Jorge Luis Borges fascinado: mística islámica y orientalismo
Las notas de Borges sobre los místicos del islam revelan y confirman su interés por el misterio oriental y su habilidad para conectar culturas diversas. El libro de Nesrin Karavar-Blecua explora cómo Borges integró la mística islámica en su obra, superando clichés y conectando culturas orientales y occidentales.
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Las notas de Borges sobre los místicos del islam revelan y confirman su interés por el misterio oriental y su habilidad para conectar culturas diversas. El libro de Nesrin Karavar-Blecua explora cómo Borges integró la mística islámica en su obra, superando clichés y conectando culturas orientales y occidentales.
- Tales respuestas nos traslucen hasta qué punto Jorge Luis Borges también en esto fue excepcional
- El primero es el ejercicio univocal de lectura del extrañado Luis Chitarroni, La ceremonia del desdén, un ensayo imperdible a partir del Borges de Adolfo Bioy Casares
- Según afirmara, en el año 2021, la especialista Karavar, Borges “relacionó por primera vez la simbología mística de la danza de los derviches giróvagos y al fundador de esta danza, Rumi...
- Había recorrido las calles de la universitaria Austin en diversas ocasiones, a lo largo de las décadas de 1960, 1970 y 1980
“Hombre occidental, / tu miedo al Oriente, / ¿es miedo a dormir o despertar?”, preguntaba poéticamente el español Antonio Machado en sus Proverbios y cantares. A través del puente que une España con Argentina y ambos países con Turquía, la otrora Persia, Marruecos, Egipto y un dilatado Este, el libro Borges más allá del orientalismo, de Nesrin Karavar-Blecua, viene a ofrecer algunas respuestas a ese interrogante. Tales respuestas nos traslucen hasta qué punto Jorge Luis Borges también en esto fue excepcional. Unas anotaciones tituladas “Los místicos del islam”, que se extienden con su apretada letra inconfundible a lo largo de cuatro páginas de uno de sus cuadernos, dieron origen a la obra recién presentada por la doctora Karavar. Con muy pocos meses de distancia, el sello Mardulce nos ha sorprendido con dos libros estupendos y bien disímiles alrededor del autor de Cuaderno San Martín. El primero es el ejercicio univocal de lectura del extrañado Luis Chitarroni, La ceremonia del desdén, un ensayo imperdible a partir del Borges de Adolfo Bioy Casares. El segundo, coral, es el que hoy nos ocupa. Ambos, como los derviches del islam, danzan en torno de un objeto, unas letras, un nombre, hasta generarnos un encantamiento del que no querríamos desprendernos. Borges más allá del orientalismo es un libro de crítica, de tesitura prioritariamente académica y variado espesor disciplinario y estilístico en sus aportes, enmarcado además por la transparencia de las condiciones de producción material que lo hicieron posible, que viene a coronar un largo proceso de investigación por parte de su autora. La ubicua eternidad Según las referencias de archivo, Borges habría manuscrito inicialmente apuntes sobre aquellos místicos cuando impartía sus seminarios en el Colegio Libre de Estudios Superiores aunque no se halla en papel, por ahora, la huella de sus manos. En esa arena del pensamiento libre, él dio sus clases entre 1949 y 1952, y en el proceso lógicamente fue tomando notas. No empieza en estos años de madurez su acercamiento a la temática sino que lleva décadas: baste recordar, por lo menos, Historia de la eternidad de 1936 para seguir el río de sus búsquedas. Tampoco terminará allí; un lustro después, en 1954, otro curso sobre temática afín lo encontrará en la SADE, cuando continúe leyendo y anotando sus recorridos acerca de los místicos del Islam en el cuaderno verde de Avon. Estas pequeñas escrituras, gestadas mientras recupera, reflexiona y proyecta la forma que juzga más acertada para presentar el tema oralmente ante sus numerosos alumnos, no solo revelan el fondo de las clases, sino que también facilitan al observador un acceso a la metodología de la labor borgeana. Con sus menciones y citas de poetas y pensadores, se advierte la fascinación que Borges sentía por el misterio de las culturas del comúnmente