Automatización en el hogar: el cambio que obligará a repensar el sentido de la familia
Menos tareas domésticas y más tecnología abren un debate: qué vínculo sostendrá a las familias cuando las máquinas hagan el resto, la era de la automatización.
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Menos tareas domésticas y más tecnología abren un debate: qué vínculo sostendrá a las familias cuando las máquinas hagan el resto, la era de la automatización.
- Así lo muestra una investigación de la Universidad de Oxford y la Universidad Ochanomizu (Japón)
- Según los autores, las familias actuales dedican unas 30 horas semanales a realizar un promedio de 17 tareas domésticas
- El estudio estima que, en los próximos diez años, se automatizará cerca del 40% de esas actividades
- Al fin y al cabo, lo que le dará futuro a nuestra familia y a nuestra profesión no será nuestra productividad sino nuestra capacidad de construir relaciones de calidad. * Omar Rodríguez, PhD
Hace unas semanas asistí al casamiento de unos amigos. Como estoy algo obsesionado con los procesos de automatización, no pude evitar pensar que las familias de esta nueva generación tendrán una dinámica muy distinta a la de sus padres, por la sencilla razón de que gran parte de las tareas domésticas pasarán, en la próxima década, a manos de las máquinas. Así lo muestra una investigación de la Universidad de Oxford y la Universidad Ochanomizu (Japón).
Según los autores, las familias actuales dedican unas 30 horas semanales a realizar un promedio de 17 tareas domésticas. El estudio estima que, en los próximos diez años, se automatizará cerca del 40% de esas actividades. Aunque los niveles de sustitución son similares —y en muchos casos mayores— a los que se pronostican para el mundo laboral, la automatización del hogar se percibe, naturalmente, con mucho mayor optimismo.
Sin embargo, esta pérdida de protagonismo de los padres en la vida doméstica podría esconder sus propias amenazas. La automatización viene por la familia La automatización de las tareas domésticas pondrá a las familias frente a un desafío parecido al que experimentan muchos matrimonios después de décadas de convivencia: el síndrome del nido vacío. De pronto, cuando los hijos se independizan y quedan menos tareas para repartir, descubrimos que lo que nos mantenía unidos eran las responsabilidades compartidas, y no la relación.
Éramos una empresa familiar, pero no una familia. Ocuparnos de lo que tenemos en común es indispensable para la viabilidad de cualquier proyecto familiar, pero esa distribución de tareas no es lo que nos constituye como familia. Lo que define a cualquier familia son las relaciones personales: el lugar que cada uno ocupa en la vida del otro.
Que las máquinas nos sustituyan en las tareas del hogar puede ayudarnos a comprender que lo que necesita una familia es mucho más que repartirse responsabilidades, y a repensar cuál es el diferencial humano que deberíamos cultivar cuando hacemos algo. Muchas veces este activismo familiar —ese “ponernos a hacer” sin saber estar— es la mejor manera de erosionar una relación. El activismo, tanto en la vida familiar como en la profesional, es en el fondo un hacer que no genera conexión personal con alguien.
Ponernos a hacer sin saber estar Si el matrimonio no es automatizable, es justamente porque no consiste en hacer cosas, sino en comprometerse en una relación que necesita crecer continuamente. Al fin y al cabo, lo que le dará futuro a nuestra familia y a nuestra profesión no será nuestra productividad sino nuestra capacidad de construir relaciones de calidad. * Omar Rodríguez, PhD. Autor de La era post empleo.
Universidad Austral Ediciones.
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