De la tierra al plato: una cadena productiva que enseña y alimenta en la Universidad del Comahue
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- En el campo experimental de la Facultad de Ciencias Agrarias, el aprendizaje se mide en kilos de hortalizas, en manos con tierra y en alimentos que llegan a la mesa de miles de estudiantes que dependen del comedor...
- Unos 12.000 kilos de tres variedades de zapallo -sembradas en noviembre de 2025- fueron cosechados por estudiantes y docentes...
- La iniciativa, que ya transita su tercer año consecutivo, articula las cátedras de Horticultura y Taller Agrícola y convoca a más de 130 estudiantes de distintos años a lo largo de todo el ciclo productivo: participan...
- Aprender «con los pies en el barro» “Veíamos que faltaba que el alumno pise un poco más el barro”, resume el docente e ingeniero agrónomo Walter Mela, uno de los impulsores del proyecto
No es una clase más, tampoco es solo una cosecha. En el campo experimental de la Facultad de Ciencias Agrarias, el aprendizaje se mide en kilos de hortalizas, en manos con tierra y en alimentos que llegan a la mesa de miles de estudiantes que dependen del comedor universitario. Unos 12.000 kilos de tres variedades de zapallo -sembradas en noviembre de 2025- fueron cosechados por estudiantes y docentes, como resultado de un proyecto que transforma la formación académica en una experiencia concreta: producir alimentos que luego abastecen, de manera directa y gratuita, a los comedores de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo). La iniciativa, que ya transita su tercer año consecutivo, articula las cátedras de Horticultura y Taller Agrícola y convoca a más de 130 estudiantes de distintos años a lo largo de todo el ciclo productivo: participan desde la siembra hasta la distribución. En cada surco, en cada brote, habrá un plato lleno de nutrientes. El zapallo fue protagonista en la última cosecha, pero el proyecto de abastecimiento de los comedores universitarios abarca una amplia variedad de hortalizas. En el cuadro 8 del campo experimental se cultiva tomate, cebolla, lechuga, espinaca, berenjena, melón, sandía y otros, según la estación del año. Aprender «con los pies en el barro» “Veíamos que faltaba que el alumno pise un poco más el barro”, resume el docente e ingeniero agrónomo Walter Mela, uno de los impulsores del proyecto. La propuesta rompe con la lógica tradicional de formación desde el aula y el pizarrón porque los estudiantes participan en tareas de campo: producción de plantines, trasplantes, riego, fertilización, cosecha. Los de primer año cosechan. Los de segundo plantan. Los más avanzados manejan sistemas de riego y fertilización. Cada etapa del recorrido académico se vincula con una instancia del proceso productivo. Y como valor agregado de este proyecto, ellos mismos pueden ver y hasta probar el impacto directo de su trabajo. “Es una herramienta muy fuerte de formación profesional. Los estudiantes se enfrentan a lo que después será su realidad laboral”, explica Mela en una entrevista con Diario RÍO NEGRO. Una red que alimenta Lo que se produce en el campo no se vende. Se distribuye. A partir de un esquema organizado según la demanda de cada sede, las hortalizas llegan a comedores de Cinco Saltos, Cipolletti, Neuquén y Roca. Son muchas las bocas que dependen de estos alimentos. “En la facultad de Agronomía almuerzan unos 90 chicos por día”, expresa Mela. El objetivo es garantizar alimentos frescos, de calidad y a bajo costo para quienes estudian y trabajan en la universidad. Pero el impacto va más allá de lo nutricional. En un contexto de crisis económica y dificultades de acceso a la educación, el proyecto se vuelve una herramienta de permanencia: ayuda a que estudiantes puedan seguir cursando. “Ver que hay chicos que pueden seguir almorzando y no dejar la universidad es realmente muy importante”, sostiene el docente. Es que la experiencia no solo articula saberes técnicos, también construye una mirada colectiva. «Buscamos construir conciencia colectiva ante la situación que estamos atravesando como país, como institución y como trabajadores del Estado: la única forma de salir adelante es darnos una mano entre todos (…) Entender que nadie se salva solo”, afirma Mela. «Desde el Estado se pueden hacer cosas muy interesantes y que sean realmente de importancia para el país». Walter Mela, docente de Horticultura Facultad de Ciencias Agrarias, UNCo. El proyecto funciona con recursos de la propia universidad -tierra, semillas, insumos- y devuelve el 100% de lo producido a la comunidad. En ese circuito de reciprocidad, la UNCo deja de ser solo un espacio de formación para convertirse en un actor clave frente a problemáticas sociales como la alimentación, el acceso y la permanencia en las aulas. Un proyecto educativo que cambia vidas El impacto también se mide en logros y la reinserción de estudiantes fue uno de ellos. Durante una de las cosechas, dos jóvenes que habían abandonado la universidad se acercaron al campo a hablar con el docente. Querían saber si esa era una actividad aislada o si continuaría en cada ciclo lectivo. La respuesta de Walter Mela fue que sí y al año siguiente, volvieron a inscribirse a la universidad, motivados por ese proyecto. Hoy son nuevamente estudiantes y cursan el segundo año de la carrera. Ellos le dijeron que eso era lo que buscaban: «Arender realmente a cultivar». “Eso me llenó de satisfacción”, valora el profesor de Horticultura. Un modelo que puede replicarse en el país La facultad pone el conocimiento, la técnica, la mano de obra y la universidad aporta los fondos para los insumos. Un 90% de las tareas culturales las llevan adelante los estudiantes de la unidad académica. “Es un modelo que podría aplicarse en otras facultades del país. Es positivo en lo educativo y en lo social”, asegura Mela. Consultado por este medio, sostiene que la experiencia ya demuestra resultados positivos en múltiples dimensiones: educativa, productiva y social. En tiempos donde se discute el rol de la universidad pública, el proyecto de la Facultad de Ciencias Agrarias ofrece una solución y varias respuestas. Mientras produce conocimiento y alimentos, forma profesionales y ayuda a sostener comunidades. El referente recuerda su propia experiencia cuando era estudiante: a pesar de que era accesible, no podía afrontar el ticket del comedor. Hoy, los resultados lo enorgullecen. «Hay un montón de chicos que se ven favorecidos con esto y les podemos seguir dando una mano para que no dejen la universidad, para que estudien y puedan comer al mediodía», concluye. No es una clase más, tampoco es solo una cosecha. En el campo experimental de la Facultad de Ciencias Agrarias, el aprendizaje se mide en kilos de hortalizas, en manos con tierra y en alimentos que llegan a la mesa de miles de estudiantes que dependen del comedor universitario.
Fuente: Río Negro. Para leer la nota completa:
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