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Cambió un cuadro por el techo de su taller: las historias de Antonio Sarelli a los 90

En su taller de Godoy Cruz, el artista recibió a MDZ junto a su hija Rebeca. Una charla sobre sus comienzos, sus afectos y el libro que reúne su obra.

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Cambió un cuadro por el techo de su taller: las historias de Antonio Sarelli a los 90
Lo esencial

En su taller de Godoy Cruz, el artista recibió a MDZ junto a su hija Rebeca. Una charla sobre sus comienzos, sus afectos y el libro que reúne su obra.

  • A los 90 años, Sarelli recibe a MDZ en su taller de Godoy Cruz junto a su hija, la escultora Rebeca Sarelli
  • El maestro que le abrió una puerta Antonio nació el 26 de agosto de 1936 en Russell, Maipú, hijo de Antonio y Valentina
  • Sarelli cuenta que volvió con 7.000 dólares y destinó 1.500 a la compra
  • Antonio se casó con Silvia Spera el 3 de febrero de 1971

Antonio Sarelli reconoce a su maestro de la primaria en una fotografía. Mientras recorremos el libro dedicado a su vida y a su obra, se detiene para explicar quién era ese hombre y por qué merece estar allí. Se llamaba Fausto Julián Gutiérrez y lo elegía para dibujar en el pizarrón la Casa de Tucumán, el Cabildo, Belgrano y San Martín.

Antonio trabajaba en la viña con su padre. Su maestro vio que aquel chico tenía condiciones para algo que todavía estaba por empezar. A los 90 años, Sarelli recibe a MDZ en su taller de Godoy Cruz junto a su hija, la escultora Rebeca Sarelli.

La conversación va de una fotografía a una exposición, de un premio a un recuerdo familiar. Él se demora en una historia; ella ayuda a ordenar las fechas, completa nombres y lo devuelve a alguna pregunta cuando otra anécdota se interpone. Hay mucho para contar.

Más de siete décadas de pintura, alumnos, amigos, viajes y una familia cuya presencia también transformó sus cuadros. Hay, además, un libro que permite recorrer ese camino y que puede descargarse gratuitamente desde su página web. Durante la charla aparecen el niño de una escuela rural, el profesor que iba a buscar a un alumno para que no abandonara y el artista que viajó con las telas enrolladas a Europa, sin imaginar que regresaría con la posibilidad de construir su taller.

El maestro que le abrió una puerta Antonio nació el 26 de agosto de 1936 en Russell, Maipú, hijo de Antonio y Valentina. Creció entre hermanos, en un entorno campesino donde el trabajo y la vida familiar formaban parte de la misma rutina. De aquellos años recuerda la viña y las tareas escolares que su maestro le confiaba.

Gutiérrez hizo algo más que pedirle dibujos: habló con sus padres y lo alentó a ingresar a la Academia Provincial de Bellas Artes. Sarelli comenzó allí su formación en 1951. En 1960 se recibió como profesor de Dibujo.

El recorrido tuvo también otros trabajos. En 1961 ingresó a Irrigación y pasó nueve meses en Valle Hermoso realizando tareas de hidronivometeorología. La pintura fue encontrando su lugar entre las obligaciones y las oportunidades que podía construir.

En 1963 participó de la fundación del grupo Numen. Rebeca explica que, para quienes empezaban, conseguir dónde exponer era una dificultad. La organización colectiva les permitió hacer muestras, acompañarse y abrir espacios.

En la conversación reaparecen los recordados y queridos Alfredo Ceverino, Ángel Gil y José Scacco. Sarelli los nombra desde la familiaridad de los años compartidos. Las pinturas enrolladas y los ceros que cambiaron un viaje La primera exposición en Barcelona, en 1988, ocupa un largo tramo de la charla.

Antonio llevó las obras propias y las de sus colegas y amigos enrolladas para enmarcarlas en destino. Antes habían tenido que resolver cuánto pedir por ellas. Rebeca reconstruye aquella discusión: una cifra parecía demasiado baja; agregarle un cero, una osadía.

