¿Quién querría liderar la ONU hoy?
Ocupar la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas hoy deja al descubierto una paradoja incómoda: nunca el cargo fue tan visible y, al mismo tiempo, tan impotente frente al choque entre las grandes potencias, que quieren a alguien pragmático. Los candidatos
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Ocupar la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas hoy deja al descubierto una paradoja incómoda: nunca el cargo fue tan visible y, al mismo tiempo, tan impotente frente al choque entre las grandes potencias, que quieren a alguien pragmático. Los candidatos
- Yo le contesté “Ciencia Política en la UBA”
- En 2026 yo me pregunto lo mismo para la ONU. ¿Quién querría ser secretario general hoy? ¿El puesto todavía presenta capacidad real de liderazgo o se transformó en una posición atrapada entre potencias que no quieren...
- Vale recordar que a poco más de 80 años de la firma de la Carta de San Francisco, ninguna mujer ocupó el cargo
- Es el “Responsibility to Protect” de Kofi Annan y lo que pensadores como Anne-Marie Slaughter o Joseph Nye identificaron a fines de los 90 y principios de este siglo
Cuando estaba terminando el secundario mi madre me preguntó qué iba a estudiar. Yo le contesté “Ciencia Política en la UBA”. Como nos pasó a la gran mayoría que decidimos seguir la profesión, se me quedó mirando y me pregunto: “Por qué querrías ser politólogo?”.
Hoy comparto su preocupación. La entiendo y hasta la comparto. En 2026 yo me pregunto lo mismo para la ONU.
¿Quién querría ser secretario general hoy? ¿El puesto todavía presenta capacidad real de liderazgo o se transformó en una posición atrapada entre potencias que no quieren ceder nada? Falta menos de un año para la elección del nuevo secretario general.
Y objetivamente, se ha convertido en un cargo sumamente paradójico: tiene enorme exposición global pero cada vez menos margen real de maniobra y encima el costo de reputación es gigantesco. Entonces, de nuevo ¿quiénes y por qué? La primera pregunta tiene una respuesta fácil.
Hasta el momento hay cinco candidatos: Rafael Grossi (Argentino, nominado por ese país), Michelle Bachelet (Chilena, nominada por Brasil y México), Rebeca Grynspan (costarricense, también nominada por ese país), Macky Sall (senegalés, nominado por Burundi) y María Fernanda Espinosa, (ecuatoriana, nominada por Antigua y Barbuda). La segunda es un poco más difícil. Porque a mi entender, para poder tener una respuesta hay que salir del escenario puramente electoralista y adoptar un enfoque del estado actual del multilateralismo.
El secretario general no es un presidente que puede gobernar por decreto. Tiene muchos menos derechos y atribuciones. Sin embargo, no tiene menos responsabilidades.
Es responsabilizado por guerras que no puede detener, reformas que no puede imponer y crisis que dependen de los Estados exclusivamente. Gaza, Ucrania, Sudán, rivalidad EE.UU-China, explosión de pandemias a nivel global: todo explota sobre la ONU, pero la ONU tiene menos capacidad coercitiva que nunca. Quizás actualmente el cargo ya no atrae tanto por poder real, sino por legado histórico, prestigio diplomático o voluntad de “salvar” una institución en crisis.
Puede ser un motivo para candidatearse. Pero, entonces, me surgen otros interrogantes: ¿el próximo secretario general será un gran reformador o simplemente un administrador del deterioro? De los candidatos mencionados más arriba, destacamos que la mayoría son mujeres.
No es un dato menor. Está profundamente vinculado con los debates que atravesaron a la ONU en las últimas décadas sobre la representatividad de sus órganos tanto en términos regionales como de género. Vale recordar que a poco más de 80 años de la firma de la Carta de San Francisco, ninguna mujer ocupó el cargo.
Y si bien el debate continúa, el contexto geopolítico cambió muchísimo. Trump empuja una visión mucho más soberanista y anti-burocrática del sistema internacional, Putin desconfía profundamente de perfiles asociados al liberalismo occidental y Xi Jinping prioriza estabilidad y pragmatismo antes que simbolismos representativos. Parecía que estaba todo dado: esta vez le tocaba a América Latina y sería una mujer.
Pero lo que era una obviedad, ya no lo es. Porque las grandes potencias están buscando un perfil que pueda gestionar la confrontación más que la representación simbólica. De ninguna manera significa que el género femenino carezca de esas habilidades, pero bajo la óptica planteada en el párrafo anterior, las tres candidatas actuales enfrentan un problema injusto pero real: están asociadas políticamente al lenguaje del multiculturalismo liberal de la década pasada (derechos, género, gobernanza global, agendas normativas), justo en un momento donde Washington, Moscú y hasta parcialmente Beijing parecen priorizar otra cosa: seguridad, equilibrio de poder, capacidad de negociación dura y contención de las crisis.
El argumento anterior no explica que Bachelet, Grynspan o Espinoza no serán elegidas, pero sí es probable que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad no se inclinen una figura percibida como demasiado ideológica o identificada con agendas occidentales progresistas. Como diría Maquiavelo, “la política no es lo que debería ser, sino lo que es”. Entonces, la sucesión de Guterres no se explica solamente entre la disputa de cinco nombres, sino entre dos modelos históricos de ONU: un modelo normativo y un modelo geopolítico.
El secretario general normativo nace en el contexto post Guerra Fría, los años en que Fukuyama habló de “el fin de la historia”. Un momento que parecía posible expandir el liberalismo internacional y fortalecer la gobernanza global. Un perfil moral, un constructor de normas globales.
Es el “Responsibility to Protect” de Kofi Annan y lo que pensadores como Anne-Marie Slaughter o Joseph Nye identificaron a fines de los 90 y principios de este siglo. Contrariamente, el secretario general pragmático o geopolítico, es aquel que Henry Kissinger pensaba necesario para un orden internacional que se sostiene principalmente mediante equilibrio de poder y estabilidad estratégica. La ONU como un espacio de mediación entre potencias.
Mucho más político, más real, una persona que tenga cintura para administrar una crisis y negociar entre los líderes. Lo que Mearsheimer y Walt planteaban en sus obras: la política internacional está dominada por la competencia entre grandes potencias, no por normas universales. El sistema internacional actual parece favorecer mucho más al segundo.
Por eso Grossi parece mucho más competitivo. No necesariamente por generador de entusiasmo, como sí quizás logra Bachelet, sino porque entiende la lógica del poder incluso sin haber tenido un cargo electo (es diplomático de carrera). Porque negoció con actores hostiles, manejó crisis reales, tiene lenguaje técnico, no aparece como activista ideológico y sabe hablar tanto con occidente como oriente.
Grossi es el más pragmático de todos y lo entendió perfectamente. “Una ONU activa y pragmática” repite en cada entrevista. ¿Coaching? Puede ser, pero el saco le encaja perfecto.
La ONU ya no necesita una figura inspiradora, sino alguien capaz de evitar su irrelevancia. *Profesor de la Universidad de Buenos Aires. Director del Centro de Estudios y Debate de Organismos Internacionales (CEDOI-UBA)
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