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Lucrecia Martel: “Estamos en el día anterior a decir basta señores”

Su documental Nuestra tierra emerge como un territorio de disputa donde la forma y la percepción tensionan la idea de verdad, mientras el cine vuelve a interrogar cómo narrar la injusticia en un mundo saturado de imágenes

3 de abril de 2026Actualizado hace menos de un minuto7 min de lectura36 lecturasComentarios

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Lucrecia Martel: “Estamos en el día anterior a decir basta señores”
#cine#justicia
Lo esencial

Su documental Nuestra tierra emerge como un territorio de disputa donde la forma y la percepción tensionan la idea de verdad, mientras el cine vuelve a interrogar cómo narrar la injusticia en un mundo saturado de imágenes

  • Nuestra tierra pertenece a esa zona incómoda: un documental que no se limita a reconstruir un hecho sino que pone en crisis las herramientas con las que solemos entenderlo
  • En su paso al género, Lucrecia Martel no abandona su territorio sino que lo expande: la percepción como campo de batalla, el sonido como forma de pensamiento, la imagen como interrogación antes que como prueba
  • Lo que aparece entonces no es solo un caso (el asesinato del cacique Javier Chocobar y el reclamo territorial de la comunidad Chuschagasta) sino una pregunta más amplia sobre quién narra...
  • Desde entonces, el proceso incluyó la construcción de un archivo vasto, la escritura junto a María Alché y una búsqueda formal que, lejos de la transparencia, se instala en la fricción entre imagen, sonido y relato

Hay películas que no buscan ordenar el mundo sino volverlo extraño. Nuestra tierra pertenece a esa zona incómoda: un documental que no se limita a reconstruir un hecho sino que pone en crisis las herramientas con las que solemos entenderlo. En su paso al género, Lucrecia Martel no abandona su territorio sino que lo expande: la percepción como campo de batalla, el sonido como forma de pensamiento, la imagen como interrogación antes que como prueba.

Lo que aparece entonces no es solo un caso (el asesinato del cacique Javier Chocobar y el reclamo territorial de la comunidad Chuschagasta) sino una pregunta más amplia sobre quién narra, desde dónde y con qué grado de fe en aquello que ve. El proyecto llevó más de una década de trabajo y se fue armando como un entramado de materiales, registros y decisiones formales que evitan cualquier ilusión de transparencia. Allí donde el registro judicial parece ofrecer certezas, la película introduce dudas; donde el archivo promete objetividad, aparece la sospecha.

En ese desplazamiento, Martel vuelve a situar el cine en un lugar incómodo pero necesario: el de una experiencia que obliga a pensar. Martel se desplaza al territorio del documental después de haber construido una de las filmografías más singulares del cine contemporáneo con títulos como La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza y Zama. Catorce años de investigación sostienen esta película que encuentra su origen en un video hallado mientras trabajaba en aquella última ficción.

Desde entonces, el proceso incluyó la construcción de un archivo vasto, la escritura junto a María Alché y una búsqueda formal que, lejos de la transparencia, se instala en la fricción entre imagen, sonido y relato. En el centro, el reclamo del pueblo Chuschagasta por sus tierras y por la justicia que la familia Chocobar aún espera. Nuestra tierra no se limita a registrar un caso: propone una experiencia que desarma las certezas y obliga a repensar la relación entre percepción, verdad y narración.

La misma Martel dirá: “Estoy intentando justamente explorar un cine-canción, podríamos decir. Esta es una película en la que el espectador se sienta en la butaca, y nos permite que lo llevemos a lugares hermosos, mientras escucha palabras hermosas, y de vez en cuando aterriza en un juicio que no parece real, parece actuado. Hasta ahora, y por los comentarios del público, parecería que lo logramos.

Si el espectador tiene dudas, hay muchos lugares donde buscar los comentarios del público. —Muchas de tus películas miran los cimientos de una sociedad –la clase, el colonialismo, la tierra– más que sus síntomas inmediatos. ¿Sentís que estamos atravesando una especie de colapso de la civilización tal como la conocíamos o más bien un momento en que esas bases históricas quedaron al descubierto? —Definitivamente creo que asistimos al ocaso de un imperio, el norteamericano, y naturalmente su desvanecimiento coincide con el momento en que toda la humanidad comprende que el progreso que nos trajo hasta acá era un pasillo estrecho hacia el abismo. Y no queremos caer.

