"Entre la elección y la máscara social"
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- ¿Cuánto de nosotros damos y cuánto escondemos?
- Dar lo verdadero es un acto de coraje: mostrar el dolor, la duda, el miedo y la fragilidad, sin la mentira de una sonrisa perfecta
- La sociedad nos enseña a disfrazarnos, a vender o regalar imágenes de lo que creemos que debemos ser
- Ricardo Olaviaga [email protected]
¿Cuánto de nosotros damos y cuánto escondemos? Dar lo verdadero es un acto de coraje: mostrar el dolor, la duda, el miedo y la fragilidad, sin la mentira de una sonrisa perfecta. La sociedad nos enseña a disfrazarnos, a vender o regalar imágenes de lo que creemos que debemos ser. Y a menudo llegamos a creerlo, influenciados por lo que la sociedad pretende de nosotros. Pero cada intento de impostura deja vacío el lienzo de nuestra existencia.
Escapar de esa tentación, que con frecuencia se convierte en adicción, de “hacer creer” lo que no es, y peor aún, creer uno mismo aquello que no es más que una ficción de la idealización y el deseo, es difícil. También es difícil dejar de aferrarnos a la cruz cuando los clavos desaparecieron, y tomar conciencia de que esa flor que amábamos ya no está, para sembrar en ese mismo lugar nueva vida y belleza.
“El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher y “Reír llorando”, de Juan de Dios Peza, y tantas otras obras literarias dan cuenta de esa imagen nuestra que obsequiamos a los demás, engañando y engañándonos, ¿para qué?
Existen al menos dos universos paralelos: uno, el de la imagen deseada, la idealización que forja la imaginación. Este, probablemente, halle su origen en querer compartir una realidad mejor con los demás, en no aceptar la realidad y guardarla en una caja de regalo bella para disimularla. El otro universo, el de la autenticidad, el de la búsqueda del ser por sobre la imagen de lo que se desea ser, es el que nos obliga a “trabajar” en nosotros mismos.
Lo cierto es que todas esas risas y alegrías falsas que utilizamos para impostar, forzando artificialmente esa voz que nos habla desde la intimidad, no son realidad ni verdad. De allí que, inmersos en contradicciones, padecimientos y flagelos, en vez de observarlos y confrontarlos con franqueza, nos cueste menos convertirnos en artistas que lanzan pinceladas de felicidad inexistente, sobre el lienzo de las existencias: personal, familiar y social. Tal vez dar de nosotros no sea mostrar lo mejor, sino lo verdadero. Porque solo cuando dejamos de representar un personaje comienza, por fin, la vida que nos pertenece.
La autenticidad duele, pero libera. La ficción consuela, pero encierra. Toda vida, tarde o temprano, debe elegir en cuál de las dos habitar... o será elegida por la sociedad.
Aldo Cristian Alí [email protected]
El peronismo, el kirchnerismo, el radicalismo y la casi inexistente izquierda, es decir todos los que representan al populismo y el colectivismo en la Argentina, alientan el crecimiento del Estado en desmedro del sector privado y los individuos. Piensan, con más interés propio que convicción moral, que un Estado paternalista debe proveer a las personas aquello que ellas no pueden proporcionarse con trabajo y esfuerzo individual. Y a eso lo llaman justicia social para disfrazar lo opuesto que promueven. Ellos no piensan en el bien común , sino más bien en cómo apropiarse del voto para perpetuarse en el poder y administrar las cajas del Estado que alimenten la corrupción endógena (la casta corrupta).
El liberalismo, reinstalado por el voto de la mayoría, ha venido nuevamente a romper con todo eso y proponer un cambio cultural que haga la Argentina grande nuevamente. Pero este proceso debe ser inmaculado y sin dudas ni confusiones. Los funcionarios del Ejecutivo deben irradiar pureza y transparencia a los otros poderes, especialmente a la Justicia. Debe ser ejemplo para la sociedad en todo momento y en todo lugar. Es obligación de los ciudadanos que apoyamos el cambio estar atentos para advertirle al Gobierno cuando ese proceso esté en peligro por equivocaciones o distracciones de los funcionarios (incluido el Presidente). No se pueden usar los recursos del Estado para fines propios, sea subirse al avión presidencial o promover un negocio privado; no se debe insultar a otros conciudadanos y tampoco deslomarse de vicio en la gestión. No se puede ni se debe aceptar que la gestión del poder a veces justifica el apartamiento de los fundamentos ideológicos que son políticos, económicos y morales.
Pablo Gay [email protected]
Hay un dicho que dice: “El engreimiento es una forma de cercenar la iniciativa de quien lo recibe”. No hay peor cosa que creer que uno con soberbia es superior a los demás o es el dueño de la verdad. Estar en un cargo público no te convierte en un todopoderoso, te obliga a cumplir con tu deber, ser austero y rendir cuentas.
Si se llama a una conferencia de prensa y se permite a los presentes hacer preguntas, hay que dar respuestas, en especial si quien convocó a ese encuentro está cuestionado y llama para aclarar lo explicable o inexplicable. El jefe de Gabinete quiso excusarse de acciones objetables, y fue muy agresivo en sus respuestas a sus ex colegas. El poder no le da derecho a avasallar a nadie, sólo un engreído, sin valores y desubicado, se comporta así.
Rodolfo C. Castello [email protected]
El reciente acuerdo Unión Europea - Mercosur sumado a otros de libre comercio, reduciendo los impuestos a la importación, favorecen netamente las actividades de los países que tienen actividades eficientes. Así por ejemplo, nuestro país -que es el más eficiente en agricultura y ganadería- disfrutará de poder exportar granos y carnes inclusive con valor agregado al mundo con éxito. Ahora recién se ha lanzado a extraer petróleo, gas, cobre, litio, tierras raras. Sucede lo contrario con la ropa y calzado pues es más barato viajar a distintos países cercanos a comprarlos. Argentina no tiene la maquinaria actualizada para producir ropa y calzado ni tampoco tiene escala. Por lo tanto, las empresas que no cuentan con sus equipos y máquinas modernizados si no se actualizan, desaparecerán. El Estado ya no subvenciona actividades que han caído en la ineficiencia. Es el duro camino de la competencia. El fluido comercio internacional, cuasi liberado, cubrirá los baches para que en todos los lugares todos los productos estén disponibles;es el mundo más globalizado que se viene.
Ricardo Olaviaga [email protected]
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