Saltar al contenido principal

Tempranísimo

jueves, 26 de marzo de 2026

Buenos DíasRápidasPolíticaEconomíaDeportesTecnologíaSociedadInternacionalEntretenimientoCulturaPremium
Oficial
Blue
MEP

Tempranísimo

La primera plataforma de noticias impulsada 100% por inteligencia artificial.

Seguinos en WhatsApp

Secciones

  • Política
  • Economía
  • Deportes
  • Tecnología
 
  • Sociedad
  • Entretenimiento
  • Internacionales
  • Cultura

Información

  • Buenos Días
  • Noticias Rápidas
  • Economía en Vivo
  • Cómo Funciona
  • Fuentes
  • Premium
  • Newsletter
  • Resumen Semanal
  • Términos y Condiciones
  • Privacidad
  • Acerca de
  • Por qué Tempranísimo
  • Estándares Editoriales
  • Correcciones
  • Contacto
  • Changelog
  • Estado del Sistema
  • Ideas

© 2026 Tempranísimo. Todos los derechos reservados.

Hecho con AI en Argentina

InicioBuscarSeccionesGuardadosPerfil
  1. Inicio
  2. política
  3. Obsesión corporativa: la trampa del alto rendimiento
política

Obsesión corporativa: la trampa del alto rendimiento

La carrera permanente por los resultados produce picos espectaculares, pero no necesariamente organizaciones sanas ni equipos que aprendan a largo plazo

26 de marzo de 2026Actualizado hace menos de un minuto4 min de lectura1 lecturasComentarios

Escuchá el resumen

Exclusivo para suscriptores Premium

Desbloquear
Obsesión corporativa: la trampa del alto rendimiento
#congreso
Lo esencial

La carrera permanente por los resultados produce picos espectaculares, pero no necesariamente organizaciones sanas ni equipos que aprendan a largo plazo

  • Obsesión corporativa: la trampa del alto rendimiento Durante años las empresas buscaron talento
  • Ahora buscan algo más ambicioso: santos
  • El alto rendimiento dejó de ser una categoría de desempeño para convertirse en una identidad moral
  • Digamos la verdad, a todos nos gusta figurar en el selecto grupo de apóstoles de alto potencial

Obsesión corporativa: la trampa del alto rendimiento Durante años las empresas buscaron talento. Después buscaron compromiso. Ahora buscan algo más ambicioso: santos.

Santos del alto rendimiento. Personas capaces de producir resultados, sonreír bajo presión, dormir poco, aprender rápido, adaptarse siempre y —si es posible— agradecer la oportunidad. El alto rendimiento dejó de ser una categoría de desempeño para convertirse en una identidad moral.

Ya no describe lo que un ejecutivo hace: define lo que vale. Si alguien es “high performer”, pertenece al club selecto de las estrellas. Si no, comienza a deslizarse hacia una ciudadanía corporativa de segunda clase: correcto, útil, pero invisible.

Nadie lo dice así, por supuesto. Las religiones nuevas no usan lenguaje explícito: usan dashboards. Toda religión necesita indicadores.

Esta tiene OKRs, rankings, curvas forzadas, nine-grid box y etiquetas elegantes como “alto potencial”. Digamos la verdad, a todos nos gusta figurar en el selecto grupo de apóstoles de alto potencial. El mensaje implícito es simple: rendís, luego existís.

Y si no rendís, existís menos. El problema no es premiar el buen desempeño. El problema es convertirlo en fetiche.

Cuando el resultado se vuelve sagrado, todo lo demás pasa a ser negociable. El alto rendimiento empieza a justificar casi cualquier cosa: malos modales, pésimo liderazgo, destrucción de equipos, arrogancia crónica. “Es difícil, pero entrega” me dijo un directivo cuando le comentaba de las dificultades que tenía su equipo por uno de sus integrantes. Traducción organizacional: deja heridos, pero cierra el trimestre.

Jeffrey Pfeffer lleva años mostrando que muchas prácticas de gestión celebran resultados mientras ignoran costos humanos profundos. El burnout, la rotación tóxica y el deterioro de la salud no son efectos colaterales: son parte del modelo. Pero como no entran en el tablero, se los rebautiza como “tensión de crecimiento”.

Byung-Chul Han describió nuestra época como la sociedad del rendimiento: ya no necesitamos un capataz que nos presione porque nos autoexplotamos con entusiasmo. El explotador y el explotado conviven en la misma persona. La empresa pone métricas; nosotros ponemos la culpa, el insomnio y el café doble.

