Polvos y lodos (sexo de altura)
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- La noticia del polvo interrumpido o sugerido entre dos vecinos de asiento de una línea aérea me derivó en barrosa cascada al lodo de la política nacional
- En típico homenaje que el vicio le hace a la virtud, la comunicación del acontecimiento escatimo el detalle y estimuló la imaginación
- Apenas conocimos las iniciales de los participantes
- Luego, supimos de sus edades y de sus respectivos sexos
La noticia del polvo interrumpido o sugerido entre dos vecinos de asiento de una línea aérea me derivó en barrosa cascada al lodo de la política nacional. En típico homenaje que el vicio le hace a la virtud, la comunicación del acontecimiento escatimo el detalle y estimuló la imaginación. Apenas conocimos las iniciales de los participantes.
Luego, supimos de sus edades y de sus respectivos sexos. Luego, pasadas las horas, aparecieron sus fotos. Él, casado (¡problema!); ella, divorciada (¡menos mal!).
A esta altura del vuelo periodístico ya sabíamos que el coito de altura no fue programado, no sucedió por acuerdo de las partes que querían juntarse y empleaban el baño del avión como reservado, módica transgresión celebrada por innumerables films destinados a encender a jubilados con la muestra de las incomodidades con las que el ideal del placer castiga a la impulsiva juventud. Peor aún. Encima (o abajo), nuestros pecadores superaban la cincuentena y sus piruetas no implicaban desnudez visible sino –apenas– bajada de lienzos y, tal vez, corrida oportuna de prendas interiores, y contoneos disimulados bajo una manta cobertora.
La discreción hace estilo y hasta es posible que nuestros partícipes necesarios hayan encontrado en tales dificultades y disimulos una fuente de goce adicional. ¿Quién sabe? Lo que sí sabemos es que todo aquello habría pasado desapercibido para el mundo, y hasta hubiese podido utilizarse como publicidad del gobierno (ofrezco aviso: Scioli, a cambio de juntar nieve de Telgopor sobre la cabeza, lanza al aire preservativos al grito de “¡Argentina, país caliente!”) si no fuese que un niño que pasaba por ahí –¿camino al baño?– se asombró de los movimientos del monstruo sin cabeza y los reportó a su adulto responsable.
Luego, escándalo, interdicción de los azares del deseo, riesgo penal. Nada habría pasado si con toda discreción su adulto, a cambio de alarmar al niño horrorizándose de su descubrimiento, le hubiese inventado una explicación. La diferencia entre un niño y un adulto es que el adulto debe encontrar respuestas para las preguntas del infante.
Lo mismo, pasando al lodo de la política, ocurre con los reclamos sociales ante las políticas del gobierno que supimos conseguir. Durante dos años y varios meses, ante cada urgencia insatisfecha, los libertarios se hacen los liberotarios y a cada reclamo responden: “Sí, sí, muy bien. Pero los fondos, ¿de dónde salen?”.
¡Bellísima inversión de la responsabilidad! Si sos gobierno sos adulto, y esa pregunta sos vos quien tiene que responderla.
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