De la rebeldía a la identidad: seis de cada 10 argentinos tienen tatuajes y no se arrepienten
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- Era una marca asociada a la rebeldía, a la contracultura o a determinados grupos sociales
- Hoy ocurre lo contrario: quien no tiene tatuajes muchas veces es la excepción
- El cambio cultural quedó reflejado en un relevamiento del Centro de Investigaciones Sociales de la UADE: el 61% de las personas encuestadas tiene al menos un tatuaje. “Ya perdí la cuenta de cuántos tengo
- Después vinieron más: el sol por el Mundial, fechas importantes… cada tatuaje marca un momento”, dice Sebastián a TN
Durante décadas, tatuarse en la Argentina implicaba dar —al menos—, una explicación. Era una marca asociada a la rebeldía, a la contracultura o a determinados grupos sociales. Hoy ocurre lo contrario: quien no tiene tatuajes muchas veces es la excepción. El cambio cultural quedó reflejado en un relevamiento del Centro de Investigaciones Sociales de la UADE: el 61% de las personas encuestadas tiene al menos un tatuaje. “Ya perdí la cuenta de cuántos tengo. Hay un tigre, un escorpión, una tortuga, una serpiente… todos significan algo. Me los critican, pero no pasa nada: son parte de mi historia”, cuenta Martina. La práctica dejó de ser minoritaria para convertirse en parte de la vida cotidiana, especialmente entre jóvenes adultos y trabajadores de sectores creativos, digitales y comunicacionales. Pero el dato cuantitativo es apenas la superficie del fenómeno. Lo verdaderamente novedoso es el significado que adquirió la tinta en la piel. El cuerpo como narrativa personal La principal motivación para tatuarse no es tanto estética. Es simbólica. El estudio indica que las razones personales duplican ampliamente a las visuales, es decir: las personas no se tatúan para verse diferentes, sino para contarse a si mismas. “El primero me lo hice en pandemia, a escondidas de mi mamá. Era una frase: ‘No hay cambio si no hay acción’. Después vinieron más: el sol por el Mundial, fechas importantes… cada tatuaje marca un momento”, dice Sebastián a TN. Para Julieta Olivera, directora del Departamento de Psicología de la UADE, esto refleja un cambio profundo en la forma de construir identidad. “El cuerpo que no elegimos puede tener adiciones que sí elegimos y que nos permiten expresarnos y mostrarnos tal como queremos. Plasmamos en la piel aquello que nos identifica, lo que nos marcó emocionalmente o son aspectos centrales de nuestro yo narrativo”, explica a TN. El tatuaje funciona así como un archivo biográfico. Fechas, nombres, símbolos o frases registran momentos significativos que la persona decide conservar. “El cuerpo empieza a funcionar como un espacio donde cada uno registra momentos que marcaron su vida. La mayoría piensa sus tatuajes con tiempo y siente que representan algo que quiere conservar para siempre”. Ese vínculo con la memoria explica otro resultado llamativo: el arrepentimiento es muy bajo. Menos de una de cada diez personas se arrepiente de algún tatuaje. “Los pocos casos de arrepentimiento suelen venir de decisiones apuradas o hechas a edades muy tempranas, cuando el significado todavía no estaba del todo claro”, explica Olivera. A largo plazo, incluso, la percepción es positiva: casi la mitad imagina sentir orgullo por sus tatuajes dentro de 30 años. El tatuaje tampoco se distribuye de manera uniforme en la sociedad. La ocupación aparece como una variable clave. Los sectores con mayor presencia de tatuados son marketing, comunicación, diseño, gastronomía, arte, música, software y tecnología. Allí la marca corporal no sólo es aceptada: forma parte de la identidad profesional. En estos ámbitos, la tinta funciona como capital simbólico. Comunica creatividad, pertenencia y estilo. Por el contrario, áreas tradicionales como salud, derecho o seguridad todavía muestran tensiones culturales. El último bastión del prejuicio La sociedad se volvió más tolerante, pero no completamente. El 75% de los encuestados identifica al ámbito laboral como el principal espacio donde persisten prejuicios. La psicología social ofrece una explicación: el trabajo exige roles antes que identidades. “En el ámbito laboral suele producirse una cierta despersonalización. La persona deja de ser ‘Pedro’ para convertirse en ‘el doctor’ o ‘la licenciada’. El rol adquiere más peso que la identidad individual”, señala Olivera. En ese contexto, aparecen estereotipos sobre cómo debe lucir cada profesión. “Los estereotipos ligados a cada profesión funcionan como guías implícitas que orientan las expectativas. Esto incluye conductas y modos de presentación personal, entre ellos la apariencia”. Así, mientras la vida social acepta la diversidad estética, el trabajo todavía regula la imagen. El tatuaje contemporáneo no es un gesto de provocación ni una moda pasajera. Es una forma de autobiografía. Una manera de apropiarse del propio cuerpo en una época en que las identidades son más elegidas que heredadas.
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