La sombra de la tragedia de Sudán a Líbano: “Dondequiera que vayamos, la guerra nos persigue”
En Beirut, refugiados procedentes de zonas de conflicto como Sudán y Etiopía se han visto atrapados una vez más en la guerra, precisamente aquello de lo que esperaban escapar en sus países de origen. Una reportera de France 24 habló con familias refugiadas en una iglesia jesuita de la capital libanesa, que lo han perdido todo por segunda vez tras huir de los bombardeos israelíes y estadounidenses en Líbano.
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En Beirut, refugiados procedentes de zonas de conflicto como Sudán y Etiopía se han visto atrapados una vez más en la guerra, precisamente aquello de lo que esperaban escapar en sus países de origen. Una reportera de France 24 habló con familias refugiadas en una iglesia jesuita de la capital libanesa, que lo han perdido todo por segunda vez tras huir de los bombardeos israelíes y estadounidenses en Líbano.
- La sombra de la tragedia de Sudán a Líbano: “Dondequiera que vayamos, la guerra nos persigue” Beirut, Líbano – En Beirut, refugiados procedentes de zonas de conflicto como Sudán y Etiopía se han visto atrapados una vez...
- Una reportera de France 24 habló con familias refugiadas en una iglesia jesuita de la capital libanesa, que lo han perdido todo por segunda vez tras huir de los bombardeos israelíes y estadounidenses en Líbano
- El 2 de marzo, cuando las primeras bombas israelíes golpearon Líbano, ella y su marido huyeron con sus tres hijos del suburbio sureño de Beirut Burj el-Barajneh
- La crisis en Sudán comenzó con el golpe de Estado de 2019 que derrocó al presidente Omar al-Bashir
La sombra de la tragedia de Sudán a Líbano: “Dondequiera que vayamos, la guerra nos persigue” Beirut, Líbano – En Beirut, refugiados procedentes de zonas de conflicto como Sudán y Etiopía se han visto atrapados una vez más en la guerra, precisamente aquello de lo que esperaban escapar en sus países de origen. Una reportera de France 24 habló con familias refugiadas en una iglesia jesuita de la capital libanesa, que lo han perdido todo por segunda vez tras huir de los bombardeos israelíes y estadounidenses en Líbano. Primera modificación: El largo abrigo negro de Rudayna apenas logra ocultar su vientre hinchado.
Tiene 32 años, está embarazada de nueve meses y podría dar a luz en cualquier momento. Refugiada sudanesa, Rudayna está agotada. El 2 de marzo, cuando las primeras bombas israelíes golpearon Líbano, ella y su marido huyeron con sus tres hijos del suburbio sureño de Beirut Burj el-Barajneh.
Escaparon a pie, en plena noche. “Vinimos caminando. Caminamos durante casi tres horas”, cuenta Rudayna. “Todo ese caminar me hizo daño. Los niños también sufrieron, sobre todo mi hija de siete años, que tiene autismo.
Llegamos alrededor de la una de la madrugada. Estábamos vagando sin saber a dónde ir. Unos sudaneses que trabajan aquí nos hablaron de esta iglesia”.
Durante muchos años, la parroquia jesuita de San José, en el barrio de Achrafieh de Beirut, ha acogido a migrantes y refugiados con los brazos abiertos. Allí se celebran misas, actividades sociales e incluso partidos de críquet en el aparcamiento. Para las personas desplazadas que llegan hasta allí, la iglesia se ha convertido en un salvavidas.
De Sudán, Etiopía y Sri Lanka Cuando estalló la guerra, la parroquia se transformó rápidamente en un refugio de emergencia para migrantes y refugiados que huían de los bombardeos, en particular mujeres y niños. “Hoy hay alrededor de 200 trabajadores migrantes alojados aquí, aunque solo tenemos capacidad para 80”, explica Robert Gemayel, portavoz del Servicio Jesuita a Refugiados. “Vienen de Sudán, Etiopía, Sri Lanka y otros países. Hay muchos niños, mujeres y adultos. Les proporcionamos alojamiento, colchones, comida, agua, electricidad y agua caliente.
A partir de la próxima semana también queremos poner en marcha programas educativos y de apoyo a la salud mental”. El apoyo psicológico es especialmente importante porque muchos de estos refugiados ya habían huido de la guerra en sus países de origen, como Rudayna en Sudán. La madre de tres hijos habla en voz baja de la “presión psicológica, material y financiera” que sufre.