llamado Oriente Medio (aunque esta terminología fue impuesta por la visión europea). En el momento en que él da sus cursos, el gran poeta Rumi era considerado el fundador de la orden de los derviches giratorios y una de las figuras clásicas de la filosofía y la literatura turco-persa medieval. Según afirmara, en el año 2021, la especialista Karavar, Borges “relacionó por primera vez la simbología mística de la danza de los derviches giróvagos y al fundador de esta danza, Rumi, dentro de los nombres místicos del Islam”. Karavar, profesora turca que se especializó en hispanismo, abocándose fundamentalmente a literatura comparada y mística medieval, ha quedado prendada de aquellas anotaciones y gestionado los derechos para su publicación. ¿Qué diremos de ese sencillo y valioso cuaderno con espiral? Estaba bien cuidado en un centro de investigación en humanidades (el Harry Ransom Center), dentro del cual permanece. Quienes tenemos la dicha de conocer la University of Texas at Austin y de haber consultado oportunamente sus archivos y bibliotecas, podemos dar fe de que el increíble acervo que alberga es un motivo de felicidad inacabable y de que la literatura argentina es honrada con afecto Algo de eso, acaso, habrá sopesado Borges, aparte de percibirla como vibrante y entrañable y de sentir gratitud por los momentos allí experimentados, cuando decidió donar a la U. T. algunos de sus manuscritos. Había recorrido las calles de la universitaria Austin en diversas ocasiones, a lo largo de las décadas de 1960, 1970 y 1980. La primera, con su madre, Leonor Acevedo Suárez, en 1961, cuando fuera invitado a dar cursos de literatura argentina. Fue esa estadía la que intentó rememorar al volver en 1976, pues ella ya había muerto y él ya había quedado casi ciego y quería pisar las mismas veredas y tocar las mismas paredes de antes. Su poema “Texas” (incluido en El otro, el mismo de 1964) refleja la unión con aquella ciudad y aquel estado, que se encastra también en paralelos. “Aquí también el indio, el lazo, el potro” o “aquí también el místico alfabeto”, para rematar, en tono más íntimo: “Aquí también esa desconocida / y ansiosa y breve cosa que es la vida”. El poeta de Fervor de Buenos Aires, que había guardado aquellos documentos, debió aguardar hasta que la investigadora estambulí, familiarizada con las coreografías de seres desapegados, ascéticos, errantes, rescatara “Los místicos del Islam” de manera tan amorosa como promisoria. Pues más allá de la transcripción, lo que trae es un análisis profundo de su alcance, en términos semánticos y culturales. Así las cosas, Borges más allá del orientalismo se propone un diálogo interdisciplinario para explorar el nexo del escritor con aquellas tradiciones, en particular con la literatura árabe y persa, la cábala, el sufismo y la mística cristiana. Es bien sabido que Borges se ocupó de ellas, así como también, en distintos textos y momentos, del budismo y el hinduismo. El intelectual israelí Edward W. Said, con su libro Orientalism, de 1978, ha partido sin duda las aguas del campo cultural en cuanto a la perspectiva para los estudios del área. Quebrar los clichés (no solo los sociales y políticos, sino sobre todo los académicos), evitar el reduccionismo y la cosmovisión eurocéntrica es una necesidad que, aunque suene increíble, aún hoy hace falta seguir repitiendo como consigna. Karavar asegura que “Borges no se limitó a contemplar Oriente desde el exotismo, sino que lo incorporó a su visión de una cultura verdaderamente universal”. En esa línea, se subraya la relevancia de superar las lecturas estereotipadas del orientalismo y poner en valor la mirada profundamente indagadora del autor de Los conjurados, capaz –una vez más– de establecer conexiones entre continentes, culturas, historias y religiones diversas. Borges ingresa, como es habitual, junto a los grandes pensadores de Occidente que le abren las puertas a través de las lenguas modernas, para luego ir adentrándose en un cotejo comparativo y respetuoso y en el intento de llegar, lo más cerca que le resulta posible, hasta las fuentes. Aunque no soslaya el uso de algún látigo retórico para abordar lo que considera