Crítica: Llueve sobre Babel
La película relee la Divina Comedia y la Torre de Babel para convertir la desobediencia, el conocimiento y la diversidad en fuerzas liberadoras. The post Crítica: Llueve sobre Babel appeared first on Rolling Stone en Español .
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La película relee la Divina Comedia y la Torre de Babel para convertir la desobediencia, el conocimiento y la diversidad en fuerzas liberadoras. The post Crítica: Llueve sobre Babel appeared first on Rolling Stone en Español .
- La Divina Comedia de Dante ocupa un territorio de transición entre dos maneras de comprender el mundo
- Recoge la mentalidad medieval que sitúa a Dios en el centro, organiza la existencia mediante un sistema de premios y castigos y concibe al ser humano como una criatura sometida a un orden superior
- Llueve sobre Babel nace precisamente en esa grieta entre obediencia y consciencia, entre la ley divina y el deseo humano de saber quién es
- El episodio de la Torre de Babel prolonga esa advertencia
La Divina Comedia de Dante ocupa un territorio de transición entre dos maneras de comprender el mundo. Recoge la mentalidad medieval que sitúa a Dios en el centro, organiza la existencia mediante un sistema de premios y castigos y concibe al ser humano como una criatura sometida a un orden superior. Al mismo tiempo, Dante se convierte en viajero, testigo y medida de ese universo.
Su experiencia individual adquiere una importancia que anuncia la sensibilidad humanista del Renacimiento, cuando el hombre vuelve a contemplarse como centro del conocimiento y responsable de su destino. Llueve sobre Babel nace precisamente en esa grieta entre obediencia y consciencia, entre la ley divina y el deseo humano de saber quién es. En el Génesis, Adán y Eva permanecen en el paraíso hasta que comen del árbol del conocimiento del bien y del mal.
Conocer termina con la inocencia y provoca la expulsión. La felicidad queda ligada a la ignorancia, mientras la curiosidad recibe la forma del pecado. El episodio de la Torre de Babel prolonga esa advertencia.
La humanidad intenta alcanzar los cielos, Dios confunde su lengua común y la unidad se convierte en diversidad como castigo. La película invierte ambos relatos. La desobediencia abre el camino hacia la libertad, el conocimiento permite abandonar una existencia impuesta y la multiplicidad de lenguas, cuerpos, deseos y géneros se transforma en posibilidad de comunidad.
Con perdón de la herejía, los héroes son los descendientes simbólicos de Adán y Eva y todos aquellos que aceptan el caos de Babel. La película deposita su fe en los seres humanos antes que en sus dioses. Esa inversión ocurre en un purgatorio caleño gobernado por La Flaca, una muerte seductora a la que Saray Rebolledo dota de autoridad, humor y una sensualidad ligeramente peligrosa.
En el bar Babel las almas se juegan a los dados y cada personaje busca escapar de una condena distinta. Dante, interpretado por Felipe Aguilar Rodríguez, lleva años recogiendo muertos y ha olvidado quién fue. Monet se resiste a aceptar que una sobredosis terminó con su vida.
Jacob, hijo de un pastor homófobo, se prepara para aparecer como Darla Experiment. Gian Salai intenta salvar el club y su propio pellejo mientras una banda desaparecida, una salamandra parlante, prestamistas y amantes perdidos atraviesan una noche que parece soñada después de mezclar teología, salsa y fiebre. El proceso de creación resulta inseparable de esa exuberancia.
Los actores fueron elegidos antes de que existiera el guion definitivo y la historia surgió del trabajo colectivo, la improvisación y los talleres desarrollados con ellos. Su independencia reside en el método. La película no parte de personajes diseñados para cumplir con una estructura industrial y luego busca intérpretes capaces de habitarlos.
Observa los cuerpos, temperamentos y experiencias de su elenco, y desde allí levanta el relato. Esa inversión concede a los actores una libertad poco habitual y explica tanto la energía de las escenas como la sensación de que cada personaje intenta arrastrar la película hacia su propio universo. También explica la presencia de figuras arquetípicas.
La Flaca encarna a la muerte y a la embaucadora; Dante es el guerrero, el viajero y el guía de almas; Darla representa la metamorfosis; Monet es el poeta herido que pretende negociar con el final. En términos junguianos, el arquetipo manifiesta el inconsciente colectivo, ese depósito de imágenes y conflictos que una cultura reconoce incluso antes de poder explicarlos. Llueve sobre Babel permite que los intérpretes se disfracen de esas figuras ancestrales para expresar dolores personales.
