Crítica: Verity
Un decepcionante thriller erótico con poco sexo, veneno o auténtico sentido del peligro. Basura de aeropuerto sin placer culpable The post Crítica: Verity appeared first on Rolling Stone en Español .
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Un decepcionante thriller erótico con poco sexo, veneno o auténtico sentido del peligro. Basura de aeropuerto sin placer culpable The post Crítica: Verity appeared first on Rolling Stone en Español .
- Su trascendencia literaria resulta escasa, pero se venden por millones, una distinción que Hollywood dejó de considerar importante hace mucho tiempo
- Verity fue autopublicada por Hoover en 2018 y su éxito llevó a Grand Central Publishing, sello de Hachette Book Group, a adquirir sus derechos norteamericanos
- Hachette la contrata para terminar la exitosa saga de Verity Crawford (Anne Hathaway), escritora que permanece inmóvil y sin capacidad para comunicarse después de un accidente automovilístico
- Para revisar sus archivos, Lowen se instala en la enorme casa donde Verity vive con su esposo Jeremy Crawford (Josh Hartnett) y Crew (Brady Wagner), el único hijo que les queda tras una sucesión de tragedias familiares
Colleen Hoover convirtió la literatura de aeropuerto en un imperio editorial. Sus novelas ligeras, sórdidas y diseñadas para el consumo rápido representan el equivalente contemporáneo del pulp de comienzos del siglo XX. Son libros para leer durante un vuelo, bajo el sol de una playa o mientras se espera que aparezca una maleta, escritos con suficiente sexo, tragedia y manipulación emocional para impedir que el lector los abandone antes del aterrizaje.
Su trascendencia literaria resulta escasa, pero se venden por millones, una distinción que Hollywood dejó de considerar importante hace mucho tiempo. Verity fue autopublicada por Hoover en 2018 y su éxito llevó a Grand Central Publishing, sello de Hachette Book Group, a adquirir sus derechos norteamericanos. La nueva adaptación confirma que una autora de “novelas basura” puede ser también una extraordinaria vendedora.
El problema aparece cuando el cine recoge ese material sin saber reciclarlo, incendiarlo o convertirlo en un espectáculo deliciosamente tóxico. Lowen Ashleigh (Dakota Johnson) es una novelista con algo de reconocimiento crítico, pocas ventas y una situación económica precaria. Hachette la contrata para terminar la exitosa saga de Verity Crawford (Anne Hathaway), escritora que permanece inmóvil y sin capacidad para comunicarse después de un accidente automovilístico.
Para revisar sus archivos, Lowen se instala en la enorme casa donde Verity vive con su esposo Jeremy Crawford (Josh Hartnett) y Crew (Brady Wagner), el único hijo que les queda tras una sucesión de tragedias familiares. Antes de la reunión en la que recibe el encargo, Lowen queda cubierta por la sangre de un ciclista atropellado en una calle de Manhattan. Jeremy aparece como un galán providencial, le presta su camisa, la ayuda a limpiarse y le cuenta que sacó del lago el cadáver de su hija de ocho años.
Minutos después vuelven a encontrarse durante la entrevista. La secuencia llama la atención, pero también inaugura una colección de comportamientos que ningún ser humano mínimamente curioso aceptaría sin hacer preguntas. Entre Lowen y Jeremy surge una tensión sexual que, tratándose de una novela de Hoover, promete terminar inevitablemente en una cama.
Mientras revisa los archivos de Verity, Lowen encuentra en una memoria USB una autobiografía secreta llena de confesiones sobre el matrimonio, el deseo, la maternidad y la muerte de las hijas de los Crawford. Su lectura presenta a la escritora incapacitada como una posible criatura monstruosa, mientras Jeremy aparece como el esposo noble y atormentado al que Lowen quisiera salvar. La combinación de Misery, Rebecca y La empleada prometía encerrar al espectador en una casa de pasillos oscuros, manuscritos prohibidos y cuerpos peligrosamente cercanos.
Cada nuevo giro, sin embargo, exige olvidar una pregunta anterior. Dakota Johnson regresa al territorio erótico que la convirtió en protagonista de la lamentable trilogía de Cincuenta sombras de Grey, otra “distinguida” descendiente de la literatura de aeropuerto. Su expresión ausente puede funcionar cuando el personaje requiere opacidad, aunque aquí parece anticipar la conferencia de prensa en la que explicará que la película estrenada no era la que creyó estar rodando.
Lowen debía combinar vulnerabilidad, deseo y una capacidad latente para la traición; Johnson permanece durante buena parte del metraje como una visitante que todavía espera instrucciones para abandonar la casa. Anne Hathaway aparece promocionada como una de las protagonistas, aunque la película la mantiene a cierta distancia. Verity permanece inmóvil y silenciosa durante buena parte del relato, por lo que Hathaway debe construirla mediante la mirada, los recuerdos y la narración de su autobiografía.
La actriz comprende el placer de parecer simultáneamente víctima y depredadora, pero su presencia queda administrada con tanta cautela que nunca alcanza a contaminar por completo la historia. Josh Hartnett continúa especializándose en hombres amables cuya normalidad despierta sospechas. Después de la terrible Trap, donde M.
Night Shyamalan explotó con mayor malicia esa contradicción, su sola sonrisa anuncia la posible existencia de una puerta cerrada con llave. Jeremy alterna el duelo, la nobleza y el torso desnudo mientras el relato intenta mantener en secreto si estamos ante un esposo destruido o un manipulador consumado. El guion ofrece más información sobre sus abdominales y sus glúteos que sobre su conducta.
El material necesitaba una dirección dispuesta a disfrutar su condición de basura. Al igual que Tate Taylor con La chica del tren, Paul Feig entendió en La empleada que una historia disparatada puede funcionar cuando se filma con descaro, humor y el entusiasmo de quien reconoce la naturaleza del espectáculo. Katt Shea y Emerald Fennell llevaron a Poison Ivy, con Drew Barrymore y a Saltburn con Barry Keoghan hasta los límites febriles de la clase B y consiguieron que su erotismo, su perversidad y su absurdo formaran parte de una misma intoxicación.
Michael Showalter, quien había dirigido a Hathaway con mayor vitalidad en The Idea of You, mantiene aquí un tono grave que asfixia el placer culpable. La película teme abrazar el camp y carece de la convicción necesaria para convertirse en un thriller serio. Las escenas sexuales apenas generan temperatura, los sobresaltos llegan acompañados por oportunos truenos y algunos personajes, incluida la enfermera Anna (Irina Dvorovenko), desaparecen cuando el guion deja de necesitarlos.
La aparición de nuevos textos y explicaciones pretende construir una reflexión sobre la verdad, pero la ambigüedad termina pareciendo indecisión. El tercer acto se descose bajo el peso de sus revelaciones forzadas, coincidencias improbables y respuestas a las preguntas que la película confunde con profundidad. Verity recuerda los thrillers eróticos de los años ochenta y noventa que imitaban las superficies del noir sin comprender su energía predatoria.
Tiene una casa costosa, cuerpos atractivos, secretos familiares, sangre en los labios y hasta marcas de dientes en la cabecera de una cama, pero carece de auténtico apetito. Una buena película de mal gusto habría mordido con fuerza. Esta apenas deja la impresión de una dentadura postiza.
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