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Sophia, la voz femenina de la batalla de gallos: “La disciplina es hermosa, pero es un ambiente muy tóxico”

Referente e inspiración para las nuevas generaciones del freestyle, Sophia será la única mujer en la final nacional de este viernes de la Red Bull Batalla Argentina The post Sophia, la voz femenina de la batalla de gallos: “La disciplina es hermosa, pero es un ambiente muy tóxico” appeared first on Rolling Stone en Español .

4 de octubre de 2026Actualizado hace menos de un minuto14 min de lectura7 lecturasComentarios

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Sophia, la voz femenina de la batalla de gallos: “La disciplina es hermosa, pero es un ambiente muy tóxico”
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Referente e inspiración para las nuevas generaciones del freestyle, Sophia será la única mujer en la final nacional de este viernes de la Red Bull Batalla Argentina The post Sophia, la voz femenina de la batalla de gallos: “La disciplina es hermosa, pero es un ambiente muy tóxico” appeared first on Rolling Stone en Español .

  • Mientras tanto, la escena cambió y ella también: este viernes 2 de octubre, en la Final Nacional de Red Bull Batalla Argentina, hay dieciséis clasificados y Sophia es la única mujer
  • Si hay que ponerle una fecha al cambio, es una tarde de diciembre de 2017 en una plaza de La Plata
  • Tendió puentes con competencias de Berazategui y de Puerto Madero para que los de afuera vinieran a La Plata y los de La Plata salieran, y empezó a juradear en “La Sucre”, la batalla más conocida de la zona sur
  • Ella hace todo a la vez, FMS, Red Bull y canciones, y el 27 de septiembre, cinco días antes de la final, sacó Vis a vis, un EP de cuatro canciones que dura casi once minutos. “Por el momento estoy bien, la verdad”

Sofía Tredicce, conocida en las batallas como Sophia, pasó casi cuatro años anotando en una planilla los nombres de los que iban a rapear. Mientras tanto, la escena cambió y ella también: este viernes 2 de octubre, en la Final Nacional de Red Bull Batalla Argentina, hay dieciséis clasificados y Sophia es la única mujer. El año pasado también estuvo y llegó a cuartos de final, en una temporada en la que además ganó Linaje Freestyle, entró a la liga FMS Argentina y compitió junto a leyendas como Aczino, Chuty y Skone en la edición por los veinte años de Red Bull Batalla.

Si hay que ponerle una fecha al cambio, es una tarde de diciembre de 2017 en una plaza de La Plata. Hacía calor, Sofía todavía iba al colegio y organizaba batallas desde hacía dos años cuando una chica se le acercó. Pensó que iba a preguntarle un horario o cuándo empezaba la competencia, pero la chica le pidió otra cosa. “Me dijo: ‘¿Me anotás?’.

Me acuerdo patente, me acuerdo de la cara, del nombre. Ahí me cambió algo”, dice. Se llamaba Lara, y en dos años ninguna otra mujer le había pedido eso.

Para entender por qué ese momento pesó tanto, hay que volver un poco más atrás. “Yo era muy tímida. Me costaba mucho tener una conversación con alguien”, agrega del otro lado de una videollamada, desde su departamento, tranquila e impecable. Cuesta creerle.

Habla sin pausas, en toda la charla no hay un solo silencio y sabe exactamente lo que quiere decir: se nota que llegó hasta acá por su manejo de las palabras. Tenía quince años la primera vez que fue a ver una competencia con amigas del colegio, en pleno auge de El Quinto Escalón, cuando en las aulas todos miraban batallas. Empezaron a ir los fines de semana, a mirar y a buscar un lugar del que ser parte.

Algo sucedió por un imprevisto: un día los organizadores (uno de ellos amigo suyo) tuvieron un problema con la planilla de inscriptos, ella supo cómo resolverlo y le ofrecieron sumarse. Lo pensó mucho, porque organizar implicaba gritar los nombres de los competidores y estar cara a cara con gente que no conocía. Aceptó igual.

Al principio solo anotaba, pero los demás se fueron yendo de a uno, incluido el que votaba y hubo un día en que se quedó sola. “Y dije: la voy a seguir organizando”. Era finales de 2015. Subía el evento a Facebook el mismo día y en dos horas juntaba entre ciento veinte y ciento cincuenta personas en la plaza.

Tendió puentes con competencias de Berazategui y de Puerto Madero para que los de afuera vinieran a La Plata y los de La Plata salieran, y empezó a juradear en “La Sucre”, la batalla más conocida de la zona sur. Organizó cuatro competencias que en realidad eran siempre la misma, porque cada vez que se cerraba un ciclo y había que mudarse de plaza le cambiaban el nombre. Durante casi cuatro años hizo todo lo que se puede hacer en una batalla de freestyle, menos rapear. “Yo decía: nunca voy a poder meterme ahí.

Mi límite lo ponía yo. Si soy tímida para hablar con alguien, imaginate improvisar en una ronda donde todos te están mirando y hay tres personas que te tienen que votar”. La maravillosa señora Maisel, la serie sobre una joven ama de casa neoyorquina que a fines de los cincuenta quiere hacer stand up en un circuito que es solo de hombres, gira alrededor de ciertos elementos que muchas mujeres que intentan triunfar en la industria musical conocen bien: otra mujer que la habilita a pensarse como algo distinto, hombres que intentan bajarle el precio desde el micrófono, amigos que le dicen que siga y, al final, la decisión de hacerse cargo de la propia voz.

Como dice la señora Maisel en su monólogo final: “Dicen que la ambición es un rasgo poco atractivo en una mujer. Puede ser. Pero ¿sabés qué es realmente poco atractivo?

Quedarse esperando a que algo suceda. Mirar por una ventana, pensando que la vida que deberías estar viviendo está ahí afuera, en algún lugar, pero sin estar dispuesta a abrir la puerta y salir a buscarla”. Incluso si alguien te dice que no podés.” Sophia también empezó a construir desde el hacer poniendo su nombre en lugares donde siempre es minoría. *** En septiembre de 2018, Juan Ortelli, el periodista que mejor retrató la escena (y ex director de Rolling Stone), publicó en VICE una crónica larga sobre El Quinto Escalón, la liga de plaza que Alejo Acosta (después Ysy A) y Muphasa armaron en 2012 en Parque Rivadavia y que en cinco años pasó de reunir a veinte adolescentes a convocar a tres mil personas.

Por ese texto pasan Duki, Paulo Londra, Ecko, Lit Killah, Wos, Trueno, Replik, Klan y Dtoke, pero también jurados, un beatboxer, un ex boxeador que hacía de seguridad, un tatuador que tatuaba a cada ganador, un ilustrador, un periodista y un empresario de medios. Releída hoy, lo que más llama la atención de esa crónica no es lo que cuenta, sino lo que falta: no aparece ninguna competidora. “En ese momento era todo muy misógino”, suma Sophia. “Yo veía las batallas y, si en una aparecía una mujer, no había chance de que no te bardeen. Lo veías desde afuera y decías: ¿para qué me voy a meter?”.

Se metió finalmente en 2019, por una apuesta perdida. Se anotó en equipo con una amiga, en su ciudad, ganaron la primera batalla, perdieron la segunda y le tomó el gusto. Poco después, en una competencia fuera de La Plata, se cruzó con alguien que, según ella, un poco la traumó con todo lo que le dijo y estuvo seis meses sin anotarse.

Sus amigos le repetían lo que se habla siempre, que en una batalla te dicen cualquier cosa con tal de ganar. Ella dice que ya lo sabía, pero que igual estaba traumada. A los seis meses volvió.

En esos años, si en una clasificatoria se anotaban dos mujeres, las cruzaban entre ellas. “Era una estupidez total, pero antes estaba muy fomentado: cruzar a dos mujeres para que se digan barbaridades”, recuerda. Eso, cuenta, en Argentina dejó de pasar: hoy puede cruzarse con una mujer en cualquier ronda y no le volvió a pasar que en una plaza la atacaran por ser mujer. En muchas batallas el rival fue por ese lado, ella se enojó en la ronda y, a veces, la que pasó fue ella. “No es que el chip de ellos diga ‘no voy a ser misógino’.

Es que ya no pueden decir eso porque no van a ganar con eso. Cambiaron los tiempos”. Pero no cree que el asunto esté terminado. “El cero por ciento no existe”, explica, y en los videos de otros países ve un machismo mucho más arraigado.

Ahí está la mayor parte del público del freestyle, en países donde, si en una batalla hay una mujer, se espera que la ataquen, y cuando ven una batalla argentina en la que nadie la bardea, los comentarios piden sangre. A ella, a partir de cosas que le dijeron en batallas, le inventaron una vida paralela. “Ahora leo esas cosas y me río: qué loco que alguien te diga eso en una batalla y asuman que es la verdad absoluta”. Desde sus comienzos, su objetivo fue hacer música sin dejar de competir, algo que casi nadie logra, porque cuando a un freestyler le empieza a ir bien con sus canciones suele dejar las batallas.

Ahora que llegó a un circuito más grande entiende por qué: “La disciplina es hermosa, pero es un ambiente muy tóxico”. En la mayoría de los eventos sigue siendo una de pocas, o la única. Sostiene que no le pesa, que se acostumbró y que representa como puede, pero que cuando en la convivencia previa son dos o tres, algo cambia. “Me siento mucho más cómoda”, dice, y cuenta que es lo mismo que sentía de chica, cuando esperaba que apareciera otra mujer en la planilla. “Cuando apareció esa chica a anotarse, yo dije: capaz que puedo”.

Los torneos femeninos dentro de los grandes eventos le parecen innecesarios, porque, afirma, “nosotras podemos codearnos frente a frente con cualquier hombre, no es necesario que nos aíslen”. *** La escritura había llegado mucho antes que las batallas. De chica viajaba seguido en auto con una tía que pintaba y leía poesía, la única de la familia ligada al arte, y como Sofía se descomponía en los viajes, la tía le daba un libro y le proponía un juego. Años después, el barrio donde vivía era de monoblocks y, enfrente, había unas construcciones sin terminar.

Con ese paisaje citadino grababa los temas que escribía sobre pistas de YouTube: ella con el parlante en la mano y su hermano menor filmando con el celular. Al hermano lo iba a buscar a la primaria para llevarlo a competir. Lo primero que Sofía escribió como canción quedó grabado en un cypher a capela, en la misma competencia donde juradeaba, cuando cree que tenía dieciséis.

Después siguió escribiendo, empezó a grabar de verdad cuando uno de los chicos se compró un micrófono y una placa de audio, y en la pandemia, como casi todos los freestylers, fue subiendo sus temas a Instagram. “Tuve una etapa bastante tirada, muy abajo, en la que lo único que hacía era escribir. No sé cómo hubiera llevado ciertas cosas si no escribía”, expresa. Por eso no escribe por escribir.

Escribe desde lo que vivió, porque en un momento, dice, lo que la ayudó a ella fue eso. En el video de “Condena”, uno de los temas de su último EP, Vis a vis, aparece en un escritorio con unas esposas, un cuaderno y una lapicera que no para de moverse, una imagen que la resume bastante bien. También de chica vio un video de Jaloner, un rapero español, con el tema subtitulado sílaba por sílaba y cada sílaba de un color, de modo que se veía la técnica entera y el lugar que ocupaba cada una. “Me voló la cabeza.

Lo tuve que escuchar como diez veces para entender lo que estaba pasando”. Desde entonces no le alcanza con que rime la última palabra: si dice “ahora estoy acá, después me voy a mi casa”, tiene que rimar la frase entera y no solo “casa”. Lo practicó para componer y un día descubrió que en batalla le salía solo. “Aunque me trabe, el cerebro no me dejaba pasar por alto las sílabas”.

Para eso hace falta tener muchas palabras. Leyó el diccionario completo unas tres veces y durante un tiempo usó una aplicación que le mandaba una palabra por día con su significado, que ella trataba de incorporar porque una palabra que no se usa, no está en el vocabulario. Su referente local es Abel, un tecniquero como, a su gusto, nunca hubo otro en Argentina: batalló con él, vuelve a ver ese video y sigue encontrando cosas.

Abel también está entre los dieciséis del viernes. *** Le iba bien en el colegio, así que en su casa no hubo mucho reproche, aunque ella prefería que sus padres no fueran a las plazas. “Si querés, mirá el video. Pero somos veinte, capaz me dicen cualquier cosa”, les decía. Después de la pandemia, con la secundaria terminada, trabajaba con su papá y tenía franco los lunes, a medida que empezaron a salir fechas para competir fue él quien le dijo que dejara el trabajo. “Fue de él ese punto de vista.

No es que yo se lo planteé”. El año pasado les avisó con un mes de anticipación que se iba a vivir a Capital y se mudó una semana antes de la Final Nacional. Ahora en La Plata las batallas las organiza su hermano.

Acaba de volver de Santa Cruz, adonde viajó a competir con otros freestylers, la mayoría también clasificados a la final. Lo pensó dos veces antes de aceptar un viaje tan cerca de la fecha, pero volvió, comenta, con otra energía. La semana previa tiene poco de ritual y mucho de constancia: rapea todos los días aunque sea un poco, lee por lo menos treinta minutos, entrena y, antes de cada evento importante, medita veinte minutos con un video cualquiera de YouTube, algo que empezó a hacer por consejo de su psicóloga para bajar a tierra.

Los días en el hotel con los demás competidores finge demencia, y la ficha le cae recién en la rueda de prensa, cuando le preguntan a quién se quiere cruzar. Muchas chicas se le acercan a preguntarle cómo hace para no ponerse nerviosa. “La realidad es que yo me pongo nerviosa. El tema es que aprendés a vivir con eso”.

Los nervios, dice, no se van nunca, y el día que se vayan será cuando quizás se preocupe. Vivir de esto es otra cosa. De todos los que están en la final o en la FMS, calcula, uno o dos viven del freestyle, y los demás tienen algo en paralelo, hacen streaming o sacan plata de otro lado.

Depende de las marcas, de los sponsors, del equipo que te cierre fechas y también del país: en otros lugares se cobra otra plata, asegura, y acá está todo muy complicado. Ella hace todo a la vez, FMS, Red Bull y canciones, y el 27 de septiembre, cinco días antes de la final, sacó Vis a vis, un EP de cuatro canciones que dura casi once minutos. “Por el momento estoy bien, la verdad”. Hace diez años miraba batallas con sus hermanos y sus amigas: la Red Bull, El Quinto Escalón, la FMS.

Algunos de los que veía en la pantalla ahora están en su misma lista, como Klan, uno de los nombres de aquella crónica de 2018. “A esta gente yo la faneaba hace diez años. Y ahora estoy compitiendo en un escenario con ellos”. Ninguna mujer ganó nunca la Final Nacional argentina.

La que más lejos llegó fue Roma, que en 2019, con 17 años, se convirtió en la primera en alcanzar las semifinales. Fue en el Luna Park, en la primera edición con dos mujeres entre los clasificados: Roma eliminó a NTC en octavos y en cuartos le ganó a Dozer, el campeón vigente, en una de las batallas más comentadas de la noche. Después perdió con Wolf y, en la batalla por el tercer puesto, con MKS, los hermanos Mansilla de aquella crónica del Quinto, y terminó cuarta.

Siete años después, la lista de mujeres que llegaron tan lejos en la Red Bull sigue cabiendo en una línea. Cuando le pregunté a Sophia qué significaría ir a Perú, en donde será la Final Internacional de 2027, se agarró el pecho. “Te juro. Desde chica veía eso y decía: imaginate ganar en tu país, ir a representar a tu país.

La Red Bull es el tope de lo que uno puede llegar como competidor. Sería histórico”. Dice que se sentiría representada con cualquiera que gane, pero también afirma otra cosa: “Yo voy a ir a ganar”.

La final se disputa en Deseo Club, en Chorroarín 1040, la primera vez que la competencia se hace ahí, y quien gane representará a la Argentina en la Final Internacional. Se transmite gratis por los canales de Red Bull en YouTube, Facebook y Twitch, así que cualquiera puede verla desde su casa, también lo puede hacer una chica de quince años en cualquier ciudad del país. Esta vez la planilla la armó otro, tiene dieciséis nombres y uno solo es de mujer.

El suyo.

Fuente: Rolling Stone AR|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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