violento, su inteligencia, su sensibilidad lúcida y su fina ironía le impiden caer en los lugares comunes y en cambio lo llevan a hilvanar lo central con la belleza de los detalles, lo estructural con lo mágico, lo histórico con lo literario. Sus mayores, empezando por su propio padre, Jorge Guillermo Borges Haslam, le habían dado un ejemplo en tal sentido. Rafael Cansinos Assens, en Madrid, y Ricardo Güiraldes, en las pampas, también. Con lazos transatlánticos, la allegada revista Sur y su editorial, dirigidas por Victoria Ocampo, merecen un capítulo aparte a este respecto. Ya desde el siglo XIX argentino, autores como D. F. Sarmiento en sus Viajes o Lucio V. Mansilla en De Adén a Suez habían cincelado visiones personales y a contrapelo. (Un trabajo comparativo, en términos tanto diacrónicos como sincrónicos de dicho aspecto, bien valdría la pena). El libro de Karavar extiende una invitación para redescubrir a Borges con una óptica renovada. La compiladora –profesora de la Universidad de Barcelona, donde enseña lengua y literatura turcas, y del Instituto de literaturas modernas de la Universidad Nacional de Cuyo– lo piensa como “un creador que transformó la alteridad en conocimiento y el símbolo en un puente entre culturas”, poniendo frente a frente a “los pensadores de dos mundos”, de Oriente y Occidente. “Los sufís no sólo son una cultura-puente para Borges –asevera– sino también una original posición frente al antiguo legado helenístico”. No como una afirmación literal y categórica (puesto que la investigadora ya conocía al Borges narrador), sino como una feliz metonimia, podríamos decir que, si varios se acercaron a Rumi, luego de conocerlo en palabras (orales y escritas) de Borges, Karavar llega a Borges por Rumi. Pues esta investigadora, proveniente de la rica Estambul, que arrastra la marca del cosmopolitismo de aquella capital y que al mismo tiempo reconoce las huellas tribales de una cultura muy tradicional de la alta Mesopotamia, en la que bebieron sus ancestros, se detuvo a rastrear aquella conexión. Ella venía de recorrer caminos apasionantes, ya estudiando la poesía mística otomana del siglo XIX, con atención particular sobre la obra de la princesa Adile Sultan, ya viendo cómo los años de cautiverio de Cervantes en el Imperio otomano influyeron en su literatura o ya siguiendo la marca de Solimán Salom, un mediador cultural entre Turquía y España en el siglo XX y, de hecho, el primer autor que escribió, como un poeta turco, poemas en castellano sin traducción. Tales vivencias y tal universo simbólico gravitan sobre la mesa cuando esta mujer, suave y dinámica, se aboca a “Los místicos del islam”, de Borges. La autora juzga que los comentarios borgeanos funcionan como un punto de partida significativo para futuros estudios sobre las relaciones entre Oriente y Occidente, y lo damos por hecho, sobre todo en lo que se refiere a la vida académica. Pero además nos quedamos envueltos en aquella atmósfera que no solo constituye un medio, sino que instituye un fin: el del placer, la emoción y la alegría que nos genera, como siempre, leerlo. El libro actual Entre idas y vueltas por los mapas, el volumen acaba siendo publicado gracias al apoyo de la Municipalidad de San Rafael (ciudad donde destella el famoso laberinto vegetal, de la finca decimonónica de la familia Aldao); por ello incluye, como es de rigor, una presentación cortés a cargo del intendente Omar Félix, en la que hace hincapié en un concepto bien expresado bajo la perspectiva de su propia cosecha: Borges toma la decisión de “argentinizar la vasta cultura universal, en vez de buscar un hueco para la literatura argentina en el mundo”. El casco de los Aldao exhibe la fecha de 1830, como tributo a la memoria; es el mismo año en que se conforma la Liga del Interior. Al otro lado del Atlántico, la epidemia de cólera azotaba Europa y Esteban Echeverría regresaba de la Francia que Stendhal estaba plasmando en Rojo y negro. La colonización de Argelia había comenzado. Más allá de otros mares, la pequeña princesa A. Sultan, con apenas cuatro años, amasaba las sensaciones que la convertirían en la primera poeta mística del islam, mientras en