
- Alumnos de diferentes escuelas difundieron amenazas de tiroteo, apoyaron el bullying y anunciaron que el colegio se convertiría en una morgue
- De inmediato, nos invadieron el miedo y el espanto por algunos hechos y por lo que podría ocurrir
- A partir de ese momento, y al unísono, políticos, periodistas y opinión publicada (pues eso es la opinión pública) entremezclaron explicaciones e indignación...
- Urge, pues, hallar soluciones y resulta entendible el estupor que estos sucesos nos provocan
Alumnos de diferentes escuelas difundieron amenazas de tiroteo, apoyaron el bullying y anunciaron que el colegio se convertiría en una morgue. De inmediato, nos invadieron el miedo y el espanto por algunos hechos y por lo que podría ocurrir. A partir de ese momento, y al unísono, políticos, periodistas y opinión publicada (pues eso es la opinión pública) entremezclaron explicaciones e indignación, así como tentativas de responder al problema de diversos modos. Urge, pues, hallar soluciones y resulta entendible el estupor que estos sucesos nos provocan. Sin embargo, me pregunto si es honesto que nos sorprendan, si es profundamente genuino que quedemos desconcertados ante la irrupción de estas violencias y amenazas. Dicho de otro modo, quizá haya algo de autocomplacencia en esa reacción, al menos, si entendemos que las preguntas más verdaderas y conducentes no refieren al por qué de esos hechos, sino, más bien, a por qué no hicimos antes otra cosa. Aunque aun no sabemos el trasfondo cierto de estas amenazas, ignoramos si surgieron en un grupo de adolescentes que luego se fueron contagiando entre sí, o si es un plan organizado y coordinado desde algún subsuelo ominoso, es necesario sostener que tras la violencia adolescente su telón de fondo siempre es el desamparo. De hecho, lo primero que pensé, el primer nexo que comprendí, es que no mucho antes en nuestro país se legisló la baja en la edad de punibilidad. ¿Acaso no sabíamos de antemano que encarcelar adolescentes porque hay que poner “penas de adultos para delitos de adultos”, como les place decir a los libertarios, no previene la violencia, sino que la instala, desampara a niños y adolescentes y los arroja, en consecuencia, a la misma violencia que se pretende sancionar? Ante un discurso que no disfraza su propio sadismo, e insiste en que la violencia es causa de la inseguridad, no dejamos de advertir un vínculo inverso, pues cuando prevalece la inseguridad, por falta de trabajo, salud y educación, su consecuencia puede ser la violencia. Del mismo modo, la ley de reforma laboral no genera más empleo ni mejores salarios, sino que precariza y excluye de manera creciente, y no cabe esperar algo muy distinto de la reforma de la ley de salud mental. Insisto, ¿por qué debería llamarnos la atención un aumento en la violencia adolescente, si el gobierno golpea a los jubilados, insulta a los discapacitados, dispara a los periodistas y despide a decenas de miles de trabajadores? ¿Por qué tendría que asombrarnos que surjan focos desorganizados de agresividad, cuando el presidente de la Nación ostenta una retórica cruel en cada uno de sus discursos? Aunque no necesitábamos ninguna confirmación, el gobierno libertario es la prueba más palmaria de la validez de aquello que hace 500 años sostuvo Erasmo de Rotterdam: “si un monarca es víctima de cualquier pasión funesta, esta, por haber hecho presa en quien tan alto está, se contagia enseguida al pueblo”. En suma, nada de esto debe sorprendernos cuando el partido que nos gobierna no es más que una escuela de amenazas. De todos modos, que no haya motivos para sorprendernos, no significa que no debamos hacer nada. *Doctor en Psicología. Psicoanalista.
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