Hablar con hamburguesas
“La tecnología puede curar, conectar, educar (…), pero también generar nuevas injusticias” (Del papa León XIV)
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“La tecnología puede curar, conectar, educar (…), pero también generar nuevas injusticias” (Del papa León XIV)
- Hablar con hamburguesas “La tecnología puede curar, conectar, educar (…), pero también generar nuevas injusticias” (Del papa León XIV) Cuando era estudiante de secundaria...
- Jamás pensé que iba a dedicarme a las ciencias médicas. ¿Por qué entonces recurría con avidez creciente a ese texto?
- Porque sentía que daba respuestas a mis desvaríos hipocondríacos de adolescente
- El arzobispo de Buenos Aires, por su parte, alertó sobre “los que hacen terrorismo en redes sociales”, a lo que un día más tarde Javier Milei respondió que lo de terrorismo le parecía una exageración
Hablar con hamburguesas “La tecnología puede curar, conectar, educar (…), pero también generar nuevas injusticias” (Del papa León XIV) Cuando era estudiante de secundaria, solía consultar con frecuencia creciente el libro de anatomía, cuya lectura era obligatoria en el “Normal de Avellaneda”. Jamás pensé que iba a dedicarme a las ciencias médicas. ¿Por qué entonces recurría con avidez creciente a ese texto?
Porque sentía que daba respuestas a mis desvaríos hipocondríacos de adolescente. Con la llegada de internet, la cosa se complicó. Ya no había una respuesta escueta, general y, por ende, poco dañina para la angustia.
Aparecieron miles y cualquier dolor de cabeza nocturno se transformaba en “cáncer de almohada” en mi terrorífica e incauta interpretación. Pues bien, uno creía que nada podría superar al diagnóstico siempre mortal del Doctor Google hasta que apareció la Inteligencia Artificial, con definiciones basadas en algoritmos tan malditos que no solo saben qué buscamos según lo que buscamos, sino cómo asustarnos más cuando ya estamos lo suficientemente asustados. En una muy buena columna de opinión del colega Andrés Krom, titulada “¿Sueñan los humanos con inteligencias artificiales?”, se daba cuenta de que cada vez son más quienes tienen incluso pesadillas vinculadas a la tecnología: desde hablar con la IA como si fuera una persona real, perder el trabajo por culpa de ella o transformarse en un títere de su voluntad.
Tanto preocupa esta cuestión que hasta el papa León XIV advirtió sobre las injusticias que pueden generar las nuevas tecnologías y llamó a impedir que la IA sin regulación termine reemplazando al ser humano. El arzobispo de Buenos Aires, por su parte, alertó sobre “los que hacen terrorismo en redes sociales”, a lo que un día más tarde Javier Milei respondió que lo de terrorismo le parecía una exageración. Pero vayamos al lado bueno de este cambio.
No todo tiene que ser un susto. Depende de cómo usemos las nuevas herramientas. ¿O no se habrán espantado los primeros que lograron hacer fuego o los que vieron girar la rueda la primera vez?
¡Con las satisfacciones que esos descubrimientos nos dieron! El problema es no pasarse de vivo ni dejar que la IA tenga la última palabra. Lo corroboré caseramente el fin de semana pasado cuando tuve que quedarme al cuidado de la vivienda de un millennial.
En otra época, las indicaciones hubieran ido por el lado de dónde estaban el disyuntor, el cierre del paso del gas o el control remoto de la tele y, obviamente, quedarnos con un juego de las llaves de la casa. Pues no. No me instruyó sobre nada de eso.
En cambio, me tomó la huella digital para que ingresara con solo portar mi índice derecho, me aclaró que su casa era completamente eléctrica, al tiempo que me rogó que no tocara ningún interruptor, que cada cosa se la tenía que pedir a Alexa, la asistente virtual creada por Amazon, porque todo estaba configurado para funcionar por comandos. Le confieso, querido lector, que ya la conocía a Alexa, pero una cosa es saber de ella y otra convivir juntas. Al principio me dio cosita entablar conversación con un aparatito con forma de hamburguesa aplastada, pero después casi que nos hicimos amigas: “Alexa, encendé las luces del living”.
Y Alexa las encendía. “Alexa, quiero que las luces de la habitación sean azules”. Y el cuarto se transformaba en un boliche. “Alexa, me voy a dormir”, y Alexa me dejaba a oscuras en el centro de la vivienda estilo dopamínico confiada a mi cuidado. No solo eso: la extraña hamburguesita me contó chistes, bajó y subió el volumen de Spotify y cambió de canción respondiendo a mis caprichos, al igual que encendía y apagaba la tele cada vez que se lo pedía.
El problema fue cuando me quise hacer la graciosa diciéndole que entre ella y Siri, el asistente virtual de Apple, me quedaba con Siri. ¡Se enojó! Pero qué tupé la “señorita”.
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