Día del Psicólogo: por qué seguimos postergando el cuidado de la salud mental
A 52 años de la creación de la fecha, una reflexión sobre el lugar de la salud mental y la importancia de pedir ayuda antes de llegar al límite.
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A 52 años de la creación de la fecha, una reflexión sobre el lugar de la salud mental y la importancia de pedir ayuda antes de llegar al límite.
- Hoy, 13 de octubre, Día del Psicólogo, descubrí una que me resultó particularmente significativa
- En 1974, curiosamente el año en que nací, un grupo de psicólogos argentinos reclamaba que su profesión fuera reconocida dentro del sistema de salud
- Cuando los representantes de la profesión fueron a reclamar, según recordaría años después Alberto Colaski, uno de los protagonistas de aquel movimiento, recibieron una respuesta tan sencilla como reveladora: «No...
- Aquella indignación contribuyó a impulsar el Primer Encuentro Nacional de Psicólogos y Estudiantes de Psicología, realizado en Córdoba entre el 11 y el 13 de octubre de 1974, donde se instituyó el Día del Psicólogo
Hay historias que uno conoce casi por casualidad y que despiertan preguntas que nunca antes se había hecho. Hoy, 13 de octubre, Día del Psicólogo, descubrí una que me resultó particularmente significativa. En 1974, curiosamente el año en que nací, un grupo de psicólogos argentinos reclamaba que su profesión fuera reconocida dentro del sistema de salud.
Por entonces se debatía un proyecto de organización sanitaria en el que figuraban médicos, enfermeros, kinesiólogos y otros trabajadores, pero no los psicólogos. Cuando los representantes de la profesión fueron a reclamar, según recordaría años después Alberto Colaski, uno de los protagonistas de aquel movimiento, recibieron una respuesta tan sencilla como reveladora: «No, por favor, acá están ustedes, en el etcétera». Una profesión que reclamó su lugar Me quedé pensando en lo que significaba para aquellos profesionales haber estudiado, haberse formado y descubrir que su trabajo quedaba reducido a un etcétera.
Aquella indignación contribuyó a impulsar el Primer Encuentro Nacional de Psicólogos y Estudiantes de Psicología, realizado en Córdoba entre el 11 y el 13 de octubre de 1974, donde se instituyó el Día del Psicólogo. Pasaron 52 años desde entonces. Nuestra profesión ha crecido y la investigación científica nos permitió comprender mucho más sobre el cerebro, las emociones, los vínculos y el desarrollo humano.
Sin embargo, mientras pensaba en aquella historia, no podía dejar de preguntarme cuánto hemos avanzado realmente en el lugar que le damos a nuestra salud mental. Porque si bien hoy nadie discute que los psicólogos somos profesionales de la salud, ¿hemos conseguido que el cuidado de nuestra vida emocional deje de ocupar un lugar secundario? El cuidado emocional, más allá de la urgencia Nos ocupamos de nuestros análisis clínicos, controlamos el colesterol y la presión arterial, intentamos alimentarnos mejor, caminamos y hacemos ejercicio.
Y está muy bien que lo hagamos. Pero ¿cuánto tiempo dedicamos a preguntarnos cómo estamos viviendo, qué nos pasa con nuestros vínculos, qué situaciones nos angustian y qué cosas repetimos aun sabiendo que nos hacen daño? Parecería que para algunas personas la posibilidad de consultar a un psicólogo aparece recién cuando el malestar se vuelve insoportable, cuando ya no encuentran cómo seguir adelante o sienten que agotaron todos sus recursos.
O, simplemente, cuando sobra tiempo y alcanza el dinero. ¿Desde cuándo necesitamos estar al límite para empezar a ocuparnos de nosotros mismos? Siempre me interesó escuchar a las personas.