Finalmente prepararon una lista. Cuando el galerista español la vio, según cuenta, se rio y les explicó que allí no trabajaban con esos valores. Agregó otro cero.

Sarelli recuerda su sorpresa y la dificultad de comunicarse con sus amigos en una época en que llamar al exterior requería bastante más que sacar un teléfono del bolsillo. Fue en ese viaje donde vendieron todo. “Esos golpes de suerte que le da la vida”, dice el pintor como desconociendo el talento que miles admiran. De Barcelona conserva la impresión de una ciudad llena de galerías y compradores.

Recuerda obras de grandes dimensiones, precios que le resultaban extraordinarios y empresas e instituciones que adquirían arte. Lo sorprendía que se vendiera de todo: tanto obras de artistas como Miró como pinturas costumbristas. “Todos vendían, todos vendían”, recuerda. Pensó que algo de aquella bonanza podría tocarles.

Les tocó. Aunque hoy, cuando vuelve sobre esa venta, aparece también otro sentimiento: “Me gustaría rescatar cuatro o cinco de esos cuadros”. La familia que lo esperaba en Italia y un taller por construir El viaje había empezado con una frustración.

Antonio y su esposa, Silvia Spera, querían comprar el terreno donde hoy está el taller. Era un baldío en el que se acumulaban escombros, pero el propietario no tenía intención de venderlo. Habían ahorrado y pedido un préstamo.

Ante la negativa, decidieron viajar. “Nos damos el gusto de la vida, conocemos algo de Europa”, recuerda haberle dicho a Silvia. Después de España fueron a Italia. Allí vivían una hermana de su madre y varios primos con quienes hasta entonces se habían comunicado por carta.

Lo esperaban con carteles en la estación. Era su primer viaje a Europa y también el primer encuentro con esa parte de la familia. Su madre había muerto pocos meses antes.

Al conocer a su tía, encontró un parecido que todavía ocupa un lugar preciso en el relato: “Era el retrato de mi madre”. De regreso en Mendoza, pudo hacer una nueva oferta por el terreno. Esta vez, el dueño aceptó.

Sarelli cuenta que volvió con 7.000 dólares y destinó 1.500 a la compra. Después apareció el empresario Gerardo Cartellone con una propuesta que recuerda así: “Necesito un cuadro, pero no te lo voy a pagar, vamos a hacer un trueque”. El intercambio era por el techo de su taller.

La estructura exigía paredes capaces de soportar su peso. Antonio recuerda la obra, los materiales y el dinero con el que fue pagando a los albañiles. También señala la contradicción de aquel momento económico: mientras los intereses de sus ahorros le permitían avanzar, a un vecino con una pequeña empresa le iba muy mal.

El taller donde conversamos guarda esa historia. Sus paredes y su techo fueron posibles gracias a una exposición, una compra que finalmente se concretó y una pintura entregada a cambio. Los amigos, las ventas y el cuadro que viajó solo Las exposiciones no siempre tuvieron el mismo resultado.

Rebeca recuerda un viaje a Buenos Aires de Alfredo Ceverino, Ángel Gil y su padre. Habían elegido las iniciales de sus nombres para identificarse: Alfredo, Ángel y Antonio. Ella señala la coincidencia de aquellas tres letras con el contexto político de los años setenta.

Cuando preguntamos cómo les había ido, Sarelli responde enseguida: “Vendimos todo”. Su hija completa el recuerdo: al año siguiente no vendieron nada. También hablan de una Mendoza en la que comprar una obra formaba parte de las aspiraciones de profesionales que empezaban su vida laboral.

Rebeca menciona a quienes se recibían de médicos o abogados y querían tener una pintura mendocina. Recuerda, además, las alternativas que acercaban el arte a otros públicos, como el Club de Grabado. Su proyección internacional tuvo continuidad con otras exposiciones en España.

En 1993, una obra suya fue tapa de la revista GAL ART, de Barcelona. En 1997, el entonces presidente Carlos Menem obsequió una pintura de Sarelli al papa Juan Pablo II. El alumno al que fueron a buscar Cuando recuerda sus años como profesor, Sarelli habla del clima de la Escuela Provincial de Bellas Artes y de la impronta que cada docente aportaba.

