
- Me propongo repensar el estilo más allá de la vieja fórmula parisina de Buffon –“el estilo es el hombre mismo”– que tanto daño nos ha hecho
- Parto de una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ver el estilo con la República y la Revolución?
- Para Enzo Traverso, el populismo es un estilo político indiferente a las doctrinas, pero tenemos que ir más lejos porque el estilo es político, y la política es un estilo
- Buffon, ese naturalista de la Academia Francesa, predicaba orden y norma, pero también despreciaba América: animales débiles, indígenas sin barba ni ardor
Me voy a París a defender una perspectiva descentrada respecto de las grandes palabras (República y Revolución) que denominan al congreso al que llegaré sin ganas. Me propongo repensar el estilo más allá de la vieja fórmula parisina de Buffon –“el estilo es el hombre mismo”– que tanto daño nos ha hecho. Parto de una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ver el estilo con la República y la Revolución?
Para Enzo Traverso, el populismo es un estilo político indiferente a las doctrinas, pero tenemos que ir más lejos porque el estilo es político, y la política es un estilo. Buffon, ese naturalista de la Academia Francesa, predicaba orden y norma, pero también despreciaba América: animales débiles, indígenas sin barba ni ardor. Frente a esa cosmopolítica europea, prefiero una caosmopolítica americana.
Con Lezama Lima, tenemos derecho a pensar que lo americano es barroco: no un estilo degenerescente sino plenario, soldado al paisaje, que produce un vivir completo (lenguaje, vivienda, formas de vida). El estilo no se posee, se atraviesa. Es un ambiente estilístico: un entrelugar natural y cultural.
Klee decía que uno encuentra su estilo allí donde no puede hacer otra cosa. Para Spengler, el estilo es un destino. Hoy la estilometría y el procesamiento de lenguaje natural nos revelan un inconsciente estilístico, patrones invisibles al ojo humano (copio a Benjamin, claro, quien habló del inconsciente óptico a partir de la fotografía).
Además del Barroco de Indias hay otros dos ambientes estilísticos privilegiados para nosotras: el modernismo y el pop latino. He sometido “Sonatina” de Darío a distintos estilos musicales generados por máquinas. La palabra “hipsipila” se convierte en un punto de fallo: la IA se traba, se reinicia.
Entiende el delirio de la princesa, pero no puede recuperar esa palabra del depósito de expresiones potenciales. ¿Qué aprendemos de eso? Que Darío no inventó su estilo sino que lo encontró en el cruce de tres ambientes: el simbolismo pasado por agua, la formación de las naciones latinoamericanas y la cultura de masas (lo que llamo pop latino).
Desde Rubén Darío hasta Bad Bunny, pasando por Manuel Puig, el estilo es una relación de apropiación y desapropiación con el pueblo, con la lengua, con la masa. No es una huella dactilar del autor, sino una atmósfera que se respira. Por eso nuestros destinos (estilísticos y políticos) se definen en relación con esos tres grandes ambientes estilísticos americanos: barroco, modernismo y pop.
Describámoslos y sabremos qué mares y qué selvas atravesamos.
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