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Crítica: Mi amigo el sol

La mitología mexicana cobra vida en una aventura animada que convierte la identidad cultural en un acto divertido y emocional. The post Crítica: Mi amigo el sol appeared first on Rolling Stone en Español .

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Crítica: Mi amigo el sol
Lo esencial

La mitología mexicana cobra vida en una aventura animada que convierte la identidad cultural en un acto divertido y emocional. The post Crítica: Mi amigo el sol appeared first on Rolling Stone en Español .

  • Intenta parecerse a Pixar, DreamWorks o Ghibli mientras deja sus propias mitologías relegadas al fondo del cuadro
  • Mi amigo el sol busca hacer lo contrario, al mirar hacia las culturas prehispánicas mexicanas y encuentra ahí un universo visual, espiritual y emocional gigantesco
  • La ópera prima de Alejandra Pérez González sigue a Xóchitl, una niña fascinada por la mitología mexica que descubre que sus murales pueden abrir portales hacia Tollan, el reino de los dioses
  • Luego aparecen Quetzalcóatl, Tláloc y Tezcatlipoca, así como referencias constantes a cosmogonías prehispánicas, símbolos ancestrales y lenguas indígenas

A veces, la animación latinoamericana parece condenada a mirar hacia afuera. Intenta parecerse a Pixar, DreamWorks o Ghibli mientras deja sus propias mitologías relegadas al fondo del cuadro. Mi amigo el sol busca hacer lo contrario, al mirar hacia las culturas prehispánicas mexicanas y encuentra ahí un universo visual, espiritual y emocional gigantesco.

Y lo mejor es que lo hace desde la aventura y no desde la frialdad del museo o la solemnidad académica. La ópera prima de Alejandra Pérez González sigue a Xóchitl, una niña fascinada por la mitología mexica que descubre que sus murales pueden abrir portales hacia Tollan, el reino de los dioses. Mientras intenta comprender ese nuevo mundo fantástico, también debe lidiar con una relación compleja con su padre Diego, un hombre agotado por dificultades económicas y por el miedo constante a que los sueños artísticos de su hija terminen estrellándose contra una realidad hostil.

Luego aparecen Quetzalcóatl, Tláloc y Tezcatlipoca, así como referencias constantes a cosmogonías prehispánicas, símbolos ancestrales y lenguas indígenas. Pero todo eso está integrado dentro de una historia sobre familias, tradición y pertenencia. La película entiende que las culturas antiguas sobreviven cuando siguen dialogando con el presente.

Por eso Tollan se siente vivo, caótico, luminoso y profundamente cercano y no como un mundo muerto o arqueológico. Los dioses discuten, hacen bromas, manipulan situaciones y reaccionan emocionalmente como personajes de una gran aventura fantástica. En ciertos momentos, el tratamiento recuerda mucho al de Hércules o Las locuras del emperador, las cintas animadas de Disney, especialmente en la forma caricaturesca y juguetona de reinterpretar figuras mitológicas.

En parte funciona, particularmente con Tezcatlipoca, cuya energía burlona y teatral termina robándose varias escenas. Hay algo muy astuto en cómo la película toma deidades gigantescas de la tradición mexicana y les permite coexistir dentro de un relato familiar contemporáneo sin perder peso simbólico. Pero a veces, la cinta cae en ese ruido y frenetismo molesto, especialmente para el público adulto, en el que caen muchísimas cintas animadas, tanto latinoamericanas como europeas, asiáticas o estadounidenses.

Visualmente, Mi amigo el sol también tiene personalidad propia. La animación 2D apuesta por colores intensos, cielos saturados y composiciones que parecen inspiradas tanto en el muralismo mexicano como en la ilustración infantil contemporánea. Además, la película entiende que el movimiento dentro de la animación artesanal puede transmitir calidez emocional incluso cuando ciertas limitaciones técnicas son visibles.

Porque hay imperfecciones. Algunas animaciones secundarias se sienten rígidas y ciertos movimientos corporales carecen de fluidez. Pero incluso esos detalles terminan reforzando la sensación artesanal del proyecto.

Y detrás de eso hay otra capa importante. Esta película existe dentro de un contexto donde la animación mexicana sigue luchando por consolidar industria, financiamiento y un espacio cultural propio. En ese sentido, el trabajo de Alejandra Pérez González tiene un peso histórico importante.

No solamente porque se convierte en una de las primeras mujeres en dirigir un largometraje animado comercial mexicano, sino porque además lo hace apostando por una historia profundamente local en lugar de disfrazar su identidad para buscar validación internacional. Pese a que Coco de Pixar es una gran película animada, es gratificante tener una cinta animada que habla de México desde una voz mexicana. Mi amigo el sol también introduce elementos valiosos como el uso parcial del náhuatl en secuencias importantes, decisión que jamás se siente oportunista.

Al contrario, ayuda a reforzar la idea de que las lenguas indígenas siguen siendo parte viva del presente latinoamericano. Narrativamente, quizá el filme apuesta por lo demasiado seguro en algunos momentos. Hay conflictos emocionales que se resuelven de forma predecible y ciertos personajes secundarios podrían tener más desarrollo.

Además, el humor infantil a veces simplifica las tensiones dramáticas que pedían mayor complejidad. Sin embargo, el corazón de la película late con suficiente fuerza para sostenerlo todo. Especialmente porque el vínculo entre Xóchitl y Diego nunca pierde humanidad.

Él representa una ansiedad profundamente contemporánea relacionada con padres que aman a sus hijos pero que sienten terror de que el mundo destruya sus sueños. Ella, mientras tanto, encarna algo igual de poderoso, y es la necesidad de preservar la imaginación, la memoria cultural y la sensibilidad artística incluso dentro de sociedades obsesionadas con la productividad, la monetización y la supervivencia económica. Ahí Mi amigo el sol encuentra algo hermoso, porque más allá de dioses, portales y criaturas fantásticas, la película termina hablando sobre qué ocurre cuando una generación decide reconectarse con historias que parecían olvidadas.

Y en tiempos donde tantas identidades culturales terminan convertidas en mercancía vacía, eso tiene muchísimo valor.

Fuente: Rolling Stone AR|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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