My name is Lucas
Desde una plaza hasta un accidente que dejó una cicatriz, una amistad marcada por la audacia y un secreto que solo el paso del tiempo pudo revelar.
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Desde una plaza hasta un accidente que dejó una cicatriz, una amistad marcada por la audacia y un secreto que solo el paso del tiempo pudo revelar.
- Conocí a Lucas cuando tenía cuatro años
- No me acuerdo el día exacto, pero sí el lugar
- Lucas era distinto a los otros chicos que conocía del jardín
- Lucas nunca tenía a sus papás cerca
Conocí a Lucas cuando tenía cuatro años. No me acuerdo el día exacto, pero sí el lugar. Fue en una plaza, donde suelen arrancar las amistades de esa edad, entre hamacas medio oxidadas, toboganes que en verano queman, calesitas con dibujos animados deformados y medio falopa y padres en piloto automático, aburridos, salvo que sea su primer hijo Ese día, en el lugar de los juegos, mi mamá, medio alejada, hablaba con otra mamá, estaba feo el día y la plaza estaba medio vacía.
Ella estaba sentada bastante feliz chusmeándose la vida, confiando demasiado en su hijo, como hacían casi todos los mayores. Yo estaba aburridísimo, seguramente jugando con la arena sucia de las plazas y con una nena que no me daba bola y que quizás podría ser la hija de la nueva amiga de mamá. Estaría metiéndome el dedo en la nariz cuando vi a un chico que apareció de golpe, como si hubiera estado ahí todo el tiempo y recién ahora lo viera.
Parecía un poco más grande que yo y estaba parado arriba del tobogán, con los brazos abiertos, desafiaba a la física y a cualquier adulto con vocación de reto. Una amistad en la plaza Me dijo que se llamaba Lucas, me miró fijo y dijo: –Si bajamos juntos empujándonos, es más divertido y no va a pasar nada. Eso era mentira, pero a los cuatro años uno todavía cree en casi todo.
Me subí excitado y, una vez arriba, no me dio ni tiempo de recuperar el aire: me empujó y bajé por el tobogán a quinta fondo como nunca lo había hecho y me elevé como un avión sin nafta, cayendo de cara a la arena. Obviamente, me largué a llorar como tiene que ser a esa edad y Lucas se rio como si eso fuera parte del plan y después yo también me reí porque en el fondo no me dolía y el llanto fue más por la adrenalina que otra cosa y mi mamá tampoco hizo mucho, porque seguía sacándole el cuero a sus vecinas con su nueva amiga. Nunca supe si era la mamá de Lucas, pero la cuestión es que, desde ese momento, fuimos inseparables.
Lucas era distinto a los otros chicos que conocía del jardín. Nunca lloraba, no pedía permiso y fue como ese hermano un poco más grande que yo no tenía. Tenía ese coraje que solo tienen los chicos valientes o los idiotas.
Yo no era valiente, pero lo tenía a él y, poco a poco, me animaba a copiarlo. Lucas nunca tenía a sus papás cerca. O, por lo menos, yo nunca los vi.
Alguna vez los nombró, como quien nombra una estación de tren por la que no pasa nunca. “Mi papá trabaja siempre”, “Mi mamá está adentro”, me decía. ¿Adentro de qué? Nunca supe y nunca iba a su casa, así que no sabía qué estaba haciendo adentro.
Lucas supongo que era una mala influencia. No una ruidosa o evidente. Era una mala influencia silenciosa, peligrosa y creativa.
De esas que no te dicen “hacelo”, sino “mirá”. A partir de ese día, casi todas las tardes le pedía a mamá que me llevara a la plaza más seguido para ver a Lucas. Él me enseñó a tirarme desde la hamaca, a bajar el tobogán de cabeza, a hacer el subibaja parado y a correr rápido por la plaza con los ojos cerrados, esquivando bicis y perros. “No pasa nada”, repetía. “Mirá”.
El chico que nunca tenía miedo Y casi nunca le pasaba nada. A mí, en cambio, sí: frutillas en la rodilla, raspones por todos lados, chichones, dientes rotos y todo tipo de golpes. Un día apareció en la clase y yo estaba muy feliz.
Aunque pensé que era más grande, quizás me había equivocado porque ahí estaba en el jardín de infantes y encima se sentaba al lado mío. Cuando la maestra preguntaba algo, Lucas me soplaba respuestas que no siempre estaban bien, pero sonaban seguras. Una vez me convenció de que la tierra era cuadrada y yo le discutía hasta llorar a la maestra.
Un día me comí tres plastilinas seguidas y Lucas se bajó cinco. Yo tuve que faltar al jardín, Lucas no creo. A la hora de la siesta, Lucas no dormía nunca en clase.
Se quedaba despierto mirándome, haciéndome caras, tentándome para que me riera. Yo me reía y me mandaban al rincón. Lucas no iba al rincón.
