La calle que no es de ese Villanueva
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- La calle que no es de ese Villanueva Me gusta encontrar las historias que se esconden tras los nombres de las calles de Buenos Aires
- Por un lado, la nomenclatura oficial señala que el citado Villanueva es Nicolás, un sargento que participó del sitio de Montevideo en 1814 y luego formó parte del Ejército del Norte
- Por otro lado, hay un libro escrito en 1910 por Adrián Beccar Varela y Enrique Udaondo, Plazas y calles de Buenos Aires, que adjudica ese apellido a José María...
- Participó el 22 de septiembre de 1829 en el cruento combate de Pilar, en su tierra natal, donde su división fue derrotada por los hombres de los hermanos Aldao
La calle que no es de ese Villanueva Me gusta encontrar las historias que se esconden tras los nombres de las calles de Buenos Aires. Pero en este pasatiempo a veces hay un problema. En una época -fines del siglo XIX y comienzos del XX-, quienes bautizaban las arterias porteñas lo hacían usando tan solo el apellido del personaje que se buscaba homenajear.
Así, cuando quise saber a qué se debía la denominación de las cinco cuadras empedradas que conforman la elegante calle Villanueva, en Palermo-Barrio Parque, descubrí que podía referirse a dos militares distintos. Por un lado, la nomenclatura oficial señala que el citado Villanueva es Nicolás, un sargento que participó del sitio de Montevideo en 1814 y luego formó parte del Ejército del Norte. Por otro lado, hay un libro escrito en 1910 por Adrián Beccar Varela y Enrique Udaondo, Plazas y calles de Buenos Aires, que adjudica ese apellido a José María, un teniente coronel mendocino que integró el Ejército de los Andes bajo las órdenes del general San Martín.
Voy a hacer una pequeña trampa. Sé que el Villanueva aceptado como valedero por los historiadores de las calles es Nicolás. Pero José María protagonizó una odisea tan digna de ser narrada que me voy a aferrar a la versión no oficial.
Díganme si no vale la pena la historia de un hombre que fue degollado y vivió para contarlo. Villanueva (José María) cruzó los Andes con las huestes sanmartinianas. Fue héroe en la batalla de Chacabuco, en tierras chilenas, en febrero de 1817.
Allí recibió una herida en su brazo derecho que a punto estuvo de dejarlo manco. Licenciado por San Martín, el militar regresó a su provincia para recuperarse, empresa que le llevó algunos años. Repuesto y con su espíritu guerrero intacto, ya en tiempos de la guerra civil, el oficial se unió a las tropas unitarias.
Participó el 22 de septiembre de 1829 en el cruento combate de Pilar, en su tierra natal, donde su división fue derrotada por los hombres de los hermanos Aldao. Escapando de una muerte segura en el campo de batalla, Villanueva se escondió en la ciudad de Mendoza. Pero José Félix Aldao, el vencedor, no estaba dispuesto a dejar ningún oficial enemigo vivo.
Mucho más, después que en la contienda había sido muerto su hermano Francisco. No tardaron demasiado los soldados federales en dar con el coronel Villanueva. Lo llevaron a las inmediaciones del convento de Santo Domingo, donde lo degollaron y lo dejaron por muerto.
Una hebilla que el unitario tenía en el cuello de su uniforme fue artífice del milagro. Gracias a ella, el filo del cuchillo enemigo no llegó a cercenarle el cuello. Villanueva estaba herido, cubierto de sangre, pero vivo.
La historia no termina acá. Poco más tarde, los federales regresaron a buscar el cadáver del militar para llevarlo ante Aldao. Villanueva percibió el riesgo y se lanzó a una acequia.
Reptó por allí cubierto de agua hasta llegar al convento. Como conocía el lugar y a sus religiosos, se dirigió con sus últimas fuerzas a la celda de fray Fermín Nieto, a quien rogó por ayuda. El fraile, sabedor de que los enemigos estaban cerca, actuó rápido.
Llevó al perseguido a la sacristía, abrió una gran caja donde se guardaban velas, las sacó, ayudó al militar a ocultarse en el fondo, volvió a poner las velas para cubrir el cuerpo del perseguido y cerró la caja. Al no encontrar el “cadaver” donde lo habían dejado, los federales de Aldao coparon el convento. Revisaron todo, de arriba a abajo, pero no pudieron encontrar a su preciada víctima.
Horas después, se dieron por vencidos y abandonaron el lugar. Disfrazado de sacerdote, Villanueva salió del convento para ocultarse en el sótano de un amigo. Estuvo ahí unos siete meses, mientras sanaba su cuello y los federales mandaban en la ciudad.
Recién en abril de 1830, cuando una partida del general Paz llegó a Mendoza, el sobreviviente pudo emerger a la superficie. Un relato así merece que al menos alguna de las cinco cuadras de la calle Villanueva se le concedan a José María, el degollado que burló a la muerte.
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