Céline, Proust, Perec y Carrère: los franceses y la memoria
La memoria ocupa un lugar esencial en la literatura. Lugares de Georges Perec, el ensayo sobre Marcel Proust de Roland Barthes, Guerra y Londres de Céline, y Koljós de Emmanuel Carrère, son algunos ejemplos recientes en las letras francesas.
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La memoria ocupa un lugar esencial en la literatura. Lugares de Georges Perec, el ensayo sobre Marcel Proust de Roland Barthes, Guerra y Londres de Céline, y Koljós de Emmanuel Carrère, son algunos ejemplos recientes en las letras francesas.
- En especial cuando la memoria se decide a pasarles su mano de barniz
- El mismo tiempo que fue un molino rentable y un crucigrama irresoluble para autores como Marcel Proust y Georges Perec
- Durante doce años Perec se propuso visitar doce sitios de París significativos para él, visitados una vez al año para redactar dos entradas: un registro visual actual y directo, y un recuerdo conectado con ese punto
- En Lugares , Perec (1936-82) propone una autobiografía geográfica, catastral, una forma original de consignar una vida y de hacer autobiografía
Es de esas obviedades que ponen sus cartas boca abajo: cuanto más tiempo pasa, más predestinado parece todo. En especial cuando la memoria se decide a pasarles su mano de barniz. El tiempo, mientras tanto, sigue sellando sus jugadas en un sobre cerrado. El mismo tiempo que fue un molino rentable y un crucigrama irresoluble para autores como Marcel Proust y Georges Perec . Este último, mediante diversos proyectos lúdicos, intentó, acaso como revancha, una suerte de cronofagia, sobre todo en el que vio la luz recientemente, Lugares .
Durante doce años Perec se propuso visitar doce sitios de París significativos para él, visitados una vez al año para redactar dos entradas: un registro visual actual y directo, y un recuerdo conectado con ese punto. Si son las páginas íntimas las que mejor se aproximan –más no se puede– al núcleo o médula del tiempo, Lugares es un diario escalonado que desarma el tiempo, no sin intentar conferirle una forma (o unas escalas o proporciones). Con este cubismo calendario, Perec buscaba graficar el vaivén y contraste entre el presente y lo recordado, separados por una línea nunca recta de extensión variable e incalculable. El autor del también contrapuntístico W o el recuerdo de la infancia no pudo respetar a rajatabla los tiempos planeados y menos los respetó su muerte prematura.
En Lugares , Perec (1936-82) propone una autobiografía geográfica, catastral, una forma original de consignar una vida y de hacer autobiografía. Los recuerdos que contabiliza son aislados y súbitos –lo reconoce a Beckett y no se acerca, acatando el epocal respeto por la intimidad ajena–, ráfagas ilustrativas del funcionamiento de ciertos recodos de la memoria. El desfile de nombres –rincones dilectos y un carrusel de amistades y relaciones– certifica que son puntos de apoyo y orientación. En sus modos de llenar más de un vacío, Perec se atiene a un registro de grado cero, a un inventario seco, sin elaboración secundaria (que no obstante puede causar emoción). Ni siquiera parece aspirar a lo que un escritor suele creer: que a fuerza de insistencia algo va a surgir. Pero hasta el más fanático de Perec sigue avanzando esperando una epifanía o un dato redentor.
Literariamente no es mucho lo que produce, pero el aire de época, las fotos y planchas de contactos en blanco y negro que ilustran el volumen, y el aura de Perec , le suman al libro el encanto de lo sepia, o la sensación de recuperar el álbum de un ser querido. Hay preciosos detalles infraleves (como él diría), como la variación del precio del café según el local. Un divertimento ideal para los maniáticos que estudien el cierre, tendencias y relevo de ciertos locales y comercios, en París y más allá.
Es curioso que en otro de sus ejercicios de memoria – Me acuerdo – las reminiscencias están numeradas, como si fueran direcciones, hogares. (A propósito, Los años de su compatriota Annie Ernaux también encapsula una Francia enterrada y remite al Me acuerdo de Perec: enumera souvenirs caóticos, reseña fotos antiguas, reordena su memoria y la desparasita. ¿Basta que los registros sean propios para que valgan ? El pasado sale de garante de la verdad pero documentar –así sea de un modo grave y aplastante– no es exactamente hacer literatura).
Decía Roland Barthes algo que entra en diálogo con el proyecto general de Perec: “ Proust sirve para el aprendizaje del umbral a partir del cual una cosa se puede anotar.” Es una cita del también ilustrado Marcel Proust , sobre todo por viejas fotografías, que reúne todos los textos y clases de Barthes sobre el autor de En busca del tiempo perdido . Un maestro filtrado por otro: lo vertical (la jerarquía perceptiva) se horizontaliza pero apenas (el nivel sigue siendo altísimo).
