Andrés Calamaro en el Movistar Arena: la vida y el canto en un repertorio excepcional
El músico volvió a actuar en Buenos Aires, donde estrenó su gira "Calamaro como cantor" que ya venía presentando en otras provincias. Por repertorio y actualidad, es con distancia el músico argentino con más vigencia de la vieja guardia que comenzara en el siglo pasado. Veintiséis clásicos inoxidables y una ejecución magnífica lo avalan. Esta noche se vuelve a presentar en el mismo lugar.
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El músico volvió a actuar en Buenos Aires, donde estrenó su gira "Calamaro como cantor" que ya venía presentando en otras provincias. Por repertorio y actualidad, es con distancia el músico argentino con más vigencia de la vieja guardia que comenzara en el siglo pasado. Veintiséis clásicos inoxidables y una ejecución magnífica lo avalan. Esta noche se vuelve a presentar en el mismo lugar.
- Empecemos a contar el ítem “Andrés Calamaro en el Movistar Arena” por el final
- Él es Diego Armando Canciones, como alguna vez se alzó, y también conformando bandas y repertorios
- Junto a Julián Kanevsky y el recién llegado Brian Figueroa conforman un trío de violas que podría remitir a la leyenda del rock sureño de los ‘70, Lynyrd Skynyrd, tan adorada por Calamaro
- Apenas es anunciado el polifuncional Santiago Motorizado, líder de Él Mató, chocho de la vida de poder cantar Cuando no estás, aquel clásico de Bohemio (2013), que el platense encara con ganas y picardía
Empecemos a contar el ítem “Andrés Calamaro en el Movistar Arena” por el final. El anfitrión, dos docenas de clásicos después, parece la imagen viva de esos jugadores de fútbol que la descosen sin haber transpirado la camisa negra que acaba de lucir. Con su equipo de músicos ya saludaron al público, pero se renueva la música sin que ellos la toquen.
Suena un pasodoble, muestra un atildada capa rosada y empieza a torear. Más oleeee. Como si no hubiera tirado lujos toda la noche.
Como si hubiese sido poco honrar a los combatientes de Malvinas y las Madres de Plaza de Mayo durante el tema final, Los chicos, y no hubiera mencionado positivamente al Chiqui Tapia en el recitado del Martín Fierro que suele incluir en Estadio Azteca. Como si no fuera, él mismo, alguien que no se banca la artificiosa excitación de los que lo quieren de un lado o del otro de la grieta. Él es Diego Armando Canciones, como alguna vez se alzó, y también conformando bandas y repertorios.
A una semana de la mediatizada rechifla a una porción del show de Fito Páez en el mismo recinto, el respetable sabe que no habrá motivos. Se trae a colación el incidente puesto que indudablemente el rosarino y el porteño son, con Spinetta y Cerati en otro plano y Charly imposibilitado, los únicos dos del Olimpo Solista local, del Monte Rushmore del rock argentino, que manifiestan vigencia y vitalidad. Andrés carece de la auspiciosa ambición multidisciplinaria de Rodolfo (cine, literatura, obras conceptuales), que al mismo tiempo no tiene una cosecha de canciones siglo XXI como la que ostenta Calamaro.
El ex Abuelos de la Nada y Los Rodríguez, sin ir más lejos, podría armar conciertos con material publicado solamente en el nuevo milenio que el set list sería superlativo. Y nadie más. De hecho, un tercio de ese Babel de clásicos que viene amurando en esta nueva gira (“Calamaro como cantor”) nació del 2000 para acá.
Al margen de lo que podrían ser especulaciones y estrategias, esta versión 2026 lo hacen emerger discreto, magro, casi distante, y evidentemente emotivo. La guitarra, como en los últimos años, sigue siendo el arma elegida. Junto a Julián Kanevsky y el recién llegado Brian Figueroa conforman un trío de violas que podría remitir a la leyenda del rock sureño de los ‘70, Lynyrd Skynyrd, tan adorada por Calamaro.
A tal punto que más de una vez equiparó al clásico Paloma -cada vez más efectiva y consistente como nudo de los shows- con el famoso Free Bird de los estadounidenses. Las 18 cuerdas juegan para el equipo y el material gana brillo y altura. Al servicio de la canción El espectáculo, una sólida rockola de encanto y testosterona, es pacato en invitados, y se agradece.
Apenas es anunciado el polifuncional Santiago Motorizado, líder de Él Mató, chocho de la vida de poder cantar Cuando no estás, aquel clásico de Bohemio (2013), que el platense encara con ganas y picardía. De tan recurrente que se hace su presencia y en otros eventos, hasta se podría retocar la gramática del título y preguntarnos: ¿Cuándo no estás, Santiago? Algunas versiones tienen la característica de azufre & pólvora convocados (A los ojos, de Los Rodríguez), Mi gin tonic se mece en una sinfonía de slides y Loco suena más en el estilo Steely Dan que la propia banda que lo inspiró.
En Bohemio, el tema, por primera vez canta desprovisto de instrumentos en esa valiosa y melancólica viñeta, que llega siamesa de una impecable versión de Garúa. Las pantallas remiten viejos circuitos de fórmula 1, carreras de galgos, carreras espaciales e imágenes de Apocalypse Now en Crímenes perfectos. Y a Maradona Superstar en Costumbres argentinas.
Elástica, y también centrada en la capacidad del tecladista Germán Wiedemer, la banda nunca pugna en pretender superar el logro inicial de la canción. Son subordinados a un fin mayor, y en eso sobresalen, como ascetas del virtuosismo, igual que los vientos. Hay un poco más de humor en el torero que hace cumbre en el teclado Rhodes que de vez en cuando visita Andrés, que también engancha su guitarra Telecaster con una correa con la bandera de Paraguay (y vaya que Correa es un apellido señero en el gran país del norte).
Entonces: devenido en un intérprete de su propio repertorio, Andrés Calamaro lo mejora y se hace carne artesanalmente de su mejor versión. No se cree indigno por ser, también, un buen entretenedor recitando su vieja obra con bríos nuevos. Es tierno cuando el tema lo pide (Señal que te he perdido) y nos recuerda que la virulencia de Alta suciedad y Output input (rematado con el I Want You beatle y citando a los Deep Purple que afuera del estadio eran anunciados para fin de año) no sale de la nada ni es combustión espontánea.
En él, la vida y el canto no son una condición programática ni un eslogan, sino la mejor forma de existir. Sobre la firma
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