El Gobierno, en alerta por la inflación de septiembre: el dato que podría poner en jaque el “relato” económico
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- El anticipo ya lo dio la inflación de septiembre de la ciudad de Buenos Aires, con un respingo del 1,7% al 1,8%
- El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que elabora el Banco Central proyecta un 1,9% para el índice de precios nacional
- Las comparaciones son odiosas, pero el Plan de Convertibilidad que lideró el exministro Domingo Cavallo en el gobierno de Carlos Menem arrancó en abril de 1991, luego de varias hiperinflaciones...
- En realidad, los propios informes del Banco Central dan cuenta de que la base monetaria se quintuplicó desde que asumió Milei: de 10 a 50 billones de pesos
Si el riesgo país supera los 600 puntos, es por el “riesgo kuka”. Si se produce una corrida al dólar, es por el “riesgo kuka”. También es “riesgo kuka” si no vienen suficientes inversiones como para garantizar el crecimiento económico futuro y la creación de nuevos puestos de trabajo.
Es la explicación favorita del ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, y del propio presidente Javier Milei sobre la realidad económica. Es una excusa un tanto simplista y bastante relativa, pero no deja de tener su cuota de realidad: al bajar la probabilidad de reelección de Milei en las presidenciales del año próximo, aumentan las chances de que vuelva al poder el kirchnerismo, y ahorristas, empresarios y también muchos consumidores se preparan para lo peor. El “riesgo kuka” —o la probabilidad de que lo privatizado se vuelva a estatizar, que los ahorros en dólares se vuelvan a confiscar o pesificar y que los empleados contratados bajo la reforma laboral obtengan cláusulas indemnizatorias que fundan pymes— no es una fantasía: todo eso ya pasó en la triste historia económica argentina del último cuarto de siglo.
Siguen vivos y actuando en la política muchos de los protagonistas de esas peripecias que llevaron a la Argentina a retroceder unos cuantos casilleros en la economía mundial. Pero el gobierno libertario, no puede explicar todo con el “riesgo kuka”: la semana que viene, el INDEC publicará el dato de inflación de septiembre y hay cierta probabilidad de que el número vuelva a empezar con un dos delante de la coma o, en el mejor de los casos, que esté por debajo del 2%, pero con una nueva suba. El anticipo ya lo dio la inflación de septiembre de la ciudad de Buenos Aires, con un respingo del 1,7% al 1,8%.
El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que elabora el Banco Central proyecta un 1,9% para el índice de precios nacional. Algunas consultoras estiman que podría ubicarse entre el 2% y el 2,1%. Sería una muy mala noticia para el Gobierno que la inflación mensual se alejara aún más del “Santo Grial”, que sería bajar al 0,8%.
Ese “número mágico” del 0,79% de inflación mensual sería oro puro para el relato del gobierno de Milei de que logra “pulverizar” la inflación: acumulando un 0,79% mensual durante 12 meses, se obtiene una inflación anual de un dígito, justo por debajo del 10%. El plan económico de Milei no estuvo todavía ni cerca de ese “número mágico” que le permitiría al Presidente proclamar, antes del arranque de la larga campaña electoral de 2027, que la inflación ya está “viajando a un nivel de un dígito anual”, parafraseando al propio Milei. El valor más bajo de inflación que obtuvo su gobierno fue del 1,5% en el mes 18 de su gestión: mayo del año pasado.
Las comparaciones son odiosas, pero el Plan de Convertibilidad que lideró el exministro Domingo Cavallo en el gobierno de Carlos Menem arrancó en abril de 1991, luego de varias hiperinflaciones, y logró esa inflación anualizada de un dígito después de apenas ocho meses, con un 0,4% en noviembre de 1991. Domar la inflación en la Argentina nunca fue fácil, y recién 1993 cerró con una inflación anual de un dígito: 7,4%. Comparando los meses de funcionamiento del plan económico actual con los del plan de Cavallo, sería como si Milei hubiese logrado una inflación anual de un dígito el año pasado, cuando en realidad superó el 31%.