Tenemos miedo del apocalípsis, pero en el fondo de nuestro corazón pensamos que quizás podemos todavía evitarlo. Diría yo que estamos en el día anterior a decir basta señores, así no, guerra no, masacrar pueblos no, arruinar el planeta no, pobreza no, tecnología puede ser pero que nos ayude en una dirección de salvación y no de extinción. Esto pienso los días que estoy optimista. "El cine ofrece su corazón: pensar con imágenes y sonidos" —En un mundo donde los conflictos por la tierra, los recursos o las identidades aparecen cada vez más crudamente, ¿qué creés que define hoy una injusticia?

¿Cómo se reconoce cuando durante tanto tiempo fue naturalizada? —Es muy preciso esto que preguntás, porque ya no se trata de saber si es o no injusto, sino de si somos capaces de advertirlo, y si el hecho de advertirlo nos mueve a alguna acción. Bueno, aquí llega el cine en todo su esplendor. En un mundo agotado de formas del lenguaje sopesadas y reordenadas por operaciones matemáticas, equilibradas las respuestas probabilísticamente, llega el cine para ofrecer su corazón: la sinfónica capacidad de generar pensamientos mediante imágenes y sonidos.

Hay que hacer un gran esfuerzo, pero con imágenes y sonidos, sin palabras, podemos volver a reconocer una injusticia. Nuestra Tierra hace esa apuesta. —Hoy gran parte de la discusión pública parece reducirse a gestos rápidos, imágenes virales o posiciones inmediatas. ¿Cómo se puede filmar o narrar una injusticia en un mundo donde el gesto muchas veces reemplaza a la reflexión? —De lo barato, del grito y la estridencia, vamos a cansarnos, si no es que ya nos cansamos.

Es necesario que volvamos a la noche de los susurros, donde aparecen las mejores ideas. Recordar el placer de pensar sin ser agobiado por una sustitución absurda de noticias urgentes. Quien regresa del mundo de los gritos y la exigencia autoimpuesta de responder mensajes insignificantes, o likear ideas minúsculas, quien hace ese camino, difícilmente vuelve.

Existe una posibilidad de habitar este planeta de otro modo. Esa es la aventura. —¿Cómo se construye una película que pueda hablar desde un lugar muy específico y al mismo tiempo resonar en un contexto mundial? —Lo universal que siempre nos han exigido es simplemente la ofrenda que todas las culturas debemos hacer a las potencias que sostienen occidente. No existe lo universal, es solo un requerimiento.

Los humanos nos reconocemos en los detalles de nosotros mismos, no necesitamos que nadie nos mida para encontrar equivalencias y promedios. Nosotros en esta película nos focalizamos durante muchos años en buscar los documentos históricos que tuvieran una relación inmediata con el valle de Choromoros. Si buscás este lugar en Google Earth vas a ver que en la provincia de Tucumán existe un río llamado Choromoro, unos pocos kilómetros hacia el sur pasa el río Vipos, Si te fijas hacia el este corre la Ruta Nacional 9, y hacia el oeste vas a encontrar una zona rugosa, las cumbres calchaquíes.

Nosotros nos concentramos en ese lugar, y contamos su historia con las voces de los tucumanos. Hemos estrenado la película en muchísimos países, nos han dado premios y menciones. Se entiende.

El requerimiento de universalidad es una falacia colonial. "No existe lo universal, es una exigencia colonial" —Frente a la crisis de las industrias culturales y los cambios tecnológicos, ¿dónde sentís que puede aparecer hoy el futuro del cine? —A donde sea que vaya trato de encontrarme con los jóvenes que estudian cine. Creo más en los estudiantes de cine para el trabajo de salvar el planeta que en las autoridades más conspicuas de todos los países. Cuando las personas que hacemos cine comprendamos que tenemos las mejores herramientas, más baratas y más potentes que todos los misiles que hemos visto desplegarse en los últimos días, en ese momento empezaremos a alejarnos del abismo.

Estoy convencida de esto, y estoy trabajando en esa dirección. Para eso necesitamos estar sanos y alegres. Afortunadamente las cámaras y los micrófonos están a diario en las manos de una enorme parte de la humanidad.

Los invitamos entonces a ser parte del pueblo del cine, y terminar con esta locura. —¿Qué es lo que todavía te conmueve del acto de contar? —Nuestro trabajo no es sustituir un argumento con otro, nuestro trabajo es crear las condiciones de percepción para que un argumento sea observado con otros ojos, con otros oídos, y revele lo que hemos dejado de ver de miserable o magnífico en eso. Es un trabajo realmente hermoso.

Fuente: Perfil|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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