Por qué en Semana Santa se enseña a curar el empacho y la ojeadura
En el marco de la Semana Santa, muchas familias mantienen vigente la transmisión de prácticas como curar el empacho y la ojeadura. Tradición, fe y vínculos intergeneracionales.
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En el marco de la Semana Santa, muchas familias mantienen vigente la transmisión de prácticas como curar el empacho y la ojeadura. Tradición, fe y vínculos intergeneracionales.
- En Mendoza, como en gran parte de Argentina, la Semana Santa no solo se vive como un período de recogimiento religioso, sino también como un momento clave para la circulación de saberes populares vinculados al cuidado...
- Entre ellos, persisten prácticas como “curar el empacho”, "tirar el cuerito de la espalda" y la “ojeadura”, conocimientos que, según la tradición, se enseñan en fechas específicas y bajo ciertas condiciones simbólicas
- Origen y permanencia de una práctica ancestral Curar el empacho y la ojeadura no es exclusivo de Argentina, sino que integra un sistema de creencias con raíces en tradiciones muy antiguas
- El “mal de ojo”, por ejemplo, tiene antecedentes en culturas del Mediterráneo, mientras que el empacho aparece documentado en distintos países de América Latina como una forma de interpretar malestares digestivos desde...
En Mendoza, como en gran parte de Argentina, la Semana Santa no solo se vive como un período de recogimiento religioso, sino también como un momento clave para la circulación de saberes populares vinculados al cuidado cotidiano. Entre ellos, persisten prácticas como “curar el empacho”, "tirar el cuerito de la espalda" y la “ojeadura”, conocimientos que, según la tradición, se enseñan en fechas específicas y bajo ciertas condiciones simbólicas. Estos conocimientos forman parte de un entramado que combina creencias, rituales y vínculos familiares.
En muchos hogares argentinos, su enseñanza tiene lugar durante estos días, especialmente en fechas como el Viernes Santo, consideradas propicias para “pasar el don”. Origen y permanencia de una práctica ancestral Curar el empacho y la ojeadura no es exclusivo de Argentina, sino que integra un sistema de creencias con raíces en tradiciones muy antiguas. Durante la época colonial, estas formas de cuidado se consolidaron como parte de la medicina popular, en un escenario donde el acceso a la medicina formal era limitado y el conocimiento circulaba de manera oral.
El “mal de ojo”, por ejemplo, tiene antecedentes en culturas del Mediterráneo, mientras que el empacho aparece documentado en distintos países de América Latina como una forma de interpretar malestares digestivos desde una lógica cultural compartida. Lejos de desaparecer, estas prácticas se integraron a la vida cotidiana, especialmente en ámbitos familiares. Su permanencia no responde solo a la costumbre, sino también a su función social: ofrecer contención y sentido frente a situaciones de malestar.
En ese marco, la Semana Santa se consolidó como un momento privilegiado para su enseñanza, reforzando la idea de que ciertos conocimientos requieren un tiempo específico para ser transmitidos. Entre lo simbólico y lo cotidiano El empacho, entendido en la medicina popular como un malestar digestivo, y la ojeadura, asociada al “mal de ojo”, son interpretaciones culturales de síntomas físicos o emocionales. Sus tratamientos incluyen desde maniobras corporales hasta rezos y rituales específicos.
Aunque no cuentan con respaldo científico, estas prácticas cumplen una función social relevante: generan contención, refuerzan vínculos y sostienen una identidad compartida. Voces que sostienen la tradición Marcela, vecina de Las Heras, recuerda con claridad el momento en que recibió este conocimiento de su abuela. “Ella me dijo que no se aprende en cualquier momento, que hay que respetar el día. Me enseñó a hacerlo con mucho respeto, como algo que ayuda a otros”, relata.
Desde entonces, asegura que ha continuado la práctica dentro de su familia. En Guaymallén, José cuenta que en su casa estas costumbres siempre estuvieron presentes, especialmente vinculadas al cuidado de los más chicos. “Cuando éramos niños, mi mamá siempre recurría a esto si estábamos decaídos o llorábamos mucho. Después, de grande, me enseñó a mí.
Es algo que uno no cuestiona, porque forma parte de lo que viviste”, explica. Por su parte, Laura, de San Martín, destaca el valor emocional más allá de su eficacia médica. “Mi abuela decía que no era solo la técnica, sino la intención. Que uno tiene que hacerlo con fe y con cariño.
Yo lo aprendí así y lo sigo transmitiendo”, señala. Una práctica que perdura A pesar del avance de la medicina formal, estos saberes continúan vigentes en distintos sectores de la sociedad. La combinación de experiencia, tradición y vínculo afectivo contribuye a su permanencia en el tiempo.
Así, en el marco de la Semana Santa, estas prácticas se sostienen como una expresión que trasciende lo sanitario para instalarse en el plano cultural. Una herencia intangible que, lejos de desaparecer, se adapta y continúa vigente. No obstante, ante cualquier malestar, la recomendación sigue siendo consultar a un profesional de la salud.
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