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La rampa circular que se convirtió en un emblema de la Costanera para bailar o leer un libro frente al río

El predio combina café de especialidad, gatronomía, sunsets, DJs y una arquitectura de hormigón curvo que se volvió parte de la experiencia; la propuesta busca correrse del formato de boliche, bar o salón de eventos

22 de mayo de 2026Actualizado hace menos de un minuto8 min de lectura5 lecturasComentarios

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La rampa circular que se convirtió en un emblema de la Costanera para bailar o leer un libro frente al río
#libros
Lo esencial

El predio combina café de especialidad, gatronomía, sunsets, DJs y una arquitectura de hormigón curvo que se volvió parte de la experiencia; la propuesta busca correrse del formato de boliche, bar o salón de eventos

  • El proyecto tiene un núcleo familiar: Santiago Nosiglia, uno de los dueños es el padre de Violeta Nosiglia, y Violeta y Sofía son primas
  • Santiago viene de la gastronomía y de la construcción; Violeta estudió Relaciones Internacionales y se formó en la producción de eventos; Sofía es licenciada en Artes Escénicas y está a cargo de la comunicación
  • Santiago cuenta que, cuando apareció el predio, el proyecto se pensó con una lógica de uso cotidiano, no solo nocturno. “Cuando apareció el lugar, la visión siempre fue pensando en la Facultad de Arquitectura...
  • La convivencia de públicos es uno de los objetivos. “En la pista podés ver gente de 20 años bailando con personas de 50 o 60”, cuenta Sofía

El predio combina café de especialidad, gatronomía, sunsets, DJs y una arquitectura de hormigón curvo que se volvió parte de la experiencia; la propuesta busca correrse del formato de boliche, bar o salón de eventos - 8 minutos de lectura' “Queremos seguir siendo un espacio versátil donde puedas leer un libro en paz un domingo con música de fondo o bailar con un taco en la mano frente al río”, dice Sofía Donzelli. La frase funciona como una síntesis posible de La Nube, un predio a cielo abierto en Costanera Norte que intenta no quedar atrapado en una sola etiqueta: no es solo un bar, no es solo un espacio para fiestas, no es un boliche y tampoco un salón de eventos tradicional. El proyecto tiene un núcleo familiar: Santiago Nosiglia, uno de los dueños es el padre de Violeta Nosiglia, y Violeta y Sofía son primas.

Santiago viene de la gastronomía y de la construcción; Violeta estudió Relaciones Internacionales y se formó en la producción de eventos; Sofía es licenciada en Artes Escénicas y está a cargo de la comunicación. En el día a día, Sofía y Violeta llevan adelante la operación cotidiana del espacio y trabajan sobre la curaduría de eventos, fiestas y gastronomía. “La Nube es, ante todo, un espacio. Nos gusta llamarlo un espacio en movimiento a cielo abierto”, define Sofía.

Esa idea de movimiento aparece en casi todo: en la programación, en los usos posibles del predio y en la forma en que el lugar busca transformarse según el día, la hora y el público. “Teníamos el lugar y la estructura, y siempre nos imaginamos que todo podía convivir acá dentro: desde fiestas y obras de teatro hasta clases de yoga o un club de running”, agrega. La Costanera aparece como territorio y, al mismo tiempo, como desafío. “No queremos competir con nadie. Sabemos que la Costanera tiene un público muy marcado y un imaginario ya armado, pero sentimos que no había una oferta para otro tipo de públicos”, plantea Sofía.

La apuesta, entonces, no pasa por copiar el circuito que ya existe, sino por construir una alternativa con vida diurna, propuestas gastronómicas y eventos seleccionados. Un espacio pensado para quedarse La cercanía con el público universitario fue parte de la mirada inicial. Santiago cuenta que, cuando apareció el predio, el proyecto se pensó con una lógica de uso cotidiano, no solo nocturno. “Cuando apareció el lugar, la visión siempre fue pensando en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU).

Por eso surge la idea de tener un criterio arquitectónico que guarde relación con las materias de diseño y que el lugar sea ocupado por los estudiantes”, explica. Violeta lo lleva a una imagen más concreta: “Apuntamos mucho a los estudiantes de la FADU, que están a diez minutos caminando y no tenían un lugar lindo para tomar un café o una cerveza después de cursar. Queremos ser ese ‘abrazo’ de Ciudad Universitaria”. “La idea era establecer un paralelismo y crear un ambiente pensado para estudiantes, con ofertas y diseños específicos para ellos”, dice Santiago.

En La Nube, la diferencia está en el entorno: el espacio permite sumar after office, música y eventos al aire libre. Para Santiago, Ciudad Universitaria quedó incompleta respecto de su idea original. “El concepto original era que fuese una ciudad completa: para estudiar, vivir y también para el ocio. Sentimos que eso quedó a mitad de camino y terminó siendo una isla que no le ofrecía nada a los estudiantes en términos de gastronomía o salidas”, señala.

La rampa circular que se volvió emblema Uno de los rasgos más reconocibles del lugar es la rampa circular. Funciona como recorrido, mirador y gesto arquitectónico. Quien entra tiende a subirla casi por impulso: la circulación se vuelve parte de la experiencia. “La gente entra y lo primero que hace es subir la rampa por la experiencia del círculo, sin importar lo que haya arriba”, cuenta Sofía.

