un mundo flotante.

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