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La confesión

Todavía en clase, mientras la maestra les hacía elegir un libro para leer el fin de semana, Leana apuraba el reloj con la mirada. Indecisa, manoteó de la repisa una fábula tradicional sobre un ratón de campo. Ana, en cambio, alzó la mano hacia un lomo que nadie tocaba: un dibujo de un elefante enorme que ocupaba toda la tapa. Las agujas corrieron; los alumnos guardaron los útiles. Enseguida, la campana sonó en la galería con un toque que se parecía mucho a la felicidad: «¡Hasta el lunes, señorit

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La confesión
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Todavía en clase, mientras la maestra les hacía elegir un libro para leer el fin de semana, Leana apuraba el reloj con la mirada. Indecisa, manoteó de la repisa una fábula tradicional sobre un ratón de campo. Ana, en cambio, alzó la mano hacia un lomo que nadie tocaba: un dibujo de un elefante enorme que ocupaba toda la tapa. Las agujas corrieron; los alumnos guardaron los útiles. Enseguida, la campana sonó en la galería con un toque que se parecía mucho a la felicidad: «¡Hasta el lunes, señorit

  • Todavía en clase, mientras la maestra les hacía elegir un libro para leer el fin de semana, Leana apuraba el reloj con la mirada
  • Indecisa, manoteó de la repisa una fábula tradicional sobre un ratón de campo
  • Ana, en cambio, alzó la mano hacia un lomo que nadie tocaba: un dibujo de un elefante enorme que ocupaba toda la tapa
  • Enseguida, la campana sonó en la galería con un toque que se parecía mucho a la felicidad: «¡Hasta el lunes, señorit

Todavía en clase, mientras la maestra les hacía elegir un libro para leer el fin de semana, Leana apuraba el reloj con la mirada. Indecisa, manoteó de la repisa una fábula tradicional sobre un ratón de campo. Ana, en cambio, alzó la mano hacia un lomo que nadie tocaba: un dibujo de un elefante enorme que ocupaba toda la tapa. Las agujas corrieron; los alumnos guardaron los útiles. Enseguida, la campana sonó en la galería con un toque que se parecía mucho a la felicidad: «¡Hasta el lunes, señorit

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