Barthes era un perito de la persuasión (por medio, entre otras virtudes, de una amabilidad casi desarmada). Se necesita mucha bastardilla –Barthes fue su príncipe consorte– para aproximarse a Proust . Si se lo lee a uno a continuación del otro, notará que la voz de Barthes se parece a la de Proust; casi no hay desfase. A la vez, no importa lo que se escriba de Proust, su lectura siempre parte de cero, como si no hubiera pasado (crítico); la escritura renace en cada lectura fervorosa.
Cunden los hallazgos en medio de la fascinación de Barthes por los detalles de la vida cotidiana de Proust –como si cada uno fuera significativo y revelador, la parte por el todo– y, en particular, de familiares y amigos que lo inspiraron. Sobre Adèle Weil, la abuela, acota Barthes: “Burla y vértigo: este rostro poco afortunado, tan feo y carente de nobleza, es la abuela querida, la más bella, la más noble de los personajes de En busca... O la foto en sí misma es horrible, un fracaso (no es Nadar), o encontramos aquí el mismo abismo entre la realidad y la literatura”. Barthes no le hace cuestionamientos a Proust; nunca lo cansa la picadora retrospectiva, la revisión maquinal y puntual, ese derroche hermenéutico regenteado por un espejo de varias caras, ese océano de tinta desangrándose sobre la hora. ¿Peca de idiota cualquiera que señale un análisis desbordado, desmedido, una recurrencia tal de glosas espiraladas que estamos ante un asmático que no da respiro? La narración como trituradora interpretativa y expositiva. Para que su sistema funcione, Proust debe exagerar efectos, consecuencias, ecos, de los hechos y de las insinuaciones.
Barthes resume esos rizos trenzados y esas presunciones de celo en fichas secas, devotas. En sus clases no está para recordar que Proust ofrece pozos y derrapes, que no hay ausencia de obviedades y de una tendencia lacrimógena que, desde luego, milagrosamente, es capaz de alcanzar lo sublime. Tampoco para certificar que ese glosario completo de toda reacción posible –el estilo de Proust es su psicología– lo provee al lector, entre otros, de buenos artilugios para exorcizar o redimir los arrepentimientos. Entre otras revoluciones, Proust transformó la noción de lo (presuntamente) necesario en una historia, pero no tendría que asombrarnos, y mucho menos horrorizarnos, que un editor (incluso si se llamaba André Gide) rechazara semejante manuscrito; es la naturaleza de una gran obra la de jugarse a todo o nada, a matar o morir; es, de paso, la constatación de sus alturas.
El atropello hipnótico de Louis-Ferdinand Céline tampoco da pausa pero este médico poco recto hizo lo contrario de tomarse años para resolver el Teorema de Fermat del tiempo. En Guerra y Londres confió en que sólo la fuerza arrolladora de la prosa le proveería el ánimo y la vitalidad suficientes para sobrevivir la hecatombe y el caos circundantes (la voz procura la cohesión), y que debía ir rápido y con frases cortas para poder asentar o reinventar ese presente, mirándolo primero de frente y después por encima del hombro.
En Koljós , Emmanuel Carrère ensaya un fresco histórico íntimo, donde el escritor de la familia funge de biógrafo de entrecasa y en sus manos queda el juicio final que reparte culpas y disculpas retroactivas. Recostado en su trayectoria, Carrère da por garantido un interés automático por su parentela, y los periplos de esta no carecen de curiosidad pero no es mucho lo que el autor de Una novela rusa hace con la reconstrucción de esa pintoresca genealogia. En Koljós quiso honrar a sus padres a su manera y el mosaico resultante es un tanto desarticulado, pero no estaba dispuesto a convertirlo en un producto ni entregarle su memoria a un editor que desde afuera la montara con criterio ejecutivo.
Otra vez, el nombre prepondera como cápsula de tiempo y las calles –condensadoras de pasado– articulan la imposibilidad de dividir memoria y geografía; recursos que tan bien supo explotar Patrick Modiano . Igual que en la etérea penumbra de Modiano, otro experto en vidas no compartimentadas, en los surcos nerviosos de Carrère los nombres extraños pintan un pasado y lo enrarecen, y los recuerdos suenan a anuncios de perros perdidos.
Lugares , Georges Perec. Trad. Pablo Martín Sánchez. Anagrama, 824 págs.
Marcel Proust , Roland Barthes. Trad Alicia Martorell Linares. Paidós, 384 págs.
Guerra y Londres , Louis-Ferdinand Céline. Trad. Emilio Manzano y Rubén Martín Giráldez. Anagrama. 160 y págs.
Koljós , Emmanuel Carrère. Trad. Juan de Sola. Anagrama, 448 págs.
Editor de Literatura y Libros de Revista Ñ. [email protected]
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