Recuerdo que desde el secundario decía que quería ser psicóloga, porque sentía que escuchar y ayudar a los demás era algo que me gustaba y para lo cual tenía cierta facilidad. Con los años fui comprendiendo que aquella vocación, aunque genuina, no alcanzaba. Escuchar profesionalmente no consiste solamente en prestar atención a lo que alguien dice ni en tener buenas intenciones: exige formación, estudio permanente, conocimiento científico, sensibilidad y una enorme responsabilidad frente a la historia de quien tenemos delante.
Tal vez por eso, después de tantos años de ejercer esta profesión, sigo considerando que uno de sus mayores valores es ofrecer un espacio donde una persona pueda encontrarse consigo misma. Y esto, que parece tan sencillo, no lo es. Vivimos rodeados de estímulos, información y consejos sobre cómo deberíamos vivir.
Tenemos aplicaciones que registran nuestros estados de ánimo, libros que nos indican caminos hacia el bienestar e inteligencia artificial que puede responder en segundos preguntas que antes nos llevaba mucho tiempo investigar. Muchas de estas herramientas pueden resultar útiles, pero conocer una explicación sobre lo que sentimos no significa necesariamente comprender nuestra propia historia. También dedicamos mucho esfuerzo a construir la imagen que mostramos a los demás.
En las redes elegimos nuestras mejores fotografías, compartimos nuestros logros e intentamos mostrar que estamos bien, que somos felices y que tenemos una vida interesante. Nos acostumbramos tanto a mirar hacia afuera que a veces nos cuesta detenernos a mirar hacia adentro. El espacio terapéutico ofrece justamente la posibilidad de no tener que mostrar nuestra mejor versión: reconocer que tenemos miedo, que estamos confundidos, que sentimos cosas que no nos gustan o que nos equivocamos.
Permite hablar sin la necesidad de impresionar a nadie y empezar a descubrir qué hay detrás de nuestras maneras de sentir, pensar y actuar. Escuchar, comprender y dejar de postergarnos Escuchar profesionalmente también supone preguntar, intervenir, señalar contradicciones, acompañar a resignificar experiencias y ayudar a reconocer aquello que repetimos sin advertirlo. No siempre resulta cómodo mirar hacia adentro, y no todas las respuestas que encontramos son las que esperábamos.
Pero muchas veces es precisamente ahí donde aparece la posibilidad de cambiar. No creo que la psicología deba tener respuestas para todo, ni que cada dificultad de la vida requiera una terapia. Tampoco que la salud mental consista en estar felices o equilibrados permanentemente.
Vivir implica atravesar pérdidas, frustraciones, conflictos y momentos de incertidumbre. La cuestión no es evitar que la vida nos afecte, sino desarrollar recursos para atravesarla, comprendernos mejor y construir vínculos más saludables. Por eso, cuando pienso en el lugar del psicólogo en la sociedad actual, no puedo reducirlo únicamente al consultorio.
Nuestra responsabilidad también está en las escuelas, las familias, los espacios de trabajo y la comunidad. Está en la prevención, en la posibilidad de intervenir antes de que el sufrimiento se profundice y en seguir trabajando para que pedir ayuda no sea vivido como una debilidad ni acceder a ella dependa exclusivamente de los recursos económicos. Hoy, en el Día del Psicólogo, aquella historia de 1974 me resulta mucho más que una anécdota.
Me recuerda que detrás del reconocimiento de una profesión hubo personas que entendieron que su trabajo merecía un lugar propio. Y también me invita a pensar que todavía tenemos mucho por hacer para que el cuidado de nuestra vida emocional ocupe el lugar que merece. Quizás sea momento de dejar de considerar que primero debemos resolver todo lo demás y recién después, si queda tiempo, ocuparnos de nosotros mismos.
Porque hace 52 años los psicólogos argentinos reclamaban no quedar escondidos detrás de un «etcétera». Y hoy me pregunto si no será tiempo de que, como sociedad, dejemos de colocar allí una parte tan importante de nuestra salud. Después de todo, ¿de qué sirve aprender a cuidar tantos aspectos de nuestra vida si seguimos postergando aquello que nos permite vivirla?
Lic. Erica Miretti. Psicóloga UBA – Neuropsicoeducadora.
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