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El modelo de país: Noruega, un ejemplo virtuoso en el que la Argentina podría mirarse

Con un fondo soberano que ya alcanza los 2 trillones de dólares, el país nórdico blindó su economía; las claves de un modelo de ahorro que interpela el futuro energético local para la próxima década

28 de marzo de 2026Actualizado hace menos de un minuto12 min de lectura2 lecturasComentarios

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El modelo de país: Noruega, un ejemplo virtuoso en el que la Argentina podría mirarse
#dólar#empleo
Lo esencial

Con un fondo soberano que ya alcanza los 2 trillones de dólares, el país nórdico blindó su economía; las claves de un modelo de ahorro que interpela el futuro energético local para la próxima década

  • El modelo de país: Noruega, un ejemplo virtuoso en el que la Argentina podría mirarse Con un fondo soberano que ya alcanza los 2 trillones de dólares...
  • La explicación de por qué crece el PBI pero cae el empleo (200.000 puestos de trabajo menos en el sector privado formal entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025) está ahí
  • Lo mismo para la suba del desempleo hasta el 7,5% en el cuarto trimestre de 2025
  • Si el año está signado por las 4T (Transformación, Transición, Tensión y Tiempo), el marco de acción se está enmarcando alrededor de 5P (Precisión, Priorización, Producto, Portafolio y Proacción)

El modelo de país: Noruega, un ejemplo virtuoso en el que la Argentina podría mirarse Con un fondo soberano que ya alcanza los 2 trillones de dólares, el país nórdico blindó su economía; las claves de un modelo de ahorro que interpela el futuro energético local para la próxima década - 12 minutos de lectura' El producto bruto interno (PBI) creció 4,4% el año pasado. Sin embargo, tanto las encuestas como los estudios cualitativos del mes de marzo muestran una creciente incomodidad e incluso malestar en buena parte de la población. ¿Cómo se explica lo que en apariencia emerge como una disonancia cognitiva?

¿De qué están hechas estas ideas en conflicto? De una triple dualidad que se consolida y que afecta tanto a la macroeconomía como al humor social y al consumo. Eso condiciona la gestión de las empresas y sus marcas, así como las perspectivas de la política de cara a la crucial elección presidencial de 2027.

La primera de esas dualidades, a esta altura, ya está muy clara: una macroeconomía con algunos motores encendidos muy fuertes como petróleo y gas, minería y el agro. Se suma el sector financiero, a pesar de que los dos últimos trimestres fueron complejos por la violenta suba de la mora en los créditos otorgados a las familias y a las personas, sobre todo prendarios y tarjetas de crédito, ambos arriba del 11% de impago en término en enero 2026. Y otros sectores con débil performance: construcción, industria y comercio.

Se suma turismo receptivo. Los cuatro fuertes generadores de mano de obra intensiva. La explicación de por qué crece el PBI pero cae el empleo (200.000 puestos de trabajo menos en el sector privado formal entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025) está ahí.

Lo mismo para la suba del desempleo hasta el 7,5% en el cuarto trimestre de 2025. El sector informal comienza a mostrar signos de agotamiento para absorber lo que sale de la formalidad. Esta dualidad correlaciona con las clases sociales.

Aquellos que tienen un trabajo formal o son autónomos con una buena situación se concentran en la clase alta; la media alta y la porción superior de la media baja (30% de las familias) tienen una mejor situación. Sus ingresos le empataron a la inflación o casi, y más que duplicaron en dólares. En el resto de la pirámide social, la situación es más compleja.

Allí hay mucha más informalidad. Un patrón estructural que se agudiza en los últimos meses, aunque con algunas novedades: la clase media baja comienza a aceptar con cierta resignación su nuevo estándar de vida uno o dos escalones más abajo. Sabe que no se va a recuperar pronto.

Solo desea no caer más. Por el contrario, la incomodidad comienza a llegar a la clase media alta. Es lógico que el consumo sea un reflejo de ambas dualidades, transformándose así en la tercera que encadena una configuración, hasta aquí, coagulada.

Los sectores que crecen, y mucho, son aquellos a los cuales les alcanza con llegar a los estratos más altos de la población: venta de autos, viajes al exterior y venta de inmuebles ya construidos. Se agregan motos, como una expresión más de la fragmentación del mercado: es un medio de transporte más económico. Los que dependen de la transversalidad, de abarcar al grueso de los ciudadanos, se encuentran con las restricciones de poder adquisitivo y las necesidades de recortar gastos.

Si bien es cierto que en 2023 se consumía “fingiendo demencia”, por una inflación desmadrada del 211% anual, es una vara que tampoco puede soslayarse porque las estructuras productivas y comerciales estaban diseñadas para esos volúmenes de venta. ¿Es este el peor momento del consumo? No.

De ninguna manera. Eso ocurrió en 2024. El consumo masivo cayó 14% interanual y la construcción 28%.

Lo que sucede es que en aquel momento se daba por descontada la caída asumiendo una corta duración. Hoy, viendo los resultados del periodo de dos años acumulado y que este arranque del año confirma dichas tendencias, todo luce más preocupante. Lo que empeoraron fueron las expectativas.

A eso se suma el efecto de erosión de más de dos años. Las percepciones no necesariamente se alinean tempranamente con los hechos objetivos, pero sí se conectan. Para las empresas, la etapa diagnóstica terminó.

El modelo es este y fue convalidado por la sociedad en las urnas en octubre pasado. El mercado es este: no se les puede pedir más de lo que es capaz de dar. “Es lo que hay”. Ahora están tomando decisiones asumiendo que así son las cosas.

Para bien y para mal de cada caso. Si el año está signado por las 4T (Transformación, Transición, Tensión y Tiempo), el marco de acción se está enmarcando alrededor de 5P (Precisión, Priorización, Producto, Portafolio y Proacción). Para la política y los ciudadanos la gran pregunta se abre de cara al futuro.

Sabiendo que el país tiene una oportunidad histórica por delante —traccionada por el petróleo, el gas, la minería y el agro— que tiene el potencial de reconfigurarlo todo: ¿en qué consistirá, finalmente, ese futuro? ¿Vale la pena mantener el esfuerzo hasta llegar allí? ¿Para cruzar ese puente de cinco años, hay que hacer nuevas concesiones?

¿Es eso posible o en el tránsito hacia allí las cosas mejorarán progresivamente? No hay un futuro, como tampoco lo hay en el convulsionado mundo actual. Solo hay futuros posibles.

Mejores y peores. Veamos la más atractiva de las hipótesis que vale la pena conocer un poco más en detalle. ¿Por qué?

Porque dadas las circunstancias, el “modelo de país” será un debate creciente en la agenda pública. El modelo Noruega Cuando Noruega descubrió las reservas petroleras de ultramar que cambiarían su historia, en lugar de gastarlas desmesuradamente en goces de corto plazo, creó un fondo de inversión que las terminaría multiplicando. A tal punto que hoy es uno de los casos de éxito económico más estudiados del mundo.

A diferencia de muchas naciones que sufrieron la llamada “maldición de los recursos naturales”, esa especie de efecto riqueza, propia de una herencia que nunca termina de ser bien apropiada y, por lo tanto, aunque luzca inverosímil, se malgasta hasta dilapidarse, Noruega logró transformar un recurso finito en una fortuna sostenible y creciente. Descubrió los recursos en las proximidades de la Navidad de 1969, cuando las inversiones de perforación en el Mar del Norte, que venían realizando varias compañías de renombre en la industria del petróleo, estaban a punto de rendirse y cambiar de destino. El yacimiento Ekofisk terminaría siendo uno de los campos petroleros marinos más grandes jamás encontrados.

Ahora bien, eso solo no es garantía de éxito. Podríamos decir que, como siempre, contar con el dinero adecuado es una condición necesaria, mas no suficiente. Todo depende de qué se haga con él.

Mismo dilema al que se verá expuesta la Argentina más temprano que tarde. Probablemente, como se proyecta, entre 2030 y 2035. Si Noruega hubiera optado por el atajo y la fiesta, habría caído en la famosa “enfermedad holandesa” de la era de los tulipanes.

Auge desmedido de los precios, llegada masiva de inversiones con un solo foco, apreciación abrupta de la moneda, pérdida de competitividad en todos los demás sectores de su economía, sobre todo pesca y manufacturas, y el alto riesgo que implica depender de un único sector. Cuando eso, por algún motivo, pierde fuerza, todo lo demás se desmorona. El plan B era entregar los recursos al 100% a las compañías extranjeras y solo cobrar las regalías de la explotación.

Y el plan C, finalmente aplicado, fue el conocido como “modo noruego”. El plan C fue un manejo con fuerte reglamentación e injerencia del Estado para orientar el uso y la apropiación de esa nueva riqueza, sin desdeñar la inversión privada, pero gravando su operación con tasas que entendieron justas dado el premio al que accedían los inversores. Sin embargo, de todo eso, lo más importante es algo tan simple como ocurre en cualquier familia ante la llegada de un dinero imprevisto: ya sea una herencia, hacer un buen negocio o ganarse la lotería.

Decidieron ahorrar e invertir en lugar de gastar desmesuradamente. Y lo hicieron con una visión de muy largo plazo. Optaron, como en la fábula que originalmente se atribuye a Esopo en la tradición oral griega (siglo IV a.

C) y cuya versión más famosa sería ampliada y publicada por el francés La Fontaine el 31 de marzo de 1668, por el camino del esfuerzo de la hormiga, en lugar del dispendio alegre y coyuntural de la cigarra. La fábula con el tiempo tuvo sus controversias y, de algún modo, expresa la tensión entre dos filosofías de la antigüedad: la estoica (sacrificio y templanza) y la epicúrea (goce y disfrute). Como suele suceder, una mirada contemporánea inteligente, las presenta mucho más como complementarias y demandantes de articulación, que como contradictorias o antagónicas.

Lo cierto es que, rápidamente, los noruegos decidieron ponerse en “modo hormiga” para poder llegar luego a tener “momentos cigarra”. Ya en 1972 crearon la compañía estatal Statoil. Además, las empresas petroleras pagaban impuestos muy altos, cercanos al 80%.

Todas esas son políticas de Estado, que diferentes modelos económicos pueden discutir y abordar de distintas maneras. Pero lo más importante de todo no fue eso, sino otra decisión que tomaron: las riquezas originadas en la extraordinaria riqueza natural no volverían al petróleo, sino que se administrarían de una forma separada y completamente independiente. Fue así como en 1990 crearon el llamado Fondo de Pensiones del Gobierno Global, más conocido como Fondo del Petróleo, que solo se invertiría en el extranjero.

¿Para qué? Para evitar una inflación desmesurada por la abrupta aparición de dinero y la creación de burbujas, como podría haber sido en el sector inmobiliario, a esta altura del mundo, un clásico. En 1996, hicieron su primer depósito.

El fondo, como cualquier fondo de inversión, invierte en diferentes opciones para diversificar el riesgo, en este caso todas fuera del petróleo, y reinvierte sus dividendos. Buena parte de ese fondo se orientó a sostener los pilares del Estado de bienestar: una educación, una salud y una infraestructura pública de clase mundial. Lo llaman “el blindaje” de una “riqueza invisible” (que, de hecho, no lo es, porque cada ciudadano puede acceder a la información de la cotización del fondo a través de la web) para poder brindar servicios públicos de primer nivel mundial sin romper la estructura productiva ni económica del país.

El Gobierno, por ley, solo puede utilizar el 3% de esos fondos por año, que es la utilidad esperada. Es decir, nunca toca el capital. Recibe una especie de cheque anual de sí mismo.

Todo un ejemplo de conducta sostenible en el tiempo que ha dado profundos resultados. Con ese cheque cubre aproximadamente el 20% de todo el gasto público nacional del país. Como el gobierno tiene ese 20% “extra” cubierto por el fondo (dinero que no tuvo que salir de impuestos a los ciudadanos), puede permitirse lujos que otros no.

El primero de ellos es una educación pública de calidad. El país puede gastar más por alumno que casi cualquier otra nación, manteniendo universidades gratuitas y de primer nivel, no solo porque cobra impuestos, sino porque las ganancias de sus acciones en Wall Street subsidian ese gasto. A su vez, realiza fuertes inversiones de infraestructura.

La geografía de Noruega (fiordos, montañas) hace que construir carreteras y túneles sea carísimo. Sin el fondo, conectar las ciudades pequeñas sería inviable económicamente. El fondo permite financiar obras faraónicas (como túneles submarinos) para conectar pueblos pequeños, manteniendo vivas las zonas rurales y evitando la migración masiva a una sola capital.

Por otra parte, logró evitar “la manta corta”. Al sacar los dólares del petróleo fuera del país, Noruega evita que su moneda se vuelva tan cara que sus otras industrias (pesca, tecnología, naval) quiebren. Esto protege los empleos no petroleros.

Es decir, la citada y emblemática “enfermedad holandesa”. Incluso puede, como lo hacen los fondos privados de inversión, tomar riesgos, dado que el país no depende únicamente de eso. Invierten en innovación y tecnología verde sin temer a la bancarrota si algo sale mal.

Por último y nada menor, Noruega tiene una de las desigualdades sociales más bajas del mundo. El fondo permite mantener una red de seguridad social tan densa que “fracasar” en Noruega es muy difícil. Si se pierde el empleo, el Estado tiene los recursos (respaldados por el fondo) para reentrenar a los trabajadores y que se vuelvan a insertar en el ámbito laboral.

Hoy el caso noruego es visto en el mundo como un ejemplo de éxito, no solo económico –es el fondo más valioso del mundo, tiene el 1,5% de todas las acciones emitidas a nivel global y, luego de un crecimiento exponencial, alcanzó en 2025 un valor aproximado de 2 trillones de dólares-. ¿Será este el modelo de país que decida la Argentina y los argentinos cuando llegue ese momento? ¿O se inclinará por otros de baja performance donde la nueva riqueza no logra dinamizar aquellos sectores alejados de sus territorios de generación, profundizando, de ese modo, las múltiples dualidades ya existentes?

¿Inventará, como en tantas otras cosas, una versión sui generis, a mitad de camino entre un extremo y el otro que, aun sin ser Noruega, permita a sus ciudadanos vivir en un país mejor y recuperar parte de la clase media que se fue quedando en el camino tras las sucesivas crisis económicas? Quizás este sea uno de los interrogantes estratégicos más relevantes que tenemos por delante. De su respuesta dependerán muchas otras.

Fuente: La Nación|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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