El estrés es constante desde que llegó a Líbano. “Vine a Líbano para reunirme con mi marido, que estaba aquí desde 2009. No vine a trabajar, vine por la situación en Sudán. Todo nos trae desgracia.
Dondequiera que vayamos, la guerra nos sigue”. La crisis en Sudán comenzó con el golpe de Estado de 2019 que derrocó al presidente Omar al-Bashir. Después se estableció un gobierno de transición formado por civiles y militares para supervisar el paso hacia un poder civil.
Pero en 2023 la rivalidad entre dos facciones militares desencadenó uno de los conflictos más mortíferos del mundo. “Caminé durante dos días” “Cuando comenzaron los problemas en Sudán, huí de los bombardeos. Fui a Siria, donde me quedé dos días. Luego caminé durante dos días para llegar a Líbano”, recuerda.
Explica que su marido, opositor al antiguo régimen, no podía regresar a Sudán para reunirse con ella. “Llevaba en brazos a mi hija de ocho años. Cuando llegué aquí ya no tenía zapatos”. Después de la caída de Bashir, Rudayna pensó que “las cosas mejorarían” y volvió a Sudán. “Cuando empezaron las protestas, todo el mundo pensó que estallaría una guerra.
Mi marido, que debía reunirse con nosotros allí, me dijo que volviera a Líbano”. Su relato, lleno de tragedias, carece sin embargo de autocompasión. “He vivido todas las desgracias. Cuando llegué aquí estaba el Covid.
Luego la primera guerra. Luego la segunda. No tengo noticias de mis padres.
Y además está la enfermedad de mi hija. Eso es lo que más me hace sufrir hoy. Cuesta 5.000 dólares enviarla a la escuela.
¿Cómo podría conseguir ese dinero?” “Nuestra vida siempre ha sido difícil. Espero que mis hijos tengan una vida mejor que la nuestra”. Leer tambiénLíbano: resistencia y desarraigo en el epicentro del conflicto en Medio Oriente “La guerra los ha alcanzado” Los refugiados en la iglesia de San José conocen demasiado bien el sabor amargo de la guerra. “La mayoría ha llegado sin documentos adecuados.
Algunos tienen pasaporte, otros no”, explica Gemayel. “Algunos pasaron por Siria de forma irregular, y ahora la guerra los ha alcanzado aquí. Así que han tenido que desplazarse otra vez. Una tercera vez, una cuarta”.
Anwar huyó de Darfur. Desde principios de los años 2000, esa región del oeste de Sudán ha sufrido genocidio, desplazamientos forzados y hambruna. En 2019 se trasladó a Líbano.
Pero cuando empezaron a caer bombas en el sur del país, tuvo que huir otra vez con su esposa y su hija. Agotados tras caminar hasta la ciudad costera de Sidón, abandonaron las pocas pertenencias que llevaban y continuaron hasta Beirut. “Tenía siete años cuando empezó la guerra en Darfur”, dice en voz baja. No quiere hablar más sobre su tierra natal. “Hoy nos sentimos perdidos.
No entendemos qué está pasando. Soy extranjero, pero tengo miedo como todo el mundo”. “Atrapados” El aparcamiento de la iglesia de San José está casi vacío. El calor es sofocante.
Solo hay unas pocas personas fuera. Algunos conversan, otros siguen con sus cosas. Sentado en una silla al sol, Ousmane se está cortando el pelo con la ayuda de otro refugiado.
También es de Sudán, pero vive en Líbano desde 2010. “Tenía amigos en Líbano. Me dijeron que viniera, y ahora estoy atrapado aquí”, dice mientras la máquina eléctrica recorre su cabeza rapada. “No puedo volver a Sudán porque la guerra allí es peor que aquí”. Hace dos días murieron dos de sus amigos sudaneses, pero no quiere dar más detalles.
Antes de la guerra trabajaba en una gasolinera del sur del Líbano. Espera volver a su trabajo lo antes posible, aunque por ahora se siente seguro allí. “Solo Dios sabe qué pasará. Solo podemos esperar lo mejor”. *Artículo adaptado de su original en inglés
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