El plan económico de Milei está lejos de ese nivel de estabilización. Durante la convertibilidad, luego de conseguir una inflación anual de un dígito en 1993, los precios siguieron desacelerándose hasta llegar a registrar una inflación de cero o incluso negativa —deflación— a partir de 1996. La política finalmente se cansó de tanta estabilidad y desencadenó el derrumbe del sistema de convertibilidad, que anclaba el peso al dólar, en diciembre de 2001, lo que llevó a la estrepitosa caída del gobierno de Fernando de la Rúa.
Pero, a diferencia de los otros problemas que sigue padeciendo la economía argentina, la inflación indomable no es culpa del “riesgo kuka”: es producto de un error de “diseño” del plan económico actual. Y es que el Gobierno no dice toda la verdad cuando proclama que “ya no se emite más para financiar el déficit fiscal”. En realidad, los propios informes del Banco Central dan cuenta de que la base monetaria se quintuplicó desde que asumió Milei: de 10 a 50 billones de pesos.
Es que Milei no logró salir de la “trampa” de tener que remunerar bonos en pesos con altísimas tasas de interés para evitar que esos fondos se escapen al dólar: es el precio de no haber ido directamente a la dolarización que había prometido en la campaña electoral. Y por más que el “relato oficial” sostiene que este Gobierno no emite más para financiar el déficit fiscal, los precios no le hacen caso: el esquema monetario termina filtrando pesos a la economía, que, a pesar de estar al borde de una recesión, no logra domar la inflación hasta llevarla a un dígito anual. Por eso, Milei arranca un año electoral clave en el “peor de los mundos”, con una economía recesiva y una inflación que se niega a bajar.
El “ancla” del tipo de cambio, con un dólar “clavado” en 1500 pesos, no genera confianza, como quedó demostrado luego del triunfo del peronismo en las elecciones legislativas bonaerenses de septiembre del año pasado. Para aplacar el pánico que sobrevino en los mercados, además del apoyo de Washington con un swap de 20.000 millones de dólares y la compra directa de pesos por parte del Tesoro de Estados Unidos, el “Toto” Caputo no tuvo más remedio que subir las ya altísimas tasas de interés en pesos. En ese sentido, hay que entender la obstinación del Presidente por eliminar las primarias abiertas y obligatorias que se celebrarían en agosto del año próximo.
Si las PASO confirman que podría volver el kirchnerismo, podrían tener un efecto similar al que tuvo la elección bonaerense del año pasado sobre la economía. Podría ser una quimera: aunque logre antes de fin de año un acuerdo político para eliminar las primarias, el año electoral arrancará en diversas provincias en marzo o abril, y esas “previas” podrían tener el mismo efecto nocivo sobre el plan económico, cuatro meses antes de las primarias nacionales. Pero la maniobra para salvar al peso —y al plan económico— con un brutal aumento de las tasas de interés en pesos para aplacar el pánico por la elección bonaerense de septiembre tuvo como resultado un fuerte salto en la morosidad: hoy, seis millones de argentinos están en situación de incobrables y ya prácticamente afuera de la economía.
El propio Milei se desentendió del problema al afirmar que “es un tema entre privados”, cuando los endeudados fueron víctimas de un sistema que precisa tasas de interés cada vez más altas para que los billones de pesos del sistema no corran al dólar. Según la última encuesta de Zentrix, solo el 29% de los argentinos coincide con que “es un problema entre privados y el Estado no debería intervenir”. De hecho, los endeudados también son víctimas de un esquema económico que precisa altísimas tasas de interés para no desbordar.
Para peor, el 67% cree que el INDEC se queda corto a la hora de medir la inflación y el 82% siente que sus ingresos no le están ganando a los precios, por más que la inflación, como problema en sí, haya pasado al décimo lugar en el ranking de preocupaciones que elabora la consultora dirigida por el economista Claudio Montiel. En el fondo, ese resultado hasta podría interpretarse como un “logro” del relato económico: el problema ya no es tanto la inflación, sino el bajo nivel de mis ingresos. Pero sería un triunfo discursivo pírrico: a la hora de votar, al electorado le va a importar menos cuánto dé la inflación que mide el INDEC que el hecho de sentirse más pobre que antes.
Y estará dispuesto a votar a quien le proponga más ingresos y no le hable más de una inflación que —de todos modos— se resiste a bajar.
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