En la terraza se hacen eventos, pero ella también imagina otros usos: “Mi sueño personal, por mi formación, es que en algún momento ese círculo sea el escenario de obras de teatro”. Santiago explica que el proyecto fue colaborativo. La idea original contemplaba un techo para todo el predio, proyectado por la arquitecta marplatense Gretel Ferro, pero luego decidieron avanzar con una propuesta a cielo abierto.

En esa etapa apareció Alejandro Ha, director de obra y arquitecto de la FADU, quien terminó de desarrollar la rampa y la subida a la terraza que construyó la empresa Marle. “Ese círculo en el medio es lo que le da carácter al lugar y surgió naturalmente al definir mejor el producto y al consumidor”, explica Santiago. La rampa no había nacido como emblema, pero terminó ocupando ese lugar. “Originalmente tenía una función más operativa, pero terminó siendo el rasgo distintivo”, reconoce. Y agrega: “Hay algo casi filosófico en el recorrido: es como materializar el tiempo en volumen.

Mientras vas subiendo, vas paneando todo el lugar; es una continuidad de elevación”. Fiestas con curaduría y una pista de varias generaciones La programación no se arma como una agenda abierta a cualquier propuesta. Sofía y Violeta explican que la curaduría es parte de la identidad del espacio: seleccionan fiestas, eventos y proyectos gastronómicos que puedan convivir con el concepto general de La Nube. “No cualquiera puede hacer una fiesta acá porque no somos un salón de eventos tradicional”, dice Sofía.

La decisión no pasa solo por la convocatoria, sino por el tipo de experiencia. “Realizamos una curaduría muy selectiva, permitiendo quizás cuatro fiestas por mes, porque también queremos proteger nuestros propios espacios de sunsets y DJs”, agrega. La convivencia de públicos es uno de los objetivos. “En la pista podés ver gente de 20 años bailando con personas de 50 o 60”, cuenta Sofía. Esa mezcla permite que el lugar no quede asociado a una sola tribu ni a un único horario de consumo.

Violeta suma otro criterio de selección: “Buscamos fiestas que propongan algo diferente. De hecho, nos gusta coproducir los proyectos en los que confiamos, incluso si no son masivos todavía”. La intención es que el evento funcione como puerta de entrada, pero no como única razón para volver. “Queremos que la gente venga por un evento y después quiera volver un martes a la tarde a tomar un café”, dice.

Uno de los momentos de quiebre fue la fiesta de Navidad de 2025, a meses de haber abierto al público. “Fue el primer gran hito. Se agotaron las entradas cinco días antes y la demanda fue impensada”, recuerda Sofía. Después de las vacaciones, el movimiento cambió: “El ‘switch’ cambió y empezó a venir mucha gente a comer y tomar algo incluso cuando no había un evento específico”.

Café, hamburguesas, tacos y bebidas sin alcohol La gastronomía acompaña esa idea de espacio flexible. En el predio funciona Carnaval, el bar con hamburguesas, tortillas y platitos. También está The Kitchen, una cafetería de especialidad pensada para cubrir desayunos y meriendas. “Nos parecía fundamental cubrir el segmento del desayuno y la merienda, especialmente por la cercanía con la facultad”, dice Sofía.

La propuesta busca sostener el uso del lugar durante el día, no solo en horarios nocturnos o cuando hay eventos programados. Violeta cuenta que también se suma Ángel Tacos, con tacos mexicanos sin gluten. En bebidas, conviven consumos clásicos de salida con nuevas tendencias. “Lo que más sale es el fernet, la cerveza y el tinto de verano, pero también se venden muchísimas bebidas sin alcohol, que es una tendencia muy fuerte ahora”, señala.

Esa combinación refuerza la idea de un lugar con varios ritmos: se puede ir por un café, por una cerveza, por una comida rápida, por una fiesta o por un plan frente al río. La curaduría de Sofía y Violeta apunta justamente a que esas capas no compitan entre sí, sino que construyan una identidad común. Un proyecto que cambia según quien lo habite Santiago describe La Nube como un espacio en transformación permanente. “El concepto es que se está transformando todo el tiempo y tiene un espíritu muy colaborativo”, dice.

La idea no es que el predio funcione como una escenografía fija, sino como una estructura disponible para distintos usos. “Queremos que cada uno que venga pueda habitar el espacio y transformarlo según su creatividad”, agrega. Como ejemplo, menciona un evento de Nébula Studio en el que el círculo se convirtió “en un lugar para estar sin zapatos y escuchar música”. Todavía quedan sectores por desarrollar.

Santiago cuenta que el predio tiene planta baja, zona gastronómica, círculo, terraza con locales y escenario. También proyectan sumar un área deportiva en el sector del estacionamiento, con una cancha de básquet o ping pong. El escenario fue pensado en relación con el entorno natural: está diseñado “abrazando” a los árboles para aprovechar la sombra durante los shows de verano.

En ese cruce entre arquitectura, gastronomía y programación aparece el objetivo de fondo. “El objetivo definitivo es bajar un poco la velocidad y permitir que la gente disfrute del tiempo de otra manera”, dice Santiago.

Fuente: La Nación|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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