La paradoja es que el culto al alto rendimiento no siempre produce alto rendimiento sostenible. Produce picos. Picos espectaculares, breves y caros.

Como atletas que corren lesionados porque el tablero no muestra el desgarro. Desde afuera parecen héroes; desde adentro, sobrevivientes. Alfie Kohn advirtió hace tiempo que los sistemas obsesionados con premios y rankings terminan erosionando la motivación genuina.

Cuando todo se mide, todo se actúa. Cuando todo se recompensa, nada se disfruta. El rendimiento deja de ser una expresión de nuestro conocimiento y experiencia para convertirse en estrategia de supervivencia.

Amy Edmondson mostró, desde otro ángulo, que los equipos que aprenden de verdad no son los que viven bajo presión extrema, sino los que tienen seguridad psicológica para equivocarse y decirlo. Pero la religión del alto rendimiento tiene poca tolerancia para el error visible. Prefiere el error oculto y el reporte prolijo.

Carl Cederström y André Spicer en su libro The Wellness Syndrom hablaron de la industria del bienestar corporativo como una extensión sofisticada del control: te cuidan para que sigas rindiendo. Meditación para producir mejor. Mindfulness para tolerar lo intolerable.

Yoga para volver más flexible lo que debería ser inaceptable. En muchas organizaciones, además, el alto rendimiento funciona como mecanismo de absolución. Si los números dan, nadie mira demasiado el estilo.

Si factura, se tolera. Si vende, se perdona. Si cierra, asciende.

El resultado opera como indulgencia plenaria. El balance limpia pecados culturales. Así es como terminan promocionando no a estrellas, sino a bestias organizacionales.

El efecto es visible: equipos que aprenden a esconder errores, a competir internamente, a sobreactuar productividad. Gente talentosa que deja de colaborar para no perder posición relativa. Líderes que gestionan percepción en lugar de construir capacidad.

Mucho movimiento, poco aprendizaje. Mucho discurso políticamente correcto, poca conversación honesta. Tal vez llegó el momento de una herejía (moderada, obvio, no sea cosa que nos despidan): separar rendimiento de virtud.

Entender que producir no es lo mismo que liderar. Que lograr no es lo mismo que cuidar. Que escalar no es lo mismo que construir.

Y que un mal jefe con buenos números sigue siendo, técnicamente, un mal jefe. Porque cuando el alto rendimiento se vuelve religión, la organización comienza a perder humanidad.

Fuente: La Nación|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

Preguntale a la nota

Hacé preguntas y la IA responde usando solo este artículo

2 preguntas restantes · Respuestas basadas en el contenido del artículo

Compartir
WhatsAppXFacebookTelegram

Recibí las noticias en WhatsApp

Seguí nuestro canal para recibir lo más importante del día, directo a tu celular.

Seguir canal

Comentarios

para dejar un comentario

Cargando comentarios...

Noticias Relacionadas

Milei será parte de un foro que une a referentes del espacio conservador de todo el mundo
Política

Milei será parte de un foro que une a referentes del espacio conservador de todo el mundo

La agenda del presidente argentino tendrá también una reunión con el presidente de Hungría, Tamás Sulyok.

Crónicahace 8 minutos2 min
Milei busca mantener a flote una narrativa en crisis
Política

Milei busca mantener a flote una narrativa en crisis

En el Gobierno preocupa el efecto Adorni. La verdadera “mesa política” mueve las fichas para 2027. Lanzan una “escuela de dirigentes”.

Clarínhace alrededor de 1 hora8 min3
La interna de los techbros
Política

La interna de los techbros

De Steve Jobs a Elon Musk, la narrativa tech se construyó sobre biografías épicas; con la irrupción de Alex Karp, el foco se desplaza hacia la inteligencia artificial como herramienta de poder estatal, con menos épica fundacional y más geopolítica explícita

La Naciónhace alrededor de 2 horas6 min1
El ministro acorralado entre la negación de Karina y la bronca de Grandio
Política

El ministro acorralado entre la negación de Karina y la bronca de Grandio

Pasaron diez días de la “Argentina Week” y el futuro del jefe de Gabinete sigue enredado por la ramificación del escándalo con otros casos y los crujidos del entorno presidencial. Los nuevos indicios aumentan la zozobra del funcionario pero también el malestar de quien lo acompañó a Punta del Este. Hay una forma de salida: que sienta que perjudica a los Milei

Perfilhace alrededor de 3 horas5 min1
Más de PolíticaVer todas las noticias