El desfiladero de la ortodoxia
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- El callejón que enmarca la política y la economía se le ha empezado a angostar al Gobierno Nacional
- No es por su diagnóstico de base, ni por el todavía interesante acompañamiento social que conserva, sino porque los tiempos de la sintonía fina no se llevan bien con la motosierra
- Para una filosofía que sostiene que el Estado no debe asignar recursos, la inducción de la producción y el empleo en un contexto de estancamiento se vuelve un ejercicio de equilibrio no sólo técnico...
- Históricamente, la Argentina reciente ha pendulado entre extremos
El callejón que enmarca la política y la economía se le ha empezado a angostar al Gobierno Nacional. No es por su diagnóstico de base, ni por el todavía interesante acompañamiento social que conserva, sino porque los tiempos de la sintonía fina no se llevan bien con la motosierra. Al Ejecutivo hoy parece faltarle cierta flexibilidad para encarar una etapa que exige pragmatismo, mientras el bolsillo de los ciudadanos cada día puede menos, la morosidad crece, el empleo no sobra, los indicadores sociales se deterioran y el eco de la guerra, que se refleja en el precio del petróleo, condiciona su carta más ganadora:llevar la inflación al «cero coma», aunque es verdad que el conflicto bien puede funcionarle como una excusa.
Más allá del vértigo diario, condimentado por un proceso electoral que parece haberse anticipado un año, el dilema central de cualquier gestión que abraza el purismo de mercado es cómo hacer para intervenir sin mostrar que se está interviniendo. Para una filosofía que sostiene que el Estado no debe asignar recursos, la inducción de la producción y el empleo en un contexto de estancamiento se vuelve un ejercicio de equilibrio no sólo técnico, sino profundamente ideológico. En ese marco, el gobierno nacional se encuentra ante la pregunta del millón: ¿cómo estimular la economía real sin encender la maquinita ni romper el superávit?
Históricamente, la Argentina reciente ha pendulado entre extremos. Si el kirchnerismo privilegió el consumo interno como motor a costa de la descapitalización y de la distorsión de precios, la gestión actual apuesta todo a la inversión como punto de partida. Sin embargo, la historia económica sugiere que el éxito suele residir en un mix equilibrado: sin inversión no hay crecimiento sustentable, pero sin un consumo mínimo que traccione, la capacidad instalada de las PYME, sobre todo, puede convertirse en un cementerio de máquinas paradas y despidos.
En este escenario, los sectores más ortodoxos buscan reactivar la economía sin romper el dogma. Más allá del indudable respirador que ahora le aporta haber torcido el juicio por YPF, la cátedra libertaria apela al shock de confianza mediante la desregulación, bajo la tesis de que si la producción no arranca no es por falta de estímulos, sino por exceso de trabas. El remedio no es el subsidio, sino la limpieza normativa, aunque hoy hasta el purista más firme acepta marcos como el RIGI para minería, energías renovables o agroindustria, una forma de inducción indirecta donde el Estado no pone, sino que deja de sacar vía impuestos para generar empleo.
En el mercado laboral, la apuesta es bajar el costo de contratación para que las empresas absorban mano de obra, pese a la debilidad de la demanda. Y aquí surge una paradoja estadística: aunque algunos indicadores de pobreza muestran mejoras leves por la baja inflacionaria que ahora se detuvo, el ingreso real no alcanza. Hay menos pobres, aunque más trabajadores con problemas, cuyos salarios no cubren la canasta básica y el empleo que se crea, mayormente es de baja calidad o cuentapropismo de subsistencia.
El Gobierno enfrenta una encerrona porque si usa el tipo de cambio como ancla, castiga la exportación y si devalúa para ganar competitividad, fogonea la inflación y baja el salario. La escasez de Reservas tensiona la deuda y preocupa al FMI, que vé en la fragilidad externa riesgo fiscal. Por eso, procura no usarlas para pagar y, a la vez, las compra mientras sostiene el dólar.
Nada es ortodoxo y, sin embargo, se allana. La cercanía de las urnas fuerza a los inflexibles al pragmatismo, ya sea acelerando la obra pública o buscando acuerdos sectoriales antes tildados de “dirigistas”. Si no hay atisbos de elasticidad como algo necesario para corregir el rumbo y la Casa Rosada no se aparta del dogma, el riesgo es quedar atrapado en la propia rigidez.
La economía no es solo una hoja de cálculo, sino esencialmente un sistema de expectativas humanas. El éxito de un gobierno no se mide solamente por el equilibrio fiscal, sino por la capacidad de evitar que el desfiladero se convierta en un callejón sin salida. Al final del día, la política es el arte de lo posible y, en economía, lo posible suele requerir menos mística y mucha más muñeca.
El callejón que enmarca la política y la economía se le ha empezado a angostar al Gobierno Nacional. No es por su diagnóstico de base, ni por el todavía interesante acompañamiento social que conserva, sino porque los tiempos de la sintonía fina no se llevan bien con la motosierra. Al Ejecutivo hoy parece faltarle cierta flexibilidad para encarar una etapa que exige pragmatismo, mientras el bolsillo de los ciudadanos cada día puede menos, la morosidad crece, el empleo no sobra, los indicadores sociales se deterioran y el eco de la guerra, que se refleja en el precio del petróleo, condiciona su carta más ganadora:llevar la inflación al "cero coma", aunque es verdad que el conflicto bien puede funcionarle como una excusa.
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