
- El sitio donde las escritoras, sobre todo las grandes escritoras, eran empujadas mientras el canon sucedía en otra parte, en los cafés, en las bibliotecas, en las academias llenas de hombres
- Miserable porque muchos celebraron el hallazgo como si hubieran encontrado una pieza perdida, cuando en realidad el libro ya había sido mencionado años antes por la investigadora Teresa Montero en su biografía de...
- Un librero paulista encuentra un ejemplar de un libro de cocina para niños y se lo envía a Benjamin Moser, un biógrafo estadounidense, y éste actúa como si hubiera descubierto una Atlántida de azúcar y harina
- Entonces aparece Teresa Montero, tranquila, sin estridencias, recordando que ese libro ya figuraba en la edición revisada de su biografía de Clarice, publicada en 2021
La cocina, en la literatura, suele ser el cuarto donde nadie quiere entrar. El sitio donde las escritoras, sobre todo las grandes escritoras, eran empujadas mientras el canon sucedía en otra parte, en los cafés, en las bibliotecas, en las academias llenas de hombres. Por eso el pequeño escándalo alrededor de un supuesto libro de recetas de Clarice Lispector tiene algo de revelador y también algo de miserable. Revelador porque expone otra vez la ansiedad contemporánea por humanizar a los escritores a través de sus restos: una lista de compras, un cuaderno, un menú, una servilleta. Miserable porque muchos celebraron el hallazgo como si hubieran encontrado una pieza perdida, cuando en realidad el libro ya había sido mencionado años antes por la investigadora Teresa Montero en su biografía de Clarice, À procura da própria coisa. El episodio es extraordinario menos por el recetario que por la reacción. Un librero paulista encuentra un ejemplar de un libro de cocina para niños y se lo envía a Benjamin Moser, un biógrafo estadounidense, y éste actúa como si hubiera descubierto una Atlántida de azúcar y harina. Entonces aparece Teresa Montero, tranquila, sin estridencias, recordando que ese libro ya figuraba en la edición revisada de su biografía de Clarice, publicada en 2021. Pero lo más notable fue el tono. En un ambiente intelectual donde todos parecen desesperados por apropiarse de un descubrimiento, Montero eligió la cortesía. “Si el librero encontró el libro e informó al biógrafo Benjamin Moser, entonces también lo descubrió; si no lo conocía, lo descubrió”, dijo. Y agregó algo todavía más infrecuente: “Y tiene derecho a expresar su opinión, al igual que yo y cualquier otro investigador. Y todos debemos respetarlo”. La frase produce un pequeño sobresalto porque parece provenir de otro tiempo. Hoy la investigación académica está organizada alrededor de la humillación pública. Cada hallazgo, por pequeño que sea, viene acompañado por una batalla de egos, por la necesidad infantil de gritar “yo llegué primero”. Las redes sociales convirtieron incluso la erudición en un deporte agresivo. Todo debe resolverse en forma de denuncia, escarnio o ajuste de cuentas. Teresa Montero hizo exactamente lo contrario: desarmó el conflicto cuando apenas empezaba a existir. Eso es rarísimo. Hay investigadores que acumulan datos como usureros. Otros trabajan sobre los escritores como policías forenses, tratando de poseerlos. Montero parece haber entendido algo más delicado: una vida literaria no se conquista, se acompaña. Hace décadas que trabaja sobre Clarice Lispector sin convertirla ni en una santa ni en una marca. Y ahora, cuando la discusión alrededor de Cozinha para brincar podría haber derivado en una pelea narcisista, eligió hablar de respeto. Pero hay otra frase todavía más reveladora. Montero dijo: “La obra de Clarice Lispector siembra paz y transformaciones positivas. Fue una mujer justa, discreta y compasiva. No vino al mundo para dividir, sino para unir”. Ahí aparece algo esencial. Porque Montero habla de una ética de lectura. De una manera de acercarse a la literatura sin convertirla en un campo de batalla. Clarice nunca escribió para ordenar el mundo sino para soportar su desorden. Incluso cuando hablaba de huevos y gallinas, lo doméstico aparecía como misterio y no como degradación. Había en ella una compasión incómoda, una manera de mirar la fragilidad humana sin ningún rasgo de cinismo. Por eso resulta tan lógico que Montero invoque la unión y no la disputa. La literatura de Clarice nunca fue una literatura de trincheras. Es una escritura de aproximación, de intimidad. Leerla produce a veces la sensación extraña de que alguien nos acompaña en silencio. Y acaso por eso esta pequeña polémica termina diciendo algo más importante que el hallazgo de un recetario. Todavía existen personas capaces de ejercer la inteligencia sin crueldad. Todavía hay investigadores que no necesitan destruir a nadie para afirmar lo que saben. Todavía queda gente que cree que la literatura puede ser una forma de confraternidad y no una carnicería narcisista. Hoy eso parece más raro que encontrar un libro perdido de Clarice Lispector.
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