Menciona a sus compañeros y las jornadas que se extendían hasta la salida del último estudiante del turno noche. También recuerda que, al recorrer el aula, advertía cuando alguno estaba desganado. Se acercaba, lo apartaba un momento y le preguntaba qué le pasaba.

Detrás de la falta de entusiasmo podían aparecer problemas que excedían una consigna de dibujo. Una de esas historias permanece especialmente viva. Un alumno había dejado de asistir y los docentes sabían que atravesaba dificultades familiares.

Fueron a buscarlo hasta su casa, en Las Heras, para que retomara los estudios. El joven volvió, terminó su formación y, tiempo después, se acercó a contarle que estaba dando clases. “Vos no te imaginás la alegría que sentí”, dice Sarelli. Rebeca ayuda a explicar lo que significaba aquel compromiso: había un interés por la persona, por lo que le ocurría y por sus posibilidades de continuar.

Antonio, que había recibido el impulso decisivo de un maestro, recuerda ahora la satisfacción de haber acompañado a otro hasta verlo convertirse en docente. La familia que cambió los colores de su pintura El libro permite mirar las obras en secuencia. Rebeca señala las de los años 70, de mayor abstracción, y después las transformaciones que empiezan a aparecer en la década siguiente.

Antonio se casó con Silvia Spera el 3 de febrero de 1971. Profesora de arte y concertista de piano, ella dedicó su trabajo a la enseñanza infantil. Su hija reconoce esa presencia en los cambios de la pintura: los personajes comenzaron a habitar los interiores y la paleta ganó colores.

En 1973 nació Aldo Gabriel y en 1976 llegó Rebeca. La figura humana adquirió mayor protagonismo y los vínculos familiares encontraron distintas formas de entrar en los cuadros. En Evocación, de 1995, Sarelli reunió referencias directas a su historia: el rostro de su madre, el amor, su estudio y hasta la carreta con la que había repartido carne en su juventud.

El pintor y el libro Rebeca lleva alrededor de 20 años trabajando en el libro que titulado “Antonio Sarelli. Siembra, fruto y cosecha”. El pintor reconoce que el proyecto había quedado postergado hasta que ella tomó las riendas.

La publicación reúne información biográfica, reproducciones ordenadas por décadas y textos críticos de diferentes momentos. La edición impresa tendrá una tirada de 100 ejemplares que serán distribuidos en lugares seleccionador por la familia Sarelli. Mientras tanto, la versión digital puede descargarse gratuitamente desde Taller de Arte Sarelli.

Contiene la misma información, aunque con otro diseño. La página fue realizada por el hermano de Rebeca a partir de ese trabajo. El propósito es que, a través de Antonio, se conozca también una parte de la historia del arte mendocino.

Fernando Rosas y la invitación a seguir jugando En el presente del taller hay lecturas, conversaciones y visitas. Una de ellas es la del artista Fernando Rosas, que va a pintar con Sarelli. Antonio habla de su entusiasmo, de su capacidad de hacer y de un ritmo que hoy le cuesta acompañar.

Rebeca cuenta cómo se desarrolla ese intercambio. Su padre mira, comenta, propone cambios: que ponga algo acá, que modifique aquello. Rosas quiere que también intervenga. “No voy a ir a jugar más con vos si vos no jugás conmigo”, le dijo, según recuerda ella.

La última provocación fue una calavera pintada. Se la dejó para ver si, durante la semana, Antonio hacía algo sobre esa imagen. En la conversación surgen posibilidades: taparla, transformarla, hacerle una flor.

Sarelli considera otra solución: esconderla, ponerla por ahí. El intercambio tiene la confianza de quienes pueden discutirse una pintura y seguir encontrándose. Rosas insiste; Antonio observa, critica y decide cuánto acompañarlo.

A los 90 años, en el taller que levantó gracias a sus cuadros, todavía hay alguien que llega con una obra y lo invita a seguir.

Fuente: MDZ Online|Fuente primaria|Editado por Tempranísimo IA

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