Un artista entre Chaplin y Kafka
En 2019, el Museo Reina Sofía, de Madrid, le dedicó la primera retrospectiva fuera de Japón, bajo el título “Autorretrato de otro”, a partir de anotaciones del propio artista. Para entonces, Tetsuya Ishida, hacía catorce años que había muerto.
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En 2019, el Museo Reina Sofía, de Madrid, le dedicó la primera retrospectiva fuera de Japón, bajo el título “Autorretrato de otro”, a partir de anotaciones del propio artista. Para entonces, Tetsuya Ishida, hacía catorce años que había muerto.
- Vivió apenas 31 años; pintó a lo largo de diez de ellos con intensidad, pasión y una descarnada lucidez
- Las casi 200 obras que dejó Tetsuya Ishida le sirvieron para convertirse en un artista consumado y en ícono de toda una generación
- Con tan sólo 22 o 23 años Ishida retrató esa cruda versión del mundo que lo rodeaba
- En 2019, el Museo Reina Sofía, de Madrid, le dedicó la primera retrospectiva fuera de Japón, bajo el título “Autorretrato de otro”, a partir de anotaciones del propio artista
Vivió apenas 31 años; pintó a lo largo de diez de ellos con intensidad, pasión y una descarnada lucidez. Las casi 200 obras que dejó Tetsuya Ishida le sirvieron para convertirse en un artista consumado y en ícono de toda una generación. Esa “generación perdida”, como se la bautizó, de jóvenes japoneses atrapados entre el karoshi (la muerte por exceso de trabajo) y el hikikomori, el aislamiento en sus propias habitaciones, sin contacto social y sin salir a la calle, enfrascados en sus pantallas, dentro de la misma casa familiar.
El estallido de una burbuja de especulación en los '90 los marcó a fuego, con su secuela de angustia, depresión y temor ante un futuro que no parecía ofrecerles demasiadas alternativas. De padre diputado en el Parlamento de su país y madre ama de casa, Ishida rompió con el mandato familiar que lo empujaba a estudiar Química y se graduó en Diseño de Comunicación Visual en la Universidad de Arte Musashino, una afrenta que se suavizó con el tiempo. Con un compañero de estudios montó una empresa multimedia que fusionaba cine y arte, y no pudo hacer frente a los embates de la crisis de los 90.
Con un trabajo de tiempo parcial, nocturno, se mudó a un barrio en el que tenía a mano un gran negocio de materiales de pintura, en los que invertía el poco dinero que ganaba, comiendo lo mínimo indispensable, y lo más barato. Sus cuadros impactan, y reflejan de un modo perturbador, la soledad, la alienación, la incomunicación en un mundo deshumanizado, con seres reducidos casi a la categoría de robots, partes de un engranaje mayor, inmersos en tareas repetitivas, como una versión pictórica de los Tiempos modernos de Chaplin y pinceladas que parecen extraídas del universo de Kafka. Con tan sólo 22 o 23 años Ishida retrató esa cruda versión del mundo que lo rodeaba.
En 2019, el Museo Reina Sofía, de Madrid, le dedicó la primera retrospectiva fuera de Japón, bajo el título “Autorretrato de otro”, a partir de anotaciones del propio artista. Para entonces, hacía catorce años que Ishida había muerto, un 23 de mayo, en las afueras de Tokio, barrido por un tren de alta velocidad a cuyo paso, nunca se supo con certeza, tal vez se había arrojado. Sobre la firma
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