Macedonio se cartea y guiña
Se reeditan las valiosas Cartas de Macedonio Fernández, probablemente el clásico más extraño de la literatura argentina.
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Se reeditan las valiosas Cartas de Macedonio Fernández, probablemente el clásico más extraño de la literatura argentina.
- Suele insistirse –y con motivos de sobra– en que la imagen atribuida a Macedonio Fernández fue pergeñada –con mucho de admiración y algo de malicia– por Jorge Luis Borges
- En el prólogo que el autor de El Aleph escribiera para la antología publicada en 1961 por Eudeba, se cristalizó aquella idea de un escritor cuyo genio se investía, fundamentalmente, del verbo oral
- Las Cartas, con prólogo de Carlos García y publicadas por Corregidor, ofrecen una ocasión privilegiada a la hora de explorar la privacidad de un hombre que, desde la muerte de Elena, su mujer...
- En una carta a Gómez de la Serna, fechada en febrero de 1937, le agradece un perfil que el español publicara en Sur
Suele insistirse –y con motivos de sobra– en que la imagen atribuida a Macedonio Fernández fue pergeñada –con mucho de admiración y algo de malicia– por Jorge Luis Borges. En el prólogo que el autor de El Aleph escribiera para la antología publicada en 1961 por Eudeba, se cristalizó aquella idea de un escritor cuyo genio se investía, fundamentalmente, del verbo oral. Lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, cuando se escribe sobre Macedonio, se escribe para problematizar (y, en ocasiones, refutar de cuajo) las directrices borgeanas.
Bienvenido sea; no todos los días se puede desairear, de común acuerdo, a Borges. Las Cartas, con prólogo de Carlos García y publicadas por Corregidor, ofrecen una ocasión privilegiada a la hora de explorar la privacidad de un hombre que, desde la muerte de Elena, su mujer, vivió de pensión en pensión y a cierta distancia de sus hijos; cargó con una flacura quijotesca henchida de humor e irrefrenable mentalidad filosófica. A diferencia de la imagen consagrada por Borges y reproducida por varios, en las Cartas es notorio el cuidado con el que Fernández manejó sus escritos, la creatividad de la que dispuso para publicitarlos, y el interés que profesó por las devoluciones que allegados pudieran hacerle.
Las cartas del volumen recorren las primeras cinco décadas del siglo XX y versan sobre numerosos tópicos: desde preocupaciones estéticas e inquietudes políticas a problemas urgentes de economía doméstica. Los destinatarios son variados y varios también los motivos del recienvenido. Macedonio puede escribirle a Vicente Barbieri para elogiar su poesía; a Ricardo Güiraldes para aceptar –gustoso– su invitación a colaborar en la revista Proa (otra demostración del interés por escribir y publicar); a Eduardo González Lanuza para agradecerle sus elogios y confirmarle que leyó entusiasmado los artículos en los que el crítico alababa a nuestro autor; a Gómez de la Serna por considerarlo un genio de la época y del “Belarte”; a su hijo Adolfo de Obieta; a Scalabrini Ortiz; a José Ingenieros; a Juan B.
Justo, y a tantos, tantos otros. Interesado en desenmascarar las leyes y reglas encargadas de fundar sociedades, instituciones y subjetividades, Macedonio se propuso –en una de sus tareas vanguardistas por excelencia– escandalizar toda pretensión realista, todo arte mimético, toda identidad segura de sí misma. En una carta a Gómez de la Serna, fechada en febrero de 1937, le agradece un perfil que el español publicara en Sur.
Escribe: “He fracasado durante 10 años en parecerme a mi fotografía en Recienvenido, ahora con su retrato mío me atendré a vivir oculto y sin trato; ya tenía pensada esta solución; más hoy que solo llevo los imposibles del parecido, de esa fidelidad de mal gusto, candidez estorbosa nunca tenida en cuenta”. El intercambio con Borges realza dos aspectos descollantes en Macedonio Fernández: su fervor metafísico y, simultáneamente, un humor que brota del absurdo pronto a desacreditar toda lógica que se ufane de autosuficiente. En una carta de 1922 –y reforzando la imagen del hombre poco práctico, del intelectual volátil que vive en la rumia del mundo psíquico, incapaz de realizar las acciones elementales que hacen de una persona un ciudadano convencional– le escribe a Georgie para excusarse por un plantazo: “Tienes que disculparme por no haber ido anoche.
Soy tan distraído que iba para allá y en el camino no me acuerdo que me había quedado en casa”. Y prosigue: “Estoy preocupado con la carta que ayer concluí y estampillé para vos; como te encontré antes de echarla al buzón tuve el aturdimiento de romperle el sobre y ponértela en el bolsillo: otra carta que por falta de dirección se habrá extraviado”. A Bernardo Canal Feijóo –aunque también, como se dijo, a Borges y a otros varios– le escribe sobre los efectos de la estética metafísica que tiene en mente. “No crea”, afirma en la misiva de junio del 30, “que mi estética es muy segura todavía: le insinuaré sin embargo lo que busco: cuál es el estado interior, subjetivo, que sólo la belarte de la Escritura, o Prosa puede suscitar”.
Para terminar: “Ese estado creo sea: el marco del Yo, no un soñar cualquiera sino el soñar no ser, el creer soñar en el lector”. Cierto es que Macedonio publicó solo tres libros en vida –Papeles de recienvenido, No toda es vigilia la de los ojos abiertos y Una novela que comienza– y ya en el primero se ocupó de pergeñar su propia ficción de origen, mudado como estaba de su profesión de abogado. “Nada sobresaliente puede contarse sobre mi vida”, anunciaba por entonces, “podría por tanto inventarme una nueva, con su nuevo nacimiento. Ahora me ocurre otro: comienzo a ser autor (…).
De manera que cualquier lector puede tener hoy la suerte, que la posteridad le reconocerá, de llegar a ser el primer lector de cierto escritor”. Autoinvención, apuesta vanguardista que supone, al mismo tiempo, la creación de su lector, esa otra existencia que Macedonio busca conmocionar para volverlo lúcido, consciente, por fin, de la inconsciencia que lo sujeta y la fragilidad que lo realiza. Cartas, Macedonio Fernández.
Corregidor, 288 págs. Sobre la firma
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