Historias de Malvinas: el enfermero que cobijó a soldados y guardó sus recuerdos en Río Negro
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- Hay galletas envasadas al vacío, un calentador en gel, fósforos y un sobre que aún conserva una consigna intacta: “Por la recuperación de nuestras Islas Malvinas”
- Corría el año 1982 y trabajaba en el hospital rural de San Antonio Oeste, un punto estratégico por donde solían pasar caravanas del Ejército rumbo al sur
- Eran «chicos», como los recuerda hoy. “Pasaban las caravanas y nosotros los atendíamos», cuenta a Diario RÍO NEGRO
- Luego se recibió de licenciado en Enfermería en una universidad privada en Buenos Aires. “Fui el primer enfermero en Las Grutas en el año 1974 cuando vivía en San Antonio”, cuenta
En una caja pequeña, el tiempo parece haberse detenido. Hay galletas envasadas al vacío, un calentador en gel, fósforos y un sobre que aún conserva una consigna intacta: “Por la recuperación de nuestras Islas Malvinas”. Son fragmentos de vida de personas que nunca volvieron y hoy habitan en la casa de Gregorio Garzoglio.
Él es enfermero rionegrino y, sin saberlo, se convirtió en custodio de memorias de la guerra hace más de cuatro décadas. Corría el año 1982 y trabajaba en el hospital rural de San Antonio Oeste, un punto estratégico por donde solían pasar caravanas del Ejército rumbo al sur. Camiones cargados de jóvenes soldados atravesaban la ruta, muchos de ellos provenientes de provincias del norte como Catamarca y La Rioja.
Eran «chicos», como los recuerda hoy. “Pasaban las caravanas y nosotros los atendíamos», cuenta a Diario RÍO NEGRO. Había noches en las que se quedaban en el polideportivo, donde les armaban camas. “A veces venían sin comer. Comían muy poquito, a veces nada.
Venían pasados de hambre. Comían con desesperación”, recuerda Gregorio a sus 71 años, con la memoria intacta como si hubiera sido ayer. En medio de ese tránsito silencioso hacia la guerra, el hospital y algunos de sus trabajadores se volvieron refugio.
Ahí comían, descansaban y, por un rato, dejaban de ser soldados para volver a ser jóvenes. Estaban en situación de extrema vulnerabilidad: con frío, hambre y desamparo. En su rol como trabajador de salud, los atendió, cuidó y ayudó; pero también formó vínculos con esos hombres anónimos, dispuestos a entregar sus vidas.
Él mismo les prestaba ropa para que pudieran salir a divertirse un rato. “Había un boliche a dos cuadras del hospital”, recuerda. “Ellos tenían la necesidad de ver a alguien, de divertirse, venían tan tristes de haberlos arrancado de los brazos de su familia”, recordó. En Gregorio, encontraron a un amigo. Su rol fue más allá de la atención sanitaria.
Les ofrecía abrigo y hasta los ayudaba a encontrar ese momento de distracción. En ese vínculo inesperado, nació la confianza. Antes de partir hacia las islas, algunos soldados le dejaron sus pertenencias más preciadas: amuletos, cantimploras, vasos y cubiertos de metal, comidas enlatadas.
Eran objetos simples, pero cargados de significado y de valor sentimental. Se los confiaron a él para que los cuidara hasta su regreso. Hoy no se sabe con certeza quienes volvieron al continente, lo cierto es que Gregorio hoy es poseedor de ese legado. “Me regalaron esta cajita de ración de comida que está intacta, pero no la quiero tocar porque las galletitas están envasadas al vacío.
Ya el papel higiénico está desapareciendo”, asegura. “La cantimplora era de uno de ellos, no me acuerdo el nombre. Me la dejó para cuando volviera, pero no volvió. Yo llamé por teléfono a la casa de la mamá y me dijo que no había vuelto.
Se puso a llorar”, agrega. “La madre lo esperaba”, dice Gregorio y aún se angustia a pesar de que pasaron más de cuatro décadas. En una libreta quedaron anotados algunos teléfonos que los soldados le habían dado. Gregorio se animó a marcar uno.
Otro quedó sin llamar, por miedo a confirmar lo irreversible. Hoy, esas pertenencias siguen intactas en su casa de Villa Regina. Son reliquias silenciosas que hablan de la guerra desde otro lugar: el de la humanidad, el desarraigo y la esperanza truncada. “Esto no se puede perder”, afirma.
Historias de Malvinas: un lugar para la memoria Contar la historia lo moviliza, al tocar con sus manos esas pertenencias cargadas de significados. Para el enfermero de vocación, conservar esos recuerdos no es solo una decisión personal, es una forma de construir memoria colectiva y de resistir al olvido. Desde hace años, Gregorio sueña con crear un espacio, ya sea un museo, un espacio de memoria, donde esos objetos puedan ser vistos públicamente.
Su proyecto es encontrar un lugar para poder exhibir estos objetos y que no pierdan valor, que sirvan para la educación para las nuevas generaciones. Él quiere que cuenten lo que él mismo vio: la fragilidad de esos jóvenes, la solidaridad en medio de la incertidumbre, y el peso de una ausencia que nunca se cerró. Gregorio Garzoglio: una vida marcada por la solidaridad Gregorio Garzoglio tiene 71 años y es un vecino destacado en Villa Regina y en Las Grutas.
Fue el primer enfermero de esa ciudad balnearia. Su vida laboral empezó como agente sanitario cuando tenía 20 años. Luego se recibió de licenciado en Enfermería en una universidad privada en Buenos Aires. “Fui el primer enfermero en Las Grutas en el año 1974 cuando vivía en San Antonio”, cuenta.
Recuerda aquellas épocas en las que viajaba todos los días al centro periférico a trabajar. En su barrio, es común verlo entre peines y navajas cortando el pelo, despuntando su oficio de peluquero y también, cuidando a algún enfermo sin atención. Recolectar muestras médicas para quienes no tienen obra social es otra de sus tareas solidarias.
En todos lados deja huellas. Siempre busca la forma de ayudar y que otros ayuden a ayudar. Gregorio es experto en crear una cadena de solidaridad invisible, sin límites. “Hago trabajos de enfermería y no cobro en dinero.
A cambio pido algún alimento para la gente que no tiene”, dice. Hoy está jubilado: cumplió 48 años de servicio en salud pública de Río Negro, pero los vecinos y pacientes más vulnerables sigue esperándolo todos los días, a la vuelta de la esquina. En Regina, le pusieron su nombre al Centro de Atención Primaria de la Salud (CAPS) barrio Nuevo donde trabajó 25 años.
En una caja pequeña, el tiempo parece haberse detenido. Hay galletas envasadas al vacío, un calentador en gel, fósforos y un sobre que aún conserva una consigna intacta: “Por la recuperación de nuestras Islas Malvinas”. Son fragmentos de vida de personas que nunca volvieron y hoy habitan en la casa de Gregorio Garzoglio.
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