La economía y la negación de sus orígenes
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- Prácticamente cada comentarista acerca del papel de la historia del pensamiento económico en la economía moderna en los últimos 30 años se ha lamentado por la declinación constante del interés en el área desde el final...
- La tendencia es más pronunciada en los Estados Unidos que en Europa pero es manifiesta en todas partes (Blaug 2001: 145; trad
- Sin ir más lejos, hasta el célebre Joseph A
- Schumpeter, autor de la monumental Historia del análisis económico ([1954] 1982: 38 y ss.), se sintió obligado a invocar tres razones que, a su entender, justificarían el estudio de las teorías económicas del pasado
La historia del pensamiento económico, en tanto campo de estudio e investigación dentro de la teoría económica, está atravesando por una prolongada etapa de duros cuestionamientos y hasta de generalizado desprestigio. Mark Blaug, uno de los más reconocidos especialistas en la materia y un competente observador del estado de la enseñanza de la economía en los países centrales, describía hace algunos años el sombrío panorama: No es ningún secreto que el estudio de la historia del pensamiento económico es tenido en baja estima por los economistas del mainstream [corriente principal] y es muchas veces desacreditado abiertamente como si fuera un trabajo de anticuario. Nada nuevo hay en esto. Prácticamente cada comentarista acerca del papel de la historia del pensamiento económico en la economía moderna en los últimos 30 años se ha lamentado por la declinación constante del interés en el área desde el final de la segunda guerra mundial y por su virtual desaparición de los planes de estudios de las universidades, no sólo en los de postgrado sino también a nivel del grado. La tendencia es más pronunciada en los Estados Unidos que en Europa pero es manifiesta en todas partes (Blaug 2001: 145; trad. AK). A quien provenga de otras disciplinas y, por tanto, no se encuentre familiarizado con las peculiares actitudes y concepciones que caracterizan a la escuela de pensamiento económico actualmente dominante –conocida como escuela marginalista o neoclásica–, este estado de cosas puede parecerle curioso, en particular cuando se lo compara con las modalidades de enseñanza de las restantes ciencias sociales, como la sociología o las ciencias políticas, en las cuales el origen histórico de las teorías contemporáneas ocupa siempre un lugar prominente. De más está decir que tal desprecio empujó a más de un especialista en historia de la teoría económica –además de a lamentarse– a concebir sagaces argumentos destinados a persuadir al resto de los economistas de la importancia de su rama de estudio. Sin ir más lejos, hasta el célebre Joseph A. Schumpeter, autor de la monumental Historia del análisis económico ([1954] 1982: 38 y ss.), se sintió obligado a invocar tres razones que, a su entender, justificarían el estudio de las teorías económicas del pasado. Éstas son: las ventajas pedagógicas derivadas del conocimiento de la génesis de la economía actual; su papel como fuente de inspiración para nuevas ideas; y, por último, una vaga y genérica referencia al afán por “comprender el espíritu humano”. Sin embargo, más allá de estas consideraciones, el hecho cierto es que, tal como indica Blaug, la historia del pensamiento económico ha pasado a ocupar un espacio cada vez más reducido y marginal en la enseñanza oficial de economía, hasta el extremo de desaparecer por completo de algunos planes de estudio de grado y posgrado. Por nuestra parte, en cambio, no creemos conveniente dedicar la presente introducción a convencer al lector de la relevancia que reviste la historia del pensamiento económico. En lugar de ensayar una nueva apología, nos proponemos, por así decir, “invertir la carga de la prueba”, proporcionando algunos elementos que acaso ayuden a comprender cuáles son las fuentes que alimentan el menosprecio que los economistas de la corriente principal experimentan por la historia de la economía, por un lado y, en estrecha relación con ello, también por las restantes ciencias sociales. La “defensa” de la historia del pensamiento económico, por otra parte, tropieza con una dificultad adicional: los argumentos de quienes la desprecian rara vez son explicitados. Cuando se trata de eliminar la asignatura de los programas de estudio, en lugar de ofrecer razones, a menudo se invocan cuestiones de orden práctico, como la necesidad de reducir la extensión de los programas para conservar sólo su núcleo mínimo esencial –en donde se da por descontado que la historia del pensamiento no figura– dotando así de mayor “eficiencia” al proceso de formación. No es difícil ver que detrás de este ingenuo pretexto se esconden motivaciones de mucha mayor profundidad y envergadura, que no son invocadas frontalmente. La omisión de toda referencia a su origen histórico forma en realidad parte de la imagen que el mainstream ha construido de sí mismo. Podría decirse que a través de la negación de su propia historia, la economía oficial se concibe como una disciplina sin pasado, aunque paradójicamente siempre actual; o bien como una disciplina cuyo pasado no reviste más que una importancia anecdótica, acaso aun museográfica. Es la misma imagen que reproduce la despreocupada convicción de que la economía es una disciplina en todo aislada y capaz de prescindir de las restantes ramas del conocimiento sobre la sociedad, es decir, sin “hermanas” entre las demás ciencias sociales. Pareciera, pues, que los economistas estuvieran convencidos de que su materia se asemeja a una ciencia exacta o natural, en donde el “progreso del conocimiento” justifica el olvido de las teorías anteriores, por anticuadas y equivocadas. Pero no se trata exclusivamente de parecerse a las llamadas ciencias duras. De esta concepción sobre la naturaleza del progreso de la teoría económica se deriva también el convencimiento acerca de cuál es la única vertiente teórica que debe ser enseñada en las universidades. Cuando se examinan las causas del menosprecio por la historia, no debe tomarse como un dato menor la posición dominante que alcanzó la escuela marginalista hace más de un siglo. Acaso sea cierto que cualquier corriente teórica que consiguiera conquistar un lugar hegemónico tan contundente como el que el marginalismo ocupa en la actualidad sería proclive a cargarse de prepotencia y, por tanto, a considerar que tal predomino se debe al hecho de que se ha alcanzado ya la cima del conocimiento. Y cuando las teorías anteriores se observan desde las alturas de esta presunta cúspide del saber, por fuerza se empequeñecen hasta perder toda relevancia en el presente. De Extracto del prólogo a De Smith a Keynes. Siete lecciones de historia del pensamiento económico, de Axel Kicillof (Siglo XXI).
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