Tomás Kadijevich: entre la tradición del rock argentino y la experimentación digital
Criado en una casa de Villa Crespo donde diversas músicas convivían sin problema, Tomás Kadijevich absorbió un amplio abanico de géneros desde sus primeros años de vida. Su primera gran obsesión, sin embargo, llegó cuando le regalaron un CD compilatorio con todos los número uno de los Beatles: en ese momento entendió que había quedado [...]
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Criado en una casa de Villa Crespo donde diversas músicas convivían sin problema, Tomás Kadijevich absorbió un amplio abanico de géneros desde sus primeros años de vida. Su primera gran obsesión, sin embargo, llegó cuando le regalaron un CD compilatorio con todos los número uno de los Beatles: en ese momento entendió que había quedado [...]
- Criado en una casa de Villa Crespo donde diversas músicas convivían sin problema, Tomás Kadijevich absorbió un amplio abanico de géneros desde sus primeros años de vida
- Su primera gran obsesión, sin embargo, llegó cuando le regalaron un CD compilatorio con todos los número uno de los Beatles: en ese momento entendió que había quedado flechado por la banda
- Tomás subraya la importancia de haberse cruzado con otros dos músicos, Santiago Toranzo (La Vida Secular) y Teo No
- Las guitarras buscan una distorsión que remite al rock pesado de principios de los 2000; la influencia del post-punk aparece como un hilo que atraviesa buena parte del álbum...
Criado en una casa de Villa Crespo donde diversas músicas convivían sin problema, Tomás Kadijevich absorbió un amplio abanico de géneros desde sus primeros años de vida. Su primera gran obsesión, sin embargo, llegó cuando le regalaron un CD compilatorio con todos los número uno de los Beatles: en ese momento entendió que había quedado flechado por la banda. Años más tarde, ya en la adolescencia, recibió un segundo impacto al toparse con grandes obras del rock nacional.
Esa nueva obsesión lo llevó a empezar a componer, copiando algunas canciones en ese tono, según recuerda. Ese primer gesto creativo —al que hoy se refiere entre risas— marcó una diferencia sustancial con su fanatismo inicial por los Fab Four: en aquella etapa evitaba sentarse a componer; ahora, en cambio, estaba empezando a abrir esa puerta. Tomás subraya la importancia de haberse cruzado con otros dos músicos, Santiago Toranzo (La Vida Secular) y Teo No.
Además de forjar una amistad, se convirtieron en grandes socios creativos y compañeros de convivencia. Ellos, casualmente, venían trabajando alrededor de un sello independiente llamado Senda Discos, desde donde conectaban con distintos artistas de la ciudad y que también funcionaba como plataforma para sus propios proyectos. Tomás cuenta que la convivencia fue un factor decisivo: le permitió presenciar de manera mucho más activa el proceso creativo de otros y abrir su propio proyecto a nuevas miradas.
Gracias a eso, explica, la inspiración y la capacidad de componer empezaron a fluir como una canilla que finalmente se abre. El lanzamiento oficial de su carrera solista llegó a mediados de 2024 con el single “Viento digital”. Si bien en esa canción ya explora la base sonora que continuaría desarrollando en su disco debut, el tema pertenece a otro registro genérico.
Los elementos centrales aparecen en el registro agudo de su voz, que se cruza con arpegios de guitarra acústica y con guitarras eléctricas que irrumpen de forma paulatina, casi como pequeños retazos, acompañadas por sintetizadores serpenteantes y una batería que refuerza su naturaleza acústica con un toque delicado. La métrica irregular, combinada con una manipulación digital sutil pero evidente, junto con una letra cargada de metáforas sensibles y los aspectos antes mencionados, ubican este primer lanzamiento en un terreno cercano a la folktrónica. Una de las referencias más claras, cuenta, fue el debut de Juana Aguirre, Claroscuro (2021), que ejerció una influencia decisiva a la hora de trabajar el aspecto coral de su música, tanto en este primer single como en las canciones que vendrían después.
Posteriormente, Tomás notó que las nuevas músicas que empezaba a componer sostenían ese sonido de banda, pero viraban hacia un pulso más rabioso. Decidió dejar que cada canción se desarrollara según lo que pedía y a su propio ritmo, casi como si buscara comprenderlas a la distancia. Con el tiempo, se dio cuenta de que ese conjunto de temas formaba un disco con un concepto propio: Usuarios de la rabia (2025).
En ellos aparecía de manera recurrente una misma energía: el enojo, el tedio. Descubrió que cada canción contenía un personaje, un estereotipo, pero no como una crítica, sino como una forma en la que ciertas personas canalizan ese hastío. “No me sienta bien la época de los personajes cerrados con un moño. El loco, el reventado, el asesino, el industria nacional, y así siguiendo”, explica el compositor, y continúa: “No es una crítica a esas personas; en realidad, es algo valioso.
Pero la verdad es que no me sale quedarme con uno. Tengo a todos adentro, y en alguna medida cada canción es la expresión de alguno de ellos”. El track de apertura, “Un renglón del Evangelio”, funciona como una declaración de principios para el disco: la métrica irregular que aparecía en “Viento digital” cede su lugar a una batería mid tempo en cuatro tiempos sobre la que se apoya un bajo distorsionado, dando como resultado una canción de rock alternativo con aires de hit.
Esa sonoridad de banda se expande luego en “El apagón” y “22”, donde el bajo sostiene un rol central a partir de líneas simples y contundentes, mientras las guitarras van ganando protagonismo y combinan un elaborado pulso melódico con canciones de estructura clásica. Así, el disco transita con naturalidad entre momentos de mayor intensidad y otros de espíritu más contemplativo, como la balada de impronta beatle “Miradas prestadas”. Este factor tímbrico avanza en paralelo al desarrollo conceptual: si cada canción encarna a un personaje, el norte sonoro debe acompañar el humor específico de cada uno.
Por eso, durante la producción, la decisión fue trabajar el sonido de cada instrumento con una referencia puntual. Las guitarras buscan una distorsión que remite al rock pesado de principios de los 2000; la influencia del post-punk aparece como un hilo que atraviesa buena parte del álbum; las baterías dialogan con estéticas acústicas de los 80; y las voces convocan la tradición de los grandes cantautores del rock nacional más mainstream. El resultado es un disco que equilibra el formato canción con una paleta sonora amplia pero precisa, donde cada elección responde a la construcción del tono particular de cada tema.
Lo que queda es, además de la documentación de un crecimiento como compositor, un manifiesto sonoro en el que la tradición del rock nacional y la experimentación digital convergen para darle voz a todas sus identidades posibles. Escuchá Usuarios de la rabia en plataformas (Spotify).
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