nuestro país, en Salta, una adolescente Juana Manuela Gorriti, diez años mayor que la otomana, también cruzaría fronteras; ambas rebeldes, ambas reverenciando sus tierras y trascendiéndolas, ambas bebiendo el mundo de su entorno y haciendo luego literatura con ello. Borges une los hilos de las literaturas. El breve manuscrito en foco es prueba cabal de ello, un prisma de convergencias donde su capacidad asociativa se suma a las fuentes, y la belleza de las imágenes y los lenguajes se encarama sobre la profundidad de las ideas, sobre su singularidad o sus excesos. El payador se encuentra con el ruiseñor. Y Karavar se mueve entre aquellos como quien se aferra a lianas que nacen dentro del delimitado perímetro de los mapas movedizos y pega saltos para vislumbrar otros caminos. Por otra parte, el libro alberga el último texto que María Kodama entregó con voluntad de que fuera publicado dentro de esta compilación. “Jorge Luis Borges y la experiencia mística” reproduce el que formó parte, en 1996, de la obra de temática afín, de Luce López-Baralt y Lorenzo Piera. Fernando Flores Maio, vicepresidente de la Fundación Internacional dedicada al autor, trae una guía aleatoria sobre “Religión en la biblioteca de Borges”, apuntando algunos ejemplares que se hallan en dicha institución y que van del judaísmo (muy especialmente la cábala y Baruch Spinoza) y el cristianismo al budismo y el hinduismo, así como de Joseph Conrad a Paul Valéry, de William Blake a Samuel Taylor Coleridge, de Dante Alighieri a Gilbert Keith Chesterton, Bernard Shaw y Emanuel Swedenborg, o de Rudyard Kipling a Robert Browning, entre otros varios, con la mención de un argentino, Enrique Banchs. Desde el punto de vista del islamismo celebrado en el presente libro, nos cabe resaltar a Farid al-Din Attar, a quien Borges alude más de una vez en las notas del margen izquierdo del manuscrito, con la obra en inglés Muslim Saints and Mystics. Julio César Crivelli, mediante “Borges: después del lenguaje y la metáfora” y siguiendo con el surco de su ensayo de arte Peregrinaciones y viajes mágicos (2021), se propone desvelar claves en la poesía de Borges que remiten a una interpretación bíblica y analiza, sumando a Averroes, un diálogo entre misticismo y razón. Sergio Baur vuelve sobre “Borges en Egipto” (no está de más recordar que Baur fue embajador de la Argentina en esa república árabe). En su artículo explora tanto la relación literaria e imaginaria de Borges con Egipto como su visita real al país, de la cual conserva algunas fotografías de Borges y Kodama preciosas e impactantes, como pudimos apreciar en su presentación en la sede de la Universidad Nacional de Cuyo en San Rafael, en el marco del simposio celebrado en noviembre de 2025. Su texto recorre algunas de las obras donde Egipto se convierte en un símbolo alentado dentro del universo borgeano. La traductora premiada Margarita Castells Criballés, quien vertiera Las mil y una noches del árabe al castellano y al catalán, y es profesora de lengua y literatura árabe en la Universidad de Barcelona, colabora con “Las infinitas transformaciones de Las mil y una noches”. Allí se ocupa de la ligazón intensa del escritor con un libro que vertebra e inspira una parte importante de su obra. López-Baralt, respetada catedrática de la Universidad de Puerto Rico, quien conoció personalmente a Borges, fue pionera en llamar la atención sobre la importancia de su vínculo con la mística. En su aporte dentro del presente libro, “Borges o la mística del silencio: del Aleph al Zahir”, resulta claro su profundo conocimiento de la literatura mística comparada. Aquí interpreta el famoso cuento de 1945 desde la tradición islámica y repara en las amistades de Borges dentro del círculo de los arabistas e islamólogos, empezando por su maestro Cansinos Assens, a quien aquel gustaba definir como a un genio. Sin duda, estas afinidades fueron determinantes para su inclinación, y simultáneamente el judaísmo de aquel descendiente de sefaradíes conversos completaría el otro platillo de aquella balanza. Verónica García Morena, una de las investigadoras españolas más relevantes en su campo y actualmente profesora en la Eastern