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Despedimos a Cherquis Bialo con su título favorito: ¡no habrá ninguno igual!

Fue un escritor de boxeo, como ningún otro, que nos deja un legado de clase y buen gusto, virtudes en extinción en este oficio

26 de marzo de 2026Actualizado hace menos de un minuto4 min de lectura1 lecturasComentarios

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Despedimos a Cherquis Bialo con su título favorito: ¡no habrá ninguno igual!
Lo esencial

Fue un escritor de boxeo, como ningún otro, que nos deja un legado de clase y buen gusto, virtudes en extinción en este oficio

  • Ver a Ernesto Cherquis Bialo, con su prolijo peinado engominado y abrigo marrón claro, acodado en un vértice del desaparecido Café Ring Side, en los alrededores de aquel majestuoso Luna Park de 1974...
  • Todos los grandes comunicadores pugilísticos paraban ahí: Osvaldo Caffarelli, Ulises Barrera, Ricardo Arias, Horacio García Blanco, Bernardino Veiga, Julio Ernesto Vila, Ernesto Misray, Fioravanti
  • Nos instó –o casi nos obligó- a descubrir cómo Ernest Hemingway, Norman Mailer o Arthur Conan Doyle, diseñaban sus obras pugilísticas
  • Sobre todo, de la más emotiva de todos los tiempos: la victoria de Nicolino Locche sobre Paul Fuji, en 1968 en Tokio

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo. Despedimos a Cherquis Bialo con su título favorito: ¡no habrá ninguno igual! Ver a Ernesto Cherquis Bialo, con su prolijo peinado engominado y abrigo marrón claro, acodado en un vértice del desaparecido Café Ring Side, en los alrededores de aquel majestuoso Luna Park de 1974, era como preguntarle al destino hasta dónde podríamos parecernos a él si algún día trascendiéramos como críticos de boxeo.

Eso representaba su figura, por entonces, para quien escribe estas líneas, un veinteañero del interior que soñaba con relatar peleas y sobrevivir en Buenos Aires. Todos los grandes comunicadores pugilísticos paraban ahí: Osvaldo Caffarelli, Ulises Barrera, Ricardo Arias, Horacio García Blanco, Bernardino Veiga, Julio Ernesto Vila, Ernesto Misray, Fioravanti... Pero cuando Cherquis, el director de la revista El Grafico, entraba allí, cambiaba el aire.

Cherquis nos enseñó, sin proponérselo y rápidamente, a diferenciar a un comentarista de boxeo de un escritor de este deporte. Y en el brillo, el talento y el suspenso de sus artículos estaba el resultado. Y él fue escritor.

Como ningún otro. Nos instó –o casi nos obligó- a descubrir cómo Ernest Hemingway, Norman Mailer o Arthur Conan Doyle, diseñaban sus obras pugilísticas. A interesarnos porque Julio Cortázar, Abelardo Castillo o Tato Pavlosky eran sabios en el mundo de las narices chatas.

Quizás tuvo un poquito de todos ellos y por eso fue magistral. Cada una de sus coberturas gráficas se convirtieron en cuentos de boxeo con título notables: “Hacia falta tanto Alí para vencer tanto Frazier”; “Los jurados fallaron con el corazón” (Durán-Leonard I) y “Fue como pegarle a una pared” (Monzón – Briscoe). Dejó, a modo de legado, la clase y el buen gusto, elementos en extinción en este oficio.

Partícipe de las transmisiones de radio y televisión más impactantes de la historia argentina. Sobre todo, de la más emotiva de todos los tiempos: la victoria de Nicolino Locche sobre Paul Fuji, en 1968 en Tokio. Aquel día, por Radio Rivadavia, junto a Caffarelli y Cacho Fontana, declamó: “Fuji no quiere quedarse, el ring es un infierno…”, y el japonés abandonó segundos después.

Cubrió todas las peleas que hubiésemos querido ver: de Monzón, Locche, Galíndez, Alí, Leonard, Hagler, Hearns, Durán y todos los otros. Impuso siempre su criterio, al lado de los campeones argentinos, de Tito Lectoure y de los equipos olímpicos. A veces, con celeridad; en otras, con conflictos.

De carácter fuerte y algo más. No podría afirmar que alguien alguna vez lo llevó por delante. Amigo de sus amigos.

Gran enemigo de sus grandes enemigos. Consejero y motivador ante nuestros primeros errores: tarjetas peculiares, despidos inesperados, casorios y divorcios. Volvió a Las Vegas después de mucho tiempo junto a Sergio Maravilla Martínez en su noche gloriosa, ante Julio César Chávez (h.), en 2012.

Estaba nervioso, como sintiendo su inactividad. Ante su presencia, el legendario promotor Bob Arum exclamó: “¡Robinson ha vuelto al gran boxeo!”. Y todos lo festejamos.

Robinson, claro está, era Cherquis, su seudónimo de tantas crónicas en El Gráfico. Estuvo internado casi ocho meses y muy cerca de ganarle a un conjunto de enfermedades que no lo dejaron salir de las sogas. Peleó como un león, apoyado en estrategias de Kid Cachetada, Andrés Selpa, Nicolino y Alí, pero siempre algún golpe bajo frenaba su vuelta a casa.

Merecía un round más. Soñaba con ver publicado el libro que preparaba junto con su amigo Daniel Roncoli. Nos dijo en una de las últimas visitas a puros recuerdos: “Con Ulises Barrera protagonizamos un clásico periodístico y estuvimos 18 años sin dirigirnos la palabra.

¿El motivo? Nuestras serias diferencias a la hora de juzgar a Locche. Hasta que un día nos dijimos ¡buen día!, y todo terminó”.

Cuando nos despedimos, nos dijo: “He sanado penas y culpas. Si me voy, lo haré tranquilo…”. Chau Ernesto, buen viaje.

Saludos a los muchachos del Café Ring Side, si los ve por ahí.

Fuente: La Nación|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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