A mí me daba rabia porque pensaba que quizás era familiar de alguna de las maestras o de la directora. Pero, a la vez, admiraba que siempre zafara de todo. Cuando fuimos de vacaciones a Miramar, un día apareció Lucas en la orilla y mi felicidad fue aún mayor que cuando mis papás me compraban un panqueque en Mickey.
Nuevamente, Lucas se revelaba antes las leyes de los padres y nunca se ponía protección solar, decía que era para gente miedosa y me obligaba a sacármelo. Se metía al mar cuando estaba picado, me decía que las olas grandes eran las mejores porque te daban vuelta como una media y te escupían a la orilla. Yo nadaba hasta ahí y un día casi me ahogo, si no era por un padre que me agarró debajo del agua y con cara de culo les dijo a mis padres que me cuiden mejor.
Nunca fui a la casa de Lucas. Ni durante ese verano ni en el centro, pero él venía a casa y a todos lados conmigo. Le gustaba sentarse arriba del respaldo del sillón mientras yo miraba dibujitos.
Comentaba los programas como si los hubiera visto mil veces. Me decía que no les hiciera caso a mis papás, que cuando ellos decían “no”, en realidad, quería decir “sí, pero después”. “Después nunca llega”, me explicaba. “Hay que adelantarse”. A veces hablábamos de nosotros y de lo que queríamos ser de grandes.
Yo obviamente quería ser astronauta o jugador de fútbol; en cambio, Lucas decía que, cuando fuera grande, iba a manejar rápido, que no iba a trabajar y que iba a viajar mucho. Yo no sabía bien qué quería ser, pero estaba seguro de que mi admiración crecía minuto a minuto. Un día volví con la rodilla llena de sangre y mi mamá me preguntó qué había pasado.
Yo dije la verdad: que estaba jugando con Lucas, y mamá miró alrededor. “¿Con quién?”, me preguntó. Se lo señalé. Lucas estaba ahí, apoyado contra la pared, con esa sonrisa que tenía cuando algo estaba por salir mal.
Mi mamá no dijo nada. Me limpió la herida y me mandó a la cama sin comer. Esa noche Lucas se sentó en el borde y me dijo que no importaba. “Los grandes no entienden”, me explicó.
El día del accidente llovía mucho. De esas lluvias aburridas que te dejan encerrado. Estábamos con Lucas solos en mi cuarto y no había colegio.
Mis papás no estaban y solo estaba Elena, la chica que me cuidaba cuando mis papás no podían. Yo quería un juguete que estaba arriba del ropero con cajones. Un Batman que no podía esperar.
Una mala influencia Lucas miró para arriba y sonrió. –Es muy fácil buscarlo. Y me mostró cómo usar los cajones como escalones. Primero el de las medias.
Después el de las remeras. Y después el de los buzos. El accidente que lo cambió todo –Es una escalera secreta –dijo–.
Los grandes no la ven. Le creí y empecé a escalar mirando al Caballero Oscuro desde lo alto que me esperaba y estaba un poco asustado, ya que el ropero se movía un poco. –Es normal –me dijo–. Los muebles prueban si te animás.
Después, no me acuerdo del golpe. Me acuerdo de estar cayendo hacia atrás y luego nada. Por lo que me contaron, caí sobre la punta de una mesa ratona, abriéndome la cabeza en 2 partes.
El ruido atrajo a Elena, que se encontró conmigo, una mesa de vidrios estallada en pedazos y mucha sangre. Desesperada, me llevó al baño y me lavó la herida y me contó mamá, años más tarde, que me cubrió el agujero con una toalla bien presionada. Al punto del desmayo, bajó por el ascensor conmigo en brazos, le habrá avisado al encargado que nos íbamos al Hospital Fernández y se tomó un taxi temiendo por mi vida.
Hoy recuerdo destellos de ese momento, como abrir los ojos y estar en el medio de un taxi y ver a Elena ensangrentada. Recuerdo a mamá y luego a papá en la sala del hospital esperándome a que me cosan la cabeza (hoy me quedó una cicatriz detrás de la cabeza que parece una sonrisa, “la segunda cara”, le digo yo). Lo único que no recordé nunca fue a Lucas.
No estuvo ahí para agarrarme, ni en el hospital, ni en casa, ni siquiera en el colegio o en la plaza cuando me recuperé. Con el tiempo, empecé a notar cosas raras: que nadie más lo recordaba, que en las fotos del colegio no estaba y que mis papás jamás preguntaron por él. Lucas fue mi mejor amigo: el primero, el más valiente y el más peligroso.
Hoy agradezco que haya sido imaginario. Diego Villanueva es escritor y columnista de MDZ. Autor de Casi 30 artistas para antes de dormir: https://www.luvinaeditorial.com.ar/ensayo-biografia/casi-30-artistas-para-antes-de-dormir Y de El renacer del pádel y otros cuentos: https://www.dunken.org/SYS.shop/index.php?id=22287 Además, coordina el taller de escritura “Eso da para un cuento”, para quienes quieren animarse a escribir, encontrar su propia voz y acercarse a grandes cuentistas y autores.
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