New Mexico University, colabora con el artículo “Orientalidades de Borges”, indagando sobre los lazos entre el gran arabista español recién mencionado y nuestro autor. Los versos de Antonio Machado con los que abrimos este comentario son presentados como epígrafe de su gran trabajo. Ronda final No deja de llamar la atención un paralelo extratextual: así como el XXXVIII de los Proverbios y cantares de Machado no llegó a formar parte de sus Poesías Completas, las notas de “Los místicos del Islam” de Borges tampoco hallaron albergue dentro de sus Obras Completas ampliadas y anotadas, o dentro de los Textos recobrados. Esperaron lo suficiente como para que ahora celebremos leyendo, por ejemplo: “Que Mahoma era un místico –por lo menos, un poseído– es indiscutible. Se envolvía en una frazada, traspiraba copiosamente y entraba en éxtasis para dictar los capítulos de su Alcorán; los oyentes los anotaban en pedazos de cuero, en hojas de palmera y en piedras lisas”. Sorteando herejías y rescatando poesía, Borges nos orienta por Rumi y por Al-Mutanabbi, a través de los arabescos de sus propias lecturas y pensamientos. Y la emisaria oriental, esmerada lectora y calificada intérprete, nos lo devuelve a orillas del mismísimo Río de la Plata. Quizá la singular clave de lectura de Karavar acerca del manuscrito borgeano resida en el hecho especular de la previa singular clave de lectura de Borges acerca de aquel universo de la mística islámica. Dice el argentino: “Ya veremos de qué inspirada manera leyeron y leen los sufíes el Alcorán”, y a continuación aclara la especialista turca que aquella perspectiva recuerda el ensayo de Louis Massignon. Pero aun antes señala lo que a nuestro juicio es la médula de la propuestaconocedora de una historia de lecturas y recepción, Karavar da en la clave del acierto borgeano, que ella sopesa sencilla y directamente como sabiduría: “En las páginas siguientes, [Borges] continúa explicando el Corán en su propio nombre, indicando que lo abordará desde una perspectiva sufí“. Particularmente atractiva, en lo que al islam y la mística sufí se refiere, resulta la comparación entre Borges y Orhan Pamuk (Premio Nobel de Literatura de 2006) realizada por la hispanista, considerando el amplio espectro de las identidades culturales y fundamentalmente el hecho de hacer converger islamismo y racionalismo, es decir, yendo tras el comentario de los sufíes para un encuentro entre Oriente y Occidente y, sobre todo, para recorrer sus textos no por su intención dogmática, sino por su potencia literaria. Entre sus variantes (concebidas incluso como emblema del curso de los astros), aquella danza mística de los sufíes, que tanto muestra pero mucho más esconde, le salió al paso a aquel porteño que gustaba del tango primigenio y que supo componer magníficas milongas. En su poema “Ronda” (incluido en La cifra de 1981), desde el cual rendía tributo, una vez más, a la España andalusí, desde Málaga, desplegó un recorrido de profunda belleza, que ya asomaba, disperso, en sus notas sobre la mística: “El Islam, que fue espadas / que desolaron el poniente y la aurora / y estrépito de ejércitos en la tierra / y una revelación y una disciplina / y la aniquilación de los ídolos / y la conversión de todas las cosas / en un terrible Dios, que está solo, / y la rosa y el vino del sufí / y la rimada prosa alcoránica / y ríos que repiten alminares / y el idioma infinito de la arena / y ese otro idioma, el álgebra / y ese largo jardín, las Mil y una Noches/ y hombres que comentaron a Aristóteles / y dinastías que son ahora nombres del polvo / y Tamerlán y Omar, que destruyeron, / es aquí, en Ronda, / en la delicada penumbra de la ceguera,/ un cóncavo silencio de patios, / un ocio del jazmín / y un tenue rumor de agua, que conjuraba / memorias de desiertos”. Borges, más allá del orientalismo, cruzando mares y desiertos, llega otra vez más acá, junto a tantas cosas nuestras. Y él, que siempre miraba más allá, como un fiel almuecín nos llama a todos. María Gabriela Mizraje es filóloga, crítica literaria, escritora y profesora en la Universidad del Salvador. Sobre la firma
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