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Si vas a instalar aire acondicionado recuerda lo que le ocurrió a Corea del Sur. Fue el desastre arquitectónico del milenio

En los años 90, algunas de las ciudades más densas de Asia llegaron a concentrar millones de personas en áreas urbanas construidas en apenas unas pocas décadas. En ese mismo periodo, varios estudios empezaron a alertar de que una parte significativa de los edificios levantados durante los grandes booms económicos presentaban deficiencias estructurales graves . De hecho, en algunas inspecciones posteriores a grandes accidentes, se llegó a estimar que solo una minoría de construcciones cumplía ple

21 de abril de 2026Actualizado hace alrededor de 3 horas6 min de lectura2 lecturasComentarios

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Si vas a instalar aire acondicionado recuerda lo que le ocurrió a Corea del Sur. Fue el desastre arquitectónico del milenio
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En los años 90, algunas de las ciudades más densas de Asia llegaron a concentrar millones de personas en áreas urbanas construidas en apenas unas pocas décadas. En ese mismo periodo, varios estudios empezaron a alertar de que una parte significativa de los edificios levantados durante los grandes booms económicos presentaban deficiencias estructurales graves . De hecho, en algunas inspecciones posteriores a grandes accidentes, se llegó a estimar que solo una minoría de construcciones cumplía ple

  • En los años 90, algunas de las ciudades más densas de Asia llegaron a concentrar millones de personas en áreas urbanas construidas en apenas unas pocas décadas
  • Además, durante el auge económico en la década de 1980, el país fue elegido sede de los Juegos Olímpicos de 1988, y para satisfacer esas nuevas necesidades se construyeron una cantidad desorbitada de edificios
  • Más de 500 personas murieron y más de mil quedaron atrapadas, muchas de ellas en un espacio que, apenas unas horas antes, simbolizaba el éxito económico del país
  • Los daños materiales ascendieron a 216 millones de dólares, y las familias de las víctimas lograron obtener una indemnización total de 300 millones de dólares

En los años 90, algunas de las ciudades más densas de Asia llegaron a concentrar millones de personas en áreas urbanas construidas en apenas unas pocas décadas. En ese mismo periodo, varios estudios empezaron a alertar de que una parte significativa de los edificios levantados durante los grandes booms económicos presentaban deficiencias estructurales graves. De hecho, en algunas inspecciones posteriores a grandes accidentes, se llegó a estimar que solo una minoría de construcciones cumplía plenamente los estándares de seguridad.

Corea del Sur pasó en pocas décadas de la devastación de la guerra a convertirse en una potencia industrial y urbana, con una velocidad de crecimiento que apenas tenía precedentes. Además, durante el auge económico en la década de 1980, el país fue elegido sede de los Juegos Olímpicos de 1988, y para satisfacer esas nuevas necesidades se construyeron una cantidad desorbitada de edificios. Ese impulso se tradujo en una fiebre constructora donde levantar arquitecturas importaba más que hacerlas bien, y donde prácticas como recortar costes, acelerar plazos o ignorar advertencias técnicas se volvieron habituales.

En ese escenario nació el Sampoong Department Store, no como un proyecto excepcionalmente defectuoso desde el inicio, sino como un producto típico de una época en la que el progreso se medía en metros cuadrados y no en estándares de seguridad. El punto clave de la tragedia que estaba a punto de tener lugar y que terminó convirtiendo los grandes almacenes en el desastre arquitectónico del milenio, no fue un único error, sino una cadena de decisiones que acabaron concentrando toda la fragilidad del edificio en un detalle aparentemente secundario: el sistema de aire acondicionado. ¿Cómo?

Al parecer, los equipos instalados en la azotea pesaban decenas de toneladas, muy por encima de lo que la estructura podía soportar, y su instalación acelerada ni siquiera siguió procedimientos normales, ya que fueron arrastrados sobre el techo, dañando la propia estructura. A partir de ese momento, una imagen terrorífica: cada vibración al encenderlos agrandaba grietas invisibles que recorrían el edificio. Lo que debía ser un elemento de confort se convirtió en una carga letal que terminó actuando como detonante final del colapso, concentrando en un solo punto años de negligencia acumulada.

Condenado desde los planos El desastre empezó mucho antes de que nadie escuchara crujidos en el techo. El proyecto original era un bloque residencial de cuatro plantas, pero fue transformado por Lee Joon, futuro director del Grupo Sampoong, para convertirlo en un gran centro comercial sin rediseñar adecuadamente la estructura. Plus: debido a las prohibiciones vigentes en Seúl que impedían a las empresas extranjeras firmar contratos en la ciudad, estas monstruosas moles se adjudicaron a un puñado de empresas surcoreanas.

