El mito del voto evangélico en Córdoba
Aunque el sector tiene fuerte presencia territorial y un fuerte trabajo social en barrios populares, no logra traducir esa influencia en poder electoral organizado. La fragmentación interna, la diversidad de los fieles y la ausencia de liderazgos unificados diluyen su impacto en las urnas
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Aunque el sector tiene fuerte presencia territorial y un fuerte trabajo social en barrios populares, no logra traducir esa influencia en poder electoral organizado. La fragmentación interna, la diversidad de los fieles y la ausencia de liderazgos unificados diluyen su impacto en las urnas
- Cada vez que el calendario electoral se activa o emerge una figura como la de Dante Gebel, reaparece una idea tan instalada como sobreactuada: la del “voto evangélico” como un bloque homogéneo...
- En Córdoba, esa hipótesis está muy lejos de la realidad
- Antes de la irrupción mediática de Gebel, el tema se instaló tras el intento de conformar en la provincia el partido Una Nueva Oportunidad (UNO) un espacio...
- A diferencia de lo que ocurre en otros distritos —y ni hablar de Brasil— en Córdoba no existe un liderazgo evangélico único ni una estructura capaz de “ordenar” el voto
Cada vez que el calendario electoral se activa o emerge una figura como la de Dante Gebel, reaparece una idea tan instalada como sobreactuada: la del “voto evangélico” como un bloque homogéneo, disciplinado y capaz de inclinar elecciones. En Córdoba, esa hipótesis está muy lejos de la realidad. Hay presencia territorial, hay trabajo social y hay vínculos políticos.
Pero no hay —al menos por ahora— una capacidad que se torne decisiva a la hora de votar. Antes de la irrupción mediática de Gebel, el tema se instaló tras el intento de conformar en la provincia el partido Una Nueva Oportunidad (UNO) un espacio, que ya logró personería jurídica en Santa Fe y Entre Ríos y que busca (sin éxito) replicar ese esquema en Córdoba. El objetivo, similar al de otras fuerzas transformar capital social en representación política.
El problema es que el punto de partida es mucho más fragmentado de lo que suele suponerse. Córdoba tiene una comunidad evangélica numerosa y muy activa, especialmente en los barrios populares. Allí donde el Estado llega tarde o mal, las iglesias sostienen comedores, merenderos, apoyo escolar y contención frente a la violencia y las adicciones.
Ese trabajo es real y valioso. Pero confundir influencia social con capacidad electoral es un error frecuente que destacan hasta los propios líderes evangélicos. A diferencia de lo que ocurre en otros distritos —y ni hablar de Brasil— en Córdoba no existe un liderazgo evangélico único ni una estructura capaz de “ordenar” el voto.
Los propios pastores lo admiten en off: los fieles votan de manera diversa, cruzados por pertenencias partidarias, trayectorias familiares y contextos locales. Si el voto estuviera realmente alineado, los evangélicos tendrían hoy muchos más representantes legislativos, aseguran. Coincidencias, no disciplinamiento Los vínculos con la política existen, pero se construyen más sobre coincidencias de valores que sobre acuerdos electorales cerrados.
El caso de Encuentro Vecinal y la figura de Aurelio García Elorrio suele mencionarse como ejemplo: allí hubo sintonía ideológica y no un traslado automático de votos. Algo similar ocurre con el diálogo que distintos gobiernos mantuvieron con referentes evangélicos. Desde Juan Schiaretti hasta Martín Llaryora, pasando por gestiones municipales y legislativas, todos entendieron que la red evangélica es un actor social relevante, pero ninguno la trató como un socio electoral determinante.
La comparación con Santa Fe ayuda a entender el límite cordobés. Allí, el diputado Walter Ghione, presidente nacional de UNO, construyó una relación directa con el gobernador Maximiliano Pullaro. En ese contexto, el evangelismo funciona como aliado territorial del Estado, especialmente en la disputa contra el narcotráfico en Rosario.
Córdoba es otra cosa. Más grande, más fragmentada, con un sistema político donde ningún sector religioso logra hegemonizar una porción relevante del electorado. La eventual constitución de UNO en la provincia podría aportar visibilidad y organización, pero no altera ese dato estructural.
Lo mismo si Gebel se decidiera a conformar un nuevo espacio en esta provincia. Mucho músculo social, poco peso electoral El evangelismo cordobés tiene potencial, pero su fortaleza hoy no está en las urnas sino en el territorio. Pretender que ese capital se convierta automáticamente en votos es desconocer cómo se comporta el electorado provincial.
Por eso, más que preguntarse cuánto pesa el voto evangélico, la pregunta más atinada sería otra: qué proyecto político puede interpelar a una comunidad diversa sin reducirla a un estereotipo electoral. Mientras esa respuesta no aparezca, el “voto evangélico” seguirá siendo lo que es hoy en Córdoba: un mito más potente en el discurso que en las urnas.
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