El vestuario, el maquillaje y la teatralidad funcionan como máscaras capaces de revelar aquello que la vida cotidiana obliga a esconder. Por eso puede entenderse como una película terapéutica. Sus personajes convierten el arte en un espacio de catarsis.
Bailan, cantan, actúan, se maquillan, adoptan otro nombre y representan públicamente los temores que antes los mantenían aislados. El drag libera a Jacob de una identidad dictada por su padre; la poesía le permite a Monet discutir con su propia muerte; la música congrega a una comunidad amenazada por la violencia; el relato fantástico transforma el duelo en una experiencia que puede compartirse. Nadie sana en soledad.
El alivio aparece cuando el dolor encuentra una forma y puede representarse ante otros. El debate sobre si el cine colombiano nació en Medellín o en Cali continúa abierto, pero la tradición caleña ha demostrado una vocación persistente por la transgresión. Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina y el llamado Grupo de Cali entendieron el cine como crítica, juego, exceso y mutación.
Llueve sobre Babel prolonga esa corriente sin reducirse a un homenaje. Su Cali retrofuturista recoge el carácter nocturno, cinéfilo y provocador de aquella historia, y lo desplaza hacia una sensibilidad queer que mezcla el melodrama popular, el punk, el camp, la cultura drag y la fantasía tropical. La transgresión del género ocurre en dos niveles.
Los personajes cuestionan las identidades sexuales y sociales que les fueron asignadas, mientras la narración desobedece las fronteras entre comedia, musical, fantasía, melodrama, cine de acción y relato religioso. En ese aspecto se acerca a títulos del cine africano contemporáneo como La noche de los reyes o Neptune Frost, donde lo onírico, lo mítico, lo político y lo cotidiano pueden convivir dentro de una misma secuencia sin que una señal advierta al espectador que acaba de cruzar hacia otro territorio. La realidad no se interrumpe cuando aparece lo fantástico.
Simplemente ensancha sus límites. La movilidad entre personajes recuerda la energía callejera de Tangerine. Sean Baker seguía a sus protagonistas como si la ciudad estuviera inventando la película a cada esquina y convertía el desplazamiento urbano en una forma de narración.
Babel también evoca el espíritu colectivo e improvisado que Wayne Wang y Paul Auster llevaron a Blue in the Face. El bar cumple la función de la tabaquería de aquella cinta, un punto de gravedad alrededor del cual se reúnen historias, visitantes y accidentes que no necesitan obedecer a una sola línea argumental. Cali deja de ser un telón de fondo y participa como otro personaje, sudoroso, musical, contradictorio y siempre dispuesto a desviarse.
La puesta en escena convierte ese caos en una experiencia sensorial. Bares iluminados con colores eléctricos, altares religiosos, pasillos infernales, habitaciones eróticas y vestuarios que parecen haber sobrevivido a una discusión entre Pedro Almodóvar, John Waters y el punk latino de los noventa forman un mundo reconocible dentro de su desmesura. La música de Martín de Lima mantiene unido lo que la narración dispersa.
Salsa, flamenco, trap, punk y sonoridades balcánicas cambian la temperatura de las escenas y permiten que la película pase del duelo a la fiesta. Rebolledo domina ese universo como una diosa pagana, Aguilar Rodríguez aporta el agotamiento de quien lleva demasiado tiempo obedeciendo y William Hurtado hace de la transformación de Jacob uno de los movimientos emocionales más genuinos del conjunto. La misma libertad que alimenta la película puede hacerla fallar.
La acumulación de personajes, misiones, apuestas y revelaciones deja algunas relaciones apenas esbozadas. Ciertas historias desaparecen durante demasiado tiempo y regresan cuando el espectador ya está ocupado descifrando otra emergencia. El relato de 111 minutos arrastra tramos en los que el exceso pierde fuerza por repetición y la cámara se limita a registrar una escenografía que pedía composiciones todavía más osadas.
La creación colectiva produce una obra viva, aunque también dificulta decidir qué voces necesitan permanecer al frente y cuáles deberían ceder espacio. El riesgo trae consigo esos tropiezos y también explica por qué la película vale la pena. Su búsqueda habría sido imposible dentro de una narrativa dócil, pendiente de satisfacer al espectador acostumbrado a estructuras tradicionales y personajes heteronormativos.
Llueve sobre Babel convierte la diversidad que el relato bíblico presentaba como castigo en su principal fuente de placer, imaginación y sentido. Sus héroes desobedecen, conocen, cambian de nombre, inventan una familia y bailan frente a la muerte. El resultado se dispersa, arde y a veces pierde el rumbo, pero conserva la fuerza de un cine verdaderamente independiente que prefiere arriesgarse a caer antes que aceptar de rodillas un paraíso construido sobre la ignorancia.
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