Abrumadas por la presión, las empresas decidieron que lo mejor era acelerar el ritmo de trabajo, sin importar el coste. Así, el diámetro de los pilares se redujo de 80 a 60 centímetros, y se aumentó la distancia entre ellos para incrementar la superficie útil, se eliminaron columnas para instalar escaleras mecánicas, se redujo su grosor para ganar espacio comercial y se añadió una quinta planta que nunca estuvo prevista. Cada modificación aumentaba el peso y debilitaba la resistencia, mientras las empresas que advertían del peligro eran despedidas y sustituidas por otras más complacientes.

El resultado fue un edificio caótico que, sobre el papel, ya no tenía margen de seguridad incluso antes de abrir sus puertas. En los meses previos al colapso, el edificio dio múltiples avisos de que algo iba mal. Aparecieron grietas visibles, los suelos vibraban, los empleados notaban mareos y los ingenieros advertían de un fallo estructural inminente.

La reacción de la dirección fue cerrar algunas zonas, apagar el aire acondicionado en el último momento y seguir operando con normalidad en el resto del edificio. El motivo era tan simple como devastador: perder un día de ventas en un complejo que recibía miles de personas resultaba inaceptable. Incluso el día del derrumbe, con grietas de varios centímetros y señales evidentes de peligro, se decidió no evacuar a los clientes.

La tarde del 29 de junio de 1995, el edificio no explotó ni fue víctima de un ataque externo: simplemente cedió al disparatado número de negligencias. Los equipos de aire acondicionado terminaron atravesando la cubierta debilitada, las columnas no soportaron la carga acumulada y el edificio se desplomó en cuestión de 20 segundos, aplastando plantas enteras unas sobre otras. Más de 500 personas murieron y más de mil quedaron atrapadas, muchas de ellas en un espacio que, apenas unas horas antes, simbolizaba el éxito económico del país.

Fue una destrucción tan rápida que convirtió un centro comercial lleno de vida en una montaña de escombros en menos de medio minuto. Las labores de rescate se prolongaron durante semanas, con supervivientes encontrados incluso más de dos semanas después bajo los restos del edificio. Pero la magnitud del desastre dejó al descubierto una realidad aún más inquietante: muchas víctimas no murieron solo por el derrumbe, sino por fallos posteriores en la gestión de la emergencia.

Mientras tanto, las investigaciones confirmaban lo más evidente: no había una sola causa, sino una acumulación de errores evitables, desde el uso de materiales de baja calidad hasta decisiones empresariales que priorizaron el beneficio inmediato sobre cualquier criterio de seguridad. El colapso no solo destruyó un edificio, sino que expuso un sistema entero. Los responsables, comenzando con la figura del propietario Lee Joon, fueron condenados, incluyendo también a varios funcionarios implicados en prácticas corruptas, pero el impacto fue mucho más amplio.

Inspecciones posteriores revelaron que una parte significativa de los edificios de Seúl tenía problemas estructurales muy graves, lo que obligó a revisar normativas y reforzar controles. El Sampoong dejó de ser un caso aislado para convertirse en un símbolo de lo que ocurre cuando una sociedad construye demasiado rápido y demasiado mal. Hoy, en el lugar donde se alzaba el edificio no queda rastro visible de la tragedia, pero su lección sigue siendo meridianamente clara.

El desastre no fue fruto de la mala suerte ni de un accidente imprevisible, sino de decisiones conscientes repetidas una y otra vez. El aire acondicionado no derrumbó el edificio por sí solo, fue simplemente el último empujón a una estructura que llevaba años al límite. Por eso la historia sigue siendo tan inquietante, porque demuestra que, a veces, los grandes desastres no empiezan con un fallo espectacular, sino con pequeñas concesiones que nadie quiso detener a tiempo.

Por cierto, Lee Joon fue declarado culpable de negligencia criminal y condenado a diez años y medio de prisión. Los daños materiales ascendieron a 216 millones de dólares, y las familias de las víctimas lograron obtener una indemnización total de 300 millones de dólares. Durante el juicio, Joon afirmó que le preocupaba más el impacto financiero de la tragedia en su empresa que el destino de las víctimas.

Finalmente, las demandas resultaron demasiado para Sampoong, que se disolvió poco después de los hechos. Imagen | 서울특별시 소방재난본부